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Ahedonio, el aburrido

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. Ahedonio (el que no disfruta, el contrario al hedonista) es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.
   Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que él no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, Ahedonio desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.
   Ahedonio está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir.
   Si algo constituye la fiesta para él, es un paisaje: pero un paisaje que solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: Ahedonio está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.
   Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

   En la novela El Gran Gatsby (1920) de Francis Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. Ahedonio es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. Habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
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Publicado por en 4 de noviembre de 2011 in Varia

 

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75 aniversario de las Brigadas Internacionales

  Hoy, 22 de octubre, se cumplen setenta y cinco años de la creación de las Brigadas Internacionales. En noviembre de 1936, la XI y la XII Brigadas Internacionales entraron en combate por la defensa de Madrid en la Ciudad Universitaria y en la Casa de Campo. Según los útlimos estudios llegaron a participar en total 59.380 brigadistas extranjeros, de los cuales murieron más de 15.000. Loa voluntarios internacionalistas no sobrepasaron el número de 20.000 en los frentes en cada periodo de la guerra. Las Brigadas Internacionales estuvieron compuestas por personas de cincuenta y cuatro países de Europa, Asia, África y América. Fue la primera vez en la Historia en la que se produjo una participación tan numerosa e internacional, en ayuda de un pueblo cuya Libertad se veía amenazada por el fascismo.


  A mediados de los años 90, España concedió la ciudadanía española a los brigadistas, una idea concebida durante el último gobierno de la II República, presidido por Juan Negrín.

  El homenaje se llevará a cabo en Albacete, Barcelona, Madrid y otras localidades. Entre las actividades programadas en Madrid podemos destacar la inauguración de un monumento a las Brigadas Internacionales en la Ciudad Universitaria de Madrid. Esta obra ha sido diseñada y realizada por docentes de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y ha sido tratada con materiales que impiden la realización de pintadas. El coste de esta obra conmemorativa ha sido sufragado por la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI), con aportaciones de particulares y de entidades españolas y extranjeras, entre ellas algunas embajadas de países de los que procedían los brigadistas: Argentina, Canadá, Chipre, Eslovenia, Noruega, Rusia y Serbia. Conviene recordar que en los alrededores del emplazamiento del monumento, aún se pueden ver las huellas de impactos de bala en varios edificios, ya que como se mencionaba al principio, la Ciudad Universitaria fue uno de los primeros escenarios de entrada en combate de las Brigadas Internacionales

  También se van a llevar a cabo unas jornadas, los días 20 y 21 de octubre, con el título “Las Brigadas Internacionales, de lo local a lo global”, en las que participarán historiadores, investigadores y activistas de varios países. En el programa de dichas jornadas se incluyen dos documentales presentados por su autores (uno de ellos se estrena allí).

  El domingo 23 por la mañana habrá un acto de recuerdo en el cementerio de Fuencarral, y ese mismo día, a partir de las 11:30 horas, en el salón de actos del Ateneo de Madrid se proyectarán dos documentales sobre los brigadistas daneses y argentinos, respectivamente. Después habrá un coloquio con dos historiadores y un representante de la AABI.
                                                          

‘A las Brigadas Internacionales’

Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía
¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?
La necesaria muerte os nombra cada día,
no importa en qué ciudades, campos o carreteras.

De este país, del otro, del grande, del pequeño,
del que apenas si al mapa da un color desvaído,
con las mismas raíces que tiene un mismo sueño,
sencillamente anónimos y hablando habéis venido.

No conocéis siquiera ni el color de los muros
que vuestro infranqueable compromiso amuralla.
La tierra que os entierra la defendéis seguros,
a tiros con la muerte vestida de batalla.

Quedad, que así lo quieren los árboles, los llanos,
las mínimas partículas de la luz que reanima
un solo sentimiento que el mar sacude: ¡Hermanos!
Madrid con vuestro nombre se agranda y se ilumina.

Rafael Alberti , Madrid, diciembre de 1936.

 
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Publicado por en 22 de octubre de 2011 in Política Nacional, Varia

 

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El aburrido en la fiesta

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. El aburrido es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa el aburrido, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.

Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que el aburrido no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, el aburrido desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.

El aburrido está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir. Si algo constituye la fiesta para el aburrido, es un paisaje: pero un paisaje que él solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: el aburrido está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.

Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

En la novela El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. El aburrido es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. El aburrido habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
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Publicado por en 12 de febrero de 2008 in Literatura, Reflexiones, Varia

 

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