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Bahía de Algeciras

Mirador del Estrecho

   A Eduardo de la Hoz

   Roque de Gibraltar, Hacho de Ceuta,
que Hércules separó para unir mares,
el hombre dividió para trazar fronteras,
el hambre distanció para sembrar
de muerte sus arenas.

   Verdes campos sobre la tierra seca
que Guadiaro riega
y fecunda.
Bosques de pinos, alcornocales
que detienen el avance de la arena
del desierto del sur.
Claro día, el levante quieto
delimita el perfil africano:
allá Ceuta, Montes del Rif, Tánger;
al fondo, el alto Atlas,
la otra divisoria de miseria.

   —Mira, me dice Eduardo, es la distancia
más corta entre dos Mundos:
el Primero y el Tercero, despilfarro y pobreza,
en todo el planeta—.
Lo dice en voz baja, una cantinela
tantas veces repetida…
pero en sus labios aún resuena
un deje de melancólica tristeza.

   Bahía de Algeciras, Punta Paloma, Mirador del Estrecho…
tierras de aluvión a disputa
de los hombres: íberos tartesios;
pueblos de la mar: fenicios, griegos, cartagineses:
su comercio y los mitos;
Roma imperial: la amada lengua, la recta columna, el pensamiento;
visigodos del Norte; árabes, benimerines,
almohades finos, almorávides fieros;
mozárabes, muladíes, judíos,
nazaríes de Granada, que hasta aquí vinieron…
las luchas de los reinos.
Tierras al albur de las cartas de cien pueblos.
Aún rescoldos quedan…
¿Qué importan
una línea en el mapa,
el resto de un imperio, una enseña?

   Las olas traen ahora
otros restos.
Gentes que ansían
descubrir, otra vez, un mundo nuevo
en el viejo mundo
donde antes reinaron sus abuelos.
Sólo buscan el pan,
el pan bendito
que les niega la infamia de su suelo.
Algunos van sólo al mar:
en el mar quedan,
sin que quede memoria de su sueño.

   Desde el balcón de una terraza veo:
los niños juegan
en la playa.
Es la arena que el mar arroja,
desbasta, pule, iguala, entierra
como la muerte,
y el mar con sus olas
fecunda la alegría
de un temprano estío.

   Bajo estas tierras, la sangre
aún alimenta la leyenda
de unos pueblos que hicieron
sus fuertes y murallas piedra a piedra,
unos sobre otros,
capas superpuestas,
vidas sobre vidas,
afrenta contra afrenta.

   Hoy, Mirador del Estrecho,
España en paz, pero ¿despierta?

Verano de 2009

 
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Publicado por en 28 de febrero de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

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El aburrido en la fiesta

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. El aburrido es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa el aburrido, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.

Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que el aburrido no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, el aburrido desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.

El aburrido está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir. Si algo constituye la fiesta para el aburrido, es un paisaje: pero un paisaje que él solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: el aburrido está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.

Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

En la novela El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. El aburrido es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. El aburrido habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
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Publicado por en 12 de febrero de 2008 in Literatura, Reflexiones, Varia

 

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