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Palabras para Julia

El 19 de marzo de 1999, el poeta José Agustín Goytisolo moría al precipitarse desde una ventana. Estaba solo en casa. Algunos de sus allegados afirman que en el momento de su fallecimiento se encontraba muy deprimido, manejándose la hipótesis del suicidio. La familia, sin embargo negó esta posibilidad y atribuyó su muerte a un desgraciado accidente mientras reparaba una persiana. Al fin y al cabo, es sabido que muchos de los suicidas que se precipitan por un balcón aprovechan el penúltimo momento para intentar arreglar el toldo o la persiana.

Paco Ibáñez, había musicado los poemas Me lo decía mi abuelito y El lobito bueno. José Agustín, cuando poco después conoció al que pronto sería su amigo, tras una entrada distante que se hizo pronto cálida, ofreció al cantautor el poema Palabras para Julia.Tardó Ibáñez en encontrar la inspiración musical de su segunda estrofa: “Tenía que cantarla en Colliure, ante la tumba de Antonio Machado, y encontré la melodía en Montpellier en medio de una juerga”.

“¡Qué barbaridad, qué le vas a hacer a tu hija!”, cuentan que dijo su gran amigo Juan Ramon Masoliver (1910-1997), que prácticamente le hacía de padre al poeta, al leer el poema dedicado, entonces, a la niña Julia, de 7 años.

Hace algo más de un año se conmemoró la muerte de José Agustín. Se inauguraba también un Congreso Internacional sobre “el poeta de todos”. En el Palau de la Virreina de Barcelona pude charlar con su viuda,  Asunción Carandell, que estaba con su hija Julia y tantos amigos. Las particularidades como padre salieron a relucir. Hablaba Asunción de cuando su marido despertaba a su adorada Julia por las noches para hablar con ella, o de cómo jugaba a hacerle de lobo mimoso –de ahí el lobito bueno–, de los viajes que hicieron juntos, de sus peleas. Con cierto temblor, le dije que   cuando escuché por primera vez, hace más de treinta años, el poema dedicado a su hija, <i>Palabras para Julia</i>, cantado por Paco Ibáñez, “sabía”, con la <i>certeza</i> del adolescente, que hablaba consigo mismo y que quizá se reconocía en Julia . También creo, aunque no se lo dije, que habla también conmigo. Ambas asintieron en medio del silencio. “Vosotros érais iguales, yo era la cerebral”, acotó Carandell tras unas palabras de su hija.

Al poco tiempo, y ya entre las risas, también evocó la viuda el dolor del siempre triste poeta. “Se habla mucho del fallecimiento de su madre pero apenas se menciona que, mucho antes, tras la muerte de su hermano mayor, Antonio, su padre le ignoró”.

José Agustín Goytisolo nos deja un extenso conjunto poético donde tras un disfraz a veces irónico, otras veces sarcástico, se esconde un personaje tierno y cargado de tristeza. Poseedor de uno de los lenguajes más depurados de la literatura castellana de los últimos años, Goytisolo consigue que sus poemas tengan un aire de inmediatez y de frescura, a la par que una clara aspiración de construir un nuevo humanismo sobre los escombros de la cultura oficial que el grupo de los 50 quiso demoler con su piqueta.

Para su adiós quizás sean adecuadas las mismas palabras que pronunció en Coulliure ante la tumba de Machado: “Yo no he venido a llorar tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida”.

El poema en cuestión, y que muchos conoceréis, recogido de su libro Palabras para Julia y otras canciones, es amargo y con tintes “machadianos”, reflejo de la tristeza del poeta barcelonés:

PALABRAS PARA JULIA

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

 
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Publicado por en 13 de mayo de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

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Klaus Mann: La danza piadosa

   La danza piadosa, novela que Klaus Mann publicó en 1925, es reconocida por ser la primera novela en lengua alemana que trata abiertamente el tema de la homosexualidad. Quedarse en ese dato es sin embargo juzgar superficialmente una obra rica, intensa, moderna, no sólo por sus conceptos, sino también por su forma.

   Klaus Mann: La danza piadosaAndreas Magnus es un joven burgués que abandona la seguridad del hogar familiar en busca de emociones intensas en Berlín. Ese tema, que puede considerarse manido, del muchacho que corre a la gran ciudad en busca de aventuras, siempre es sin embargo una excusa válida para ofrecer una mirada fresca y juvenil del devenir de la vida, así como una ocasión para reflexionar, desde la perspectiva de alguien cuyo velo de inocencia empieza a rasgarse, sobre el ser humano, sus miserias y su grandeza.

   Realmente, Andreas no escapa a Berlín meramente en busca de emociones fuertes. Siendo pintor, un extraño sueño le indica que necesita vivir una experiencia trascendente como único camino para poder crear una obra de valía. Sólo un sufrimiento intenso actuará como catarsis, abriéndole las puertas de esa comprensión profunda del mundo que Andreas sabe que necesita para que sus cuadros estén dotados de fuerza vital.

   Como ejemplo, Andreas tiene a un afamado pintor amigo de su padre. Éste supo comprender y retratar el espíritu de su generación, lo que le valió el reconocimiento mundial; pero la generación de Andreas es la de aquellos que eran niños en el momento del estallido de la I Guerra Mundial y comprender la esencia de un mundo que ha cambiado por completo es una tarea compleja.

   La incertidumbre y la incomprensión de un mundo que ha dado un terrible vuelco, son piezas fundamentales de esta novela. Sus personajes son jóvenes desorientados, que a la necesaria búsqueda de la propia identidad característica de la juventud, unen la búsqueda de la identidad de toda una sociedad. Sobre sus hombros cae la responsabilidad de devolver a su centro un mundo desquiciado, y esa responsabilidad es más de lo que alguno de ellos está dispuesto a asumir.

   La ciudad no muestra su mejor cara a Andreas, que la recorre expectante, a la búsqueda de esa experiencia que actúe para él como un golpe de viento que abra una ventana sobre la verdadera esencia del mundo. Reclutado por una extraña joven para el mundo del cabaret, Andreas trata de descubrir una clave en cuantos le rodean: bailarinas, cantantes, chaperos, muchachas huidas de sus casas. Y de pronto la descubre en Niels:

   La experiencia vital del enamoramiento tiene la fuerza suficiente como para abrir los ojos de Andreas a la realidad maravillosa del mundo. Gracias al sufrimiento causado por el amor, merece esa comprensión de la vida que anhelaba. Y esa comprensión implica reconocer que no es necesario interrogarse constantemente acerca del futuro: todo puede ser y sólo es necesario vivir el presente.

   Le parecía como si la tristeza y la inocente y suprema dicha de todas las criaturas se hubiera transformado en ese cuerpo. Y no sabía que «amar» es el reconocimiento del conjunto de la creación en un cuerpo. No sabía que amar una voz significa oír de nuevo todas las melodías y comprenderlas integradas en esa voz. ¡Sí, cuando le fue permitido ver a aquel hombre por primera vez había visto y sentido la hierba y los árboles como si nunca los hubiera visto antes!

   La vida es tan apremiante, lo absorbe a uno de tal forma… Pero, en compensación, es a menudo muy hermosa.

A la sombra del padre

   Klaus Heinrich Thomas Mann, primer hijo varón del gran escritor alemán Thomas Mann y de su esposa Katia Pringsheim, nació el 18 de noviembre de 1906 en Munich. Apenas con 43 años, el 21 de mayo de 1949 se suicidó en Cannes con somníferos. También él, como su progenitor, pasó la vida escribiendo; dejaba teatro, novelas, escritos autobiográficos y cientos de artículos.

   Su famoso padre y algunos críticos relevantes de entonces afirmaron en sus necrológicas que Klaus pereció “víctima de la insoportable presión existencial reinante en la época de la guerra fría”. La Unión Soviética, estalinista, encarcelaba y fusilaba a sus defensores de antaño; los intelectuales afectos al régimen delataban a quien no secundaba sus consignas; mientras, en Estados Unidos había comenzado la caza de brujas y se marginaba a los sospechosos de comunismo. El desaliento acometía a cuantos creyeron que una vez liberada Europa de las bestias nazis vendrían la paz y la justicia definitivas. Aunque Klaus nunca militó en ningún partido se contaba entre cuantos dedicaron sus mejores años a la lucha por la libertad; así lo hizo desde el París del exilio, la Barcelona republicana —donde estuvo como reportero— o desde Ámsterdam, y más adelante desde Nueva York y California. Por su amor a Europa terminó obteniendo la nacionalidad estadounidense y alistándose en el ejército americano en cuyas filas sirvió como propagandista bélico; y en 1945 regresó a Munich como liberador, luciendo el uniforme aliado.

   Concluida la guerra, Klaus se vio a solas en un mundo que continuaba siendo gris y que no necesitaba de héroes idealistas como él. “Los años de lucha contra Hitler fueron buenos años”, escribió Thomas Mann, “pues entonces estaba claro cuál era el enemigo, y no cabían vacilaciones”. Sin aquel monstruo contra quien luchar, Klaus regresaba otra vez al maremagno de dudas, depresiones, amores efímeros y drogas en el que naufragaba desde su adolescencia e incluso durante los años de lucha antifascista. “Uno no se hunde mientras tenga una misión”, escribió. La suya terminó con la derrota del nazismo: la libertad lo arrojaba otra vez a sí mismo, a su infierno particular.

   El gran crítico literario Reich Ranicki fue contundente refiriéndose a la muerte de Klaus; alejándose de la opinión oficial, alegó: “Era homosexual, morfinómano e hijo de Thomas Mann”. Estas tres condiciones acabaron con él. El padre —egocéntrico, de inclinación sexual ambigua y reprimida—, obsesionado por su arte, impotente para relacionarse con sus hijos, más pendiente de la vida quimérica que de la realidad, despreció el talento de Klaus. Lo tenía por un clown, y le disgustaban su amaneramiento y su dandismo. Tampoco aprobó su vida artística y bohemia, típica de los hijos de las grandes familias cultas y liberales, niños crecidos durante la I Guerra Mundial; jóvenes sin miedo, ansiosos de disfrutar de la vida, desinhibidos, apolíticos, amantes de placeres inmediatos, de la embriaguez, el malditismo y de ese “arte moderno” que los nazis calificarían de “degenerado”

   En el Munich de la República de Weimar, Klaus creció junto a su hermana Erika, un año mayor que él. Los demás hermanos vinieron poco después: Golo, Mónica, Elizabeth y Michael. En su primera juventud, Erika y Klaus —uña y carne, tan encariñados el uno con el otro que se presentaban en todas partes como “gemelos”— se proclamaron reyes de un círculo de jóvenes artistas que ya nada tenían que ver con la hipócrita sociedad de sus mayores. Las andanzas de niñez de “los chicos Mann” en el Munich de la inflación las rememoró Klaus en Hijo de este tiempo (ed. Minúscula), escrito con cierto desorden y pasión típicamente juveniles, pero con encantadora ligereza y raudos trazos impresionistas. Ser hijo de quien era le abriría todas las puertas a Klaus, lo que emprendiera en el terreno literario o artístico despertaba expectación, pero lo embargaba el oscuro temor de que únicamente se contemplasen sus logros a la sombra de los de su padre. Escribió teatro y se representaron sus obras. Aunque sólo cosechó éxitos entre los jóvenes modernos.

   En 1929 Thomas Mann obtuvo el Nobel de literatura, lo cual supuso el reconocimiento universal del escritor y dinero para la familia. Klaus y Erika, ambos legendarios por sus vidas desordenadas, pudieron pagar deudas y emprender un fabuloso viaje alrededor del mundo presentándose hasta en China como los vástagos del flamante galardonado. Allá a donde iban transmitían alegría de vivir, encarnaban el cosmopolitismo, ávidos del “mundo de aquí”, apasionados de la libertad y de sus infinitas posibilidades encarnaban la nueva voluntad de Occidente. En realidad, los “gemelos Mann” sucumbían a todas las tentaciones, amaban y se decepcionaban en medio del vacío, anhelantes de infinitud, siempre en busca de lo inasible. Pero Klaus, al contrario que la masculina Erika, inseguro y depresivo en cuanto se alejaba de su hermana, obsesionado por la soledad y el anhelo de amor, morbosamente atraído por la muerte, terminó por depender de la morfina. Sólo en la embriaguez y la pérdida de conciencia hallaba el valor requerido para superar sus infortunios en cuanto le rondaba el menor contratiempo. La llegada de Hitler terminó de golpe con la joie de vivre de aquellos jóvenes artistas, tan europeos y cosmopolitas.

   A Klaus lo cogió el giro político en Alemania con veintisiete años; había publicado su breve Novela de niños, como irónico contrapunto al relato de su padre titulado Desorden y dolor precoz (ambos en ed. Alba); la novela histórica Alejandro (El Aleph), más consistente que la vacilante Der fromme Tanz, en la que confesaba abiertamente su homosexualidad; era ya un escritor conocido. Sin dudarlo abandonó una patria en la que se asfixiaba. Poco antes emigró Erika y, enseguida, sus padres y el resto de los hermanos. Los Mann se convirtieron en odiados enemigos del régimen en el extranjero, los nazis les privaron de la nacionalidad y los declararon “personas no gratas”. Desde entonces tanto Klaus como Erika concentraron sus esfuerzos en luchar contra la nueva barbarie; ésta mediante el escarnio y la mofa desde su propio cabaret literario “El Molinillo de Pimienta”, ridiculizando en canciones y chistes a los tiranos; Klaus empleó su talento literario en denunciar los crímenes que se perpetraban en Alemania. Fundó la revista «Die Sammlung», para dar voz a la literatura de la emigración, y escribió sus mejores novelas. Después de Huida al norte (ed. Cátedra), en la que se autorretrataba junto a su amiga Annemarie Schwarzenbach como símbolo de una juventud existencialmente aniquilada, aparecieron las extraordinarias Mefisto (ed. Debolsillo) y El volcán (ed. Edhasa). La primera, una despiadada sátira de la sociedad nazificada de los años treinta, denunciaba el arte vendido al poder y ridiculizaba a los pomposos y necios jerarcas hitlerianos. Cima del peculiar estilo del autor: ligero, cortante e irreverente. La segunda es una obra realista en la que dominan la seriedad y un dramatismo trágico-heroico. Durante los años de resistencia antinazi Klaus escribió además cientos de artículos políticos y literarios; una selección de éstos lo proporciona El condenado a vivir (ed. El Nadir). Publicó asimismo otras obras de menor fuste como su Sinfonía patética —vida novelada de Tchaikovski—o La ventana enrejada (ed. Laertes), una fantasía sobre el rey Luis II de Baviera; en ambas, a vueltas con el homoerotismo, la exclusión, el arte y la muerte.

   Ni la emigración ni la guerra liberaron a Klaus de sus obsesiones íntimas: terminó por convertirse en un emigrado de todas partes que sufría profundamente por la incomprensión y el desamor paterno, además de sentirse un marginado social debido a su condición sexual y su drogadicción, de la que en vano intentó curarse en varias ocasiones. La falta de un empleo fijo, de estabilidad emocional y sentimental, su constante vivir a salto de mata, de un país a otro, a menudo sin un céntimo, de un amor a otro, de un traficante de droga a otro, humillándose y despreciándose, convirtieron a este inquieto celebrador del erotismo y la muerte en un seguro candidato al suicidio; “no hay paz hasta el final”, escribió. Sin embargo, el último acto de su vida no fue premeditado—aún trabajaba en una nueva novela: The last day—, sino fruto de un momento de desesperación y profunda depresión.

   En español aún no contamos con la traducción de Der Wendepunkt —el punto crítico—, la autobiografía de Klaus Mann, imprescindible para conocer la vida de este autor tan representativo de los avatares y las luchas del siglo XX.

 
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Publicado por en 28 de febrero de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

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Bahía de Algeciras

Mirador del Estrecho

   A Eduardo de la Hoz

   Roque de Gibraltar, Hacho de Ceuta,
que Hércules separó para unir mares,
el hombre dividió para trazar fronteras,
el hambre distanció para sembrar
de muerte sus arenas.

   Verdes campos sobre la tierra seca
que Guadiaro riega
y fecunda.
Bosques de pinos, alcornocales
que detienen el avance de la arena
del desierto del sur.
Claro día, el levante quieto
delimita el perfil africano:
allá Ceuta, Montes del Rif, Tánger;
al fondo, el alto Atlas,
la otra divisoria de miseria.

   —Mira, me dice Eduardo, es la distancia
más corta entre dos Mundos:
el Primero y el Tercero, despilfarro y pobreza,
en todo el planeta—.
Lo dice en voz baja, una cantinela
tantas veces repetida…
pero en sus labios aún resuena
un deje de melancólica tristeza.

   Bahía de Algeciras, Punta Paloma, Mirador del Estrecho…
tierras de aluvión a disputa
de los hombres: íberos tartesios;
pueblos de la mar: fenicios, griegos, cartagineses:
su comercio y los mitos;
Roma imperial: la amada lengua, la recta columna, el pensamiento;
visigodos del Norte; árabes, benimerines,
almohades finos, almorávides fieros;
mozárabes, muladíes, judíos,
nazaríes de Granada, que hasta aquí vinieron…
las luchas de los reinos.
Tierras al albur de las cartas de cien pueblos.
Aún rescoldos quedan…
¿Qué importan
una línea en el mapa,
el resto de un imperio, una enseña?

   Las olas traen ahora
otros restos.
Gentes que ansían
descubrir, otra vez, un mundo nuevo
en el viejo mundo
donde antes reinaron sus abuelos.
Sólo buscan el pan,
el pan bendito
que les niega la infamia de su suelo.
Algunos van sólo al mar:
en el mar quedan,
sin que quede memoria de su sueño.

   Desde el balcón de una terraza veo:
los niños juegan
en la playa.
Es la arena que el mar arroja,
desbasta, pule, iguala, entierra
como la muerte,
y el mar con sus olas
fecunda la alegría
de un temprano estío.

   Bajo estas tierras, la sangre
aún alimenta la leyenda
de unos pueblos que hicieron
sus fuertes y murallas piedra a piedra,
unos sobre otros,
capas superpuestas,
vidas sobre vidas,
afrenta contra afrenta.

   Hoy, Mirador del Estrecho,
España en paz, pero ¿despierta?

Verano de 2009

 
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Publicado por en 28 de febrero de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

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El aburrido en la fiesta

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. El aburrido es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa el aburrido, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.

Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que el aburrido no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, el aburrido desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.

El aburrido está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir. Si algo constituye la fiesta para el aburrido, es un paisaje: pero un paisaje que él solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: el aburrido está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.

Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

En la novela El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. El aburrido es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. El aburrido habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
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Publicado por en 12 de febrero de 2008 in Literatura, Reflexiones, Varia

 

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