RSS

Archivo de la categoría: Reflexiones

“Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”

Tony JudtTony Judt: Algo va mal, tratado sobre el malestar del presente

Muchos sentimos perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral, que ha convertido en virtud la búsqueda del interés material individual. Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos —empezando por el poder económico— frente a los cuales el Estado es impotente, sin que apenas encontremos el cauce para el menor revuelo o indignación que verdaderamente llegue, no ya a los oídos, sino a las mentes de nuestros dirigentes políticos que, como hemos podido ver, sufren la misma perplejidad y, seguramente, el mismo miedo ante el vacío. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado “en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito”. Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal [1], escrito en la fase final de la esclerosis lateral amiotriófica que le llevaría a la muerte hace tres años. Fueron dos años de decaimiento que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político.

Algo_va_malEn su libro, Judt afirma: “La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano”. Y más adelante: “¿Por qué nos hemos apresurado tanto en derribar los diques que laboriosamente levantaron nuestros predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones?” Otras ideologías morales, sociales, económicas han fracasado. Desde el comunismo llevado a aquello que se llamó el comunismo real, hasta la deserción del liberalismo, disfrazado ahora de otro liberalismo real: el neoliberalismo que hoy triunfa y que, según muchos, está en la base de la crisis económica y ética que sufrimos actualmente. Si atendemos a los que defienden este neoliberalismo podemos recordarles lo que escribían los padres de ese liberalismo que dicen defender.

Tony Judt cita al mismísimo Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza como “la causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”. Pero la frase completa de Smith a la que apunta se acompañaba de afirmaciones tan contradictorias como esta: “Esta disposición a admirar y casi venerar al rico y al poderoso y a menospreciar o, al menos, desdeñar a las personas de condición pobre y humilde, si bien necesaria para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden de la sociedad, es, al mismo tiempo, la causa mayor y más universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales”. Naturalmente, hay que comprender también el otro contexto, me refiero al histórico y moral del padre de la economía clásica que observaba en el mismo libro [2] que “sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos; reprimir nuestro egoísmo y practicar nuestras inclinaciones benevolentes; esto constituye la perfección de la naturaleza humana”, porque casi siempre a lo largo de la historia del pensamiento económico se ha reclamado un vínculo indeleble entre intereses particulares y globales y los medios que deben y pueden utilizarse para satisfacerlos.

Y John Stuart Mill, el padre del utilitarismo económico, contemporáneo de los albores de la Revolución industrial, llegó a decir que “la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”, porque ni siquiera en la cabeza de un liberal clásico cabía la posibilidad de reducir los cometidos de la economía a una versión desentendida de los valores de la solidaridad y el bien común: “La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma [3].”

Ahora que está tan de moda tomar la gran tradición liberal en vano para hacerla cómplice de un neoliberalismo que nada tiene que ver con ella, estos dos clásicos del liberalismo, aun en sus contradicciones, ilustran la necesidad de la reflexión moral ante el descalabro que la crisis y las medidas anticrisis están provocando en las sociedades europeas. Por mucho que se niegue, la crisis europea ya no es sólo económica, es profundamente moral, cultural y política. Esos pilares, esos autores, son los que, irónicamente, hoy reclaman como padres gentes vulgares, incultas, que han renunciado a cualquier objetivo medianamente racional o sensato en aras de la consecución desordenada de riqueza rápida y fácil. Gentes banales, míseras, que desde anónimas corporaciones, puestos de poder conseguidos con patéticas argucias, envían sin contemplaciones a la miseria a tantos millones de personas.

Algo va mal es una de las más sólidas y razonadas defensas de la socialdemocracia que uno puede leer en nuestros días. Su reconstrucción histórica del papel del Estado del Bienestar en la formación de las sociedades ricas de Occidente es breve y bella, como lo es su reiterado homenaje a la vieja y buena tradición liberal. Sin embargo, Algo va mal no es solo una historia de la filosofía y la práctica políticas de los últimos 65 años. Es también un análisis del devenir de la izquierda democrática desde sus años de mayor esplendor y un ensayo sombrío sobre el estado del mundo hoy.

Judt describe la ceguera del mundo en que vivimos, en el que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.

El gran problema para Tony Judt es el vacío moral: no podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados.

De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial (“los Treinta Años de Oro”) los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio “entre innovación social y conservadurismo cultural”. Estados Unidos y Europa llegaron a un consenso: el Estado podía y debía intervenir “para compensar las insuficiencias del mercado”, cuenta Judt. Los actores de tal consenso no eran gente que hoy consideraríamos progresista, sino hombres de instinto conservador y elitista —Keynes, Attlee, Roosevelt, De Gaulle— que habían sentido un genuino horror ante la inestabilidad social provocada por las guerras, y que comprendieron que el mejor modo de cancelar la posibilidad de un retorno a ese infierno era reducir la desigualdad, el desempleo y la inflación al mismo tiempo que se mantenía un gran espacio para el mercado y las libertades públicas, todo ello bajo estricta regulación estatal.

Durante esos treinta años el consenso se mantuvo: fueran demócratas o republicanos quienes gobernaran en Estados Unidos, o socialdemócratas, democratacristianos y conservadores quienes lo hicieran en los países de Europa, no hubo grandes disensiones: los Estados —cada uno en mayor o menor medida, naturalmente, dependiendo de su cultura política y sus posibilidades— debían proveer infraestructuras, medios de transporte públicos, subsidios al desempleo, viviendas protegidas, sanidad subvencionada, acceso a la cultura, límites de precios y mecanismos de ascenso social a todos los ciudadanos. La fórmula funcionó, afirma Judt: en Estados Unidos y Gran Bretaña se redujo la brecha entre ricos y pobres, Alemania se levantó de dos derrotas en una sola generación, Francia vio cómo el empleo se volvía seguro y en el norte de Europa se forjaron sociedades muy estables.

Pero ese consenso, prosigue, se rompió en el transcurso de una sola década, entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta. Por un lado, los jóvenes de la Nueva Izquierda, con su confusa amalgama ideológica de maoísmo, libertad sexual, ecología y psicoanálisis, se hartaron del paternalismo del Estado, del bienestar adocenado, de los maestros autoritarios, y rompieron con la socialdemocracia. Era el 68 y sus aledaños: los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que, a su vez, daría paso a la revolución conservadora de los ochenta, alimentada por la fatua reacción occidental ante la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo. El extremo de una parte de la derecha —heredera de los teóricos de la escuela de Viena, como Böhm-Bawerk o Von Mises, que tras su experiencia con el nazismo y el comunismo consideraban toda injerencia del Estado una pendiente hacia el totalitarismo— vio en los subsidios una recompensa a la inactividad, en las empresas públicas un monumento a la ineficiencia, y en la burocracia una tortura. Era la grieta que dividiría la derecha entre conservadores y neoliberales. Separadas y unidas, la nueva izquierda y la nueva derecha acabaron con el orden de las cosas que se había mantenido desde la posguerra y alumbraron nuestro mundo. Por un lado, la economía de Reagan y Thatcher. Por el otro, una izquierda hedonista y más preocupada por las identidades minoritarias y las clases medias emergentes que por el proletariado. El resultado de esta simbiosis, en la que desde entonces nos manejamos políticamente, dice Judt en la primera frase de Algo va mal, es que “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”. Y más adelante afirma que derecha e izquierda han intercambiado sus roles en la sociedad, con una izquierda instalada en la esperanza de conservar las instituciones sociales, mientras que la derecha se ha convertido en radical, abandonando “la moderación social a la que tan bien sirvió”.

La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? “La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios”, dice Judt. Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: “¿bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general?” [4].

Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.

Es muy difícil acusar de catastrofista a un libro cuando grandes partes del mundo —incluidas grandes partes del mundo rico— se hallan en un estado tan calamitoso como el de nuestros días. Los índices de desempleo son brutales, las desigualdades vuelven a crecer, los ricos parecen más una casta que una clase permeable y los jóvenes ven interrumpido el horizonte asumido de que, con trabajo duro, vivirían un poco mejor que sus padres, y de que ese ciclo se repetiría eternamente. Para Judt, está claro que eso se debe al retroceso del papel del Estado en la economía de las naciones —a la desregulación de las finanzas, a la asunción dogmática de que toda privatización de empresas públicas es una mejora en la eficiencia, a la dejación de la responsabilidad pública para con los más desesperados—, pero también, y hasta sobre todo, a la inexistencia de un lenguaje político que permita a la izquierda oponerse a todos esos procesos: la inercia política desde los años setenta ha convertido “la búsqueda del beneficio material” en la virtud suprema, al punto de que esa búsqueda “es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo”. El Estado ha renunciado. Hemos olvidado que “el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana” y es responsabilidad nuestra haber dejado que todos creyéramos que sí lo es. La lección de treinta años de estabilidad ha sido arrojada al basurero de la historia y ahora nuestra vida es presa del azar: “Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad del mundo?” Eso a nadie parece importar, porque salvo quienes simplemente han arrojado la toalla, el resto al menos están intentando evitar ser pobres y unos pocos a hacerse aun más ricos a costa del hundimiento del Estado.

Y esta realidad sí es una situación catastrófica. La vida de un ciudadano medio puede verosímilmente empezar en un hospital público, seguir en una escuela pública y continuar en una universidad pública con la ayuda de los libros y periódicos que lee en la biblioteca pública a la que se desplaza en transporte público; este ciudadano puede curar sus achaques en un ambulatorio público, jubilarse con una pensión pública, asistir a clases de yoga en un centro de día público y morir, como nació, en un hospital público. Esto no es ninguna caricatura, y con la salvedad de la educación y quizá de la sanidad—hablo de España— es probable que todos esos servicios sean razonablemente aceptables, sea quien sea el que gobierne. Se nos dirá, sin duda, que este ciudadano deberá optar entre varios bancos para guardar su dinero —el Estado garantiza que no lo perderá aunque el banco quiebre—, entre varias compañías para comunicarse por teléfono y tener acceso a internet —el Estado regula (mal) en qué condiciones y garantiza su derecho a una línea aunque sea en un lugar tan remoto que no resulta rentable para la empresa— y, finalmente, dónde hacer la compra en un sinfín de establecimientos que para operar deben estar en posesión de una serie de licencias y certificados que otorga la autoridad pública. Ahora es demasiado tarde, pero si hace unos meses decidió adquirir un coche, el Estado le echó una mano.

Con todo esto, naturalmente, no pretendo tomarme a la ligera el análisis de Judt, que es extremadamente serio y, sin duda, el mejor que la izquierda puede proponernos. Hasta el más liberal sabe que “lo único peor que demasiado gobierno es demasiado poco”, y nada tiene de malo que el Estado sea una presencia constante en el arco vital de los ciudadanos si hace bien su trabajo, con ambición pero también con prudencia. Y nadie que conozca mínimamente cómo funcionan las sociedades puede creer que la retórica del Tea Party norteamericano o la reaparición de la ultraderecha y los nacionalismos europeos, los nuevos enemigos del gobierno liberal tengan la menor posibilidad de articular un pensamiento político funcional. Ahora bien, si algo va mal, y son muchas las cosas que van estrepitosamente mal, no es solo debido a que el Estado haya dimitido de sus responsabilidades, sino más bien a que somos la mayor parte de los ciudadanos quienes hemos dimitido de las nuestras. “Como ciudadanos de una sociedad libre —dice Judt— tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento”. Tengo para mí que eso significa que en ocasiones deberemos pedir más intervención del Estado y en otras menos. Pero que en la mayoría de casos deberemos exigir que el Estado intervenga de otra manera. La extraordinaria lección de imaginación política que fueron los Treinta Años de Oro, como nos la explica maravillosamente Judt, nos será muy útil. Aunque no sé muy bien si imitarla, como él propone, nos sacará del hoyo esta vez.


[1] Tony Judt: Algo va mal, un tratado sobre el malestar del presente, traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010.

[2] Adam Smith: Teoría de los sentimientos morales, 1759.

[3] John Stuart Mill, Sobre la libertad, Alianza Editorial, Madrid, 1970.

[4] Report to the Parliament on Social Insurance and Allied Services (“Informe al Parlamento acerca de la Seguridad Social y de sus prestaciones derivadas”), 1942. También conocido como Informe Beveridge.

 

Tiempos difíciles

Como es sabido, Carlyle bautizó la economía de ciencia triste (dismal science), nombre que reaparece cuando la realidad se vuelve sombría, cuando aumenta la pobreza, la miseria, cuando crecen las diferencias entre ricos y pobres y estos no ven fin a sus desgracias, ni salida a la situación. Pero no es la ciencia la triste sino la misma realidad que quiere retratar y explicar, pues obviamente es incapaz de mejorarla.

Todas las noticias, que son como enunciados definitorios de los distintos aspectos del mundo, trazan un cuadro siniestro de dificultades y estrecheces que, además, durarán años, según Angela Merkel. Los datos que hablan de deuda, déficit y ruina son incontrovertibles y sobre esa situación fatal sube al puente de mando de toda Europa la derecha con un programa último de desmantelamiento del Estado del bienestar.

Tras las duras medidas y recortes aplicados por CiU en Cataluña, vinieron ayer los del PP en Castilla-La Mancha, que no se quedan atrás y permiten calibrar el alcance de los que estará preparando Mariano Rajoy. El PSOE ya ha acusado a Cospedal de “dinamitar” el Estado del bienestar y los sindicatos anuncian acciones en la calle. Es decir, parece estar fraguándose una confrontación social. Pero ésta probablemente no será muy intensa por tres razones. La primera porque el PP llega con la legitimidad reforzada de la mayoría absoluta que le asegura la estabilidad parlamentaria pase lo que pase en la calle.

La segunda razón es que los datos, además de abrumadores, son objetivos. La situación es la que es: no hay dinero (en el mercado), no hay crédito, no se invierte, no aumenta el PIB (incluso quizá vuelva a retroceder), no se genera riqueza, no se pueden remediar las situaciones de carencia. Todo esto son hechos. Los hechos, claro, son susceptibles de interpretación pero, de momento, la única que se escucha y en la que se basan las medidas que están tomándose, tanto en España como en el resto de Europa, es la de la derecha neoliberal. Apenas hay interpretación alternativa, de izquierda.

Esa es la tercera razón. Es muy difícil que prosperen las movilizaciones extraparlamentarias cuando no están integradas en una teoría viable que dé una explicación de las circunstancias y muestre un proyecto de salida con un objetivo claramente expuesto. En la izquierda reina la confusión. Desde el momento en que no plantea la sustitución del modo de producción, del capitalismo, por otro, sus propuestas sólo pueden ser de reformas de aquel. Pero reformas son también las que hace la derecha, lo que quiere decir que el enfrentamiento entre ambas no es antagónico sino de matices. La dos, izquierda y derecha, plantean la salida de la crisis sin cambiar el modo de producción. No es suficiente acicate para mantener vivas las protestas callejeras y para que éstas tengan algún impacto en las medidas del gobierno.

En realidad, el movimiento 15-M es una especie de manifestación previa de esta situación. Su generalización apunta a la existencia de motivos para la protesta. Pero su inoperancia prueba que, si bien es relativamente fácil criticar lo existente, es mucho más complicado formular alternativas. Podría tratarse de tiempos de revolución. En verdad la palabra aparece de vez en cuando (por ejemplo, la spanish revolution), pero no encuentra revolucionarios que la invoquen ni gentes que la sigan.

Todas las noticias, que son como enunciados definitorios de los distintos aspectos del mundo, trazan un cuadro siniestro de dificultades y estrecheces que, además, durarán años, según Angela Merkel. Los datos que hablan de deuda, déficit y ruina son incontrovertibles y sobre esa situación fatal sube al puente de mando de toda Europa la derecha con un programa último de desmantelamiento del Estado del bienestar.

Tras las duras medidas y recortes aplicados por CiU en Cataluña, vinieron ayer los del PP en Castilla-La Mancha, que no se quedan atrás y permiten calibrar el alcance de los que estará preparando Mariano Rajoy. El PSOE ya ha acusado a Cospedal de “dinamitar” el Estado del bienestar y los sindicatos anuncian acciones en la calle. Es decir, parece estar fraguándose una confrontación social. Pero ésta probablemente no será muy intensa por tres razones. La primera porque el PP llega con la legitimidad reforzada de la mayoría absoluta que le asegura la estabilidad parlamentaria pase lo que pase en la calle.

La segunda razón es que los datos, además de abrumadores, son objetivos. La situación es la que es: no hay dinero (en el mercado), no hay crédito, no se invierte, no aumenta el PIB (incluso quizá vuelva a retroceder), no se genera riqueza, no se pueden remediar las situaciones de carencia. Todo esto son hechos. Los hechos, claro, son susceptibles de interpretación pero, de momento, la única que se escucha y en la que se basan las medidas que están tomándose, tanto en España como en el resto de Europa, es la de la derecha neoliberal. Apenas hay interpretación alternativa, de izquierda.

Esa es la tercera razón. Es muy difícil que prosperen las movilizaciones extraparlamentarias cuando no están integradas en una teoría viable que dé una explicación de las circunstancias y muestre un proyecto de salida con un objetivo claramente expuesto. En la izquierda reina la confusión. Desde el momento en que no plantea la sustitución del modo de producción, del capitalismo, por otro, sus propuestas sólo pueden ser de reformas de aquel. Pero reformas son también las que hace la derecha, lo que quiere decir que el enfrentamiento entre ambas no es antagónico sino de matices. La dos, izquierda y derecha, plantean la salida de la crisis sin cambiar el modo de producción. No es suficiente acicate para mantener vivas las protestas callejeras y para que éstas tengan algún impacto en las medidas del gobierno.

En realidad, el movimiento 15-M es una especie de manifestación previa de esta situación. Su generalización apunta a la existencia de motivos para la protesta. Pero su inoperancia prueba que, si bien es relativamente fácil criticar lo existente, es mucho más complicado formular alternativas. Podría tratarse de tiempos de revolución. En verdad la palabra aparece de vez en cuando (por ejemplo, la spanish revolution), pero no encuentra revolucionarios que la invoquen ni gentes que la sigan.

 

Etiquetas: , , , ,

‘Asklepios, el último griego’, de Miguel Espinosa

Primera edición, 1985. Reeditado en Siruela, 2005.

PRÓLOGO

Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme, lo cual hago por cumplir la necesidad de experimentarme verdadero, como ordenó Demócrito.

Amo la comparecencia de todas las cosas, grandes y pequeñas, en la Tierra, entre la Tierra y el Sol, y más allá del Sol, existentes. Busco lo originario, y detesto indagar el fin de cuanto está ahí y permanece, bastando a mi razón el postulado que muestra el hecho.

Me enternecen los niños y las mujeres, cuya dócil presencia se revela compañía. El Poder no tienta mi voluntad, pero siento inclinación a teorizar sobre este suceso. Denomino teorizar a enjuiciar desde principios y concluir implacablemente.

Repudio las ficciones y sus consecuencias, siéndome ajena, por consiguiente, la conciencia de casta o superioridad. No puedo admitir que se disfrace cuanto el juicio correcto ofrece como verdadero. Odio los reverenciosos, me repugnan los mágicos y aborrezco toda doctrina irracional. Me avergüenzan las retahílas de vocablos carentes de significado; no puedo soportar, por ejemplo, que alguien diga: “mi hermano espiritual”, “nuestro destino manifiesto”.

Me burlo de toda grandeza, porque pienso que cualquier grandeza es falsa. Entre vanidosos, soy el demiurgo que los hincha; entre hipócritas, el demiurgo que los escandaliza; y entre neutrales, el demiurgo que los implica. Como todo proscrito, padezco nostalgias, y éstas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.

Rehúso la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto. También la acedia es pasión digna de un griego, aunque combatida por Epicuro.

No sigo camino ni ando por senda de maestro conocido; me río de todos los maestros, como adicto que soy a la capacidad de enjuiciar desde postulados y concluir implacablemente, también llamada libertad de reflexión o de ciencia, que hace posible la vida racional entre los griegos y no griegos.

De los escritores, admiro la voluntad del concepto, la voluntad de estilo y la voluntad de síntesis o facultad de acuñar expresiones. Por eso releo a Platón.

Amo a los débiles; pienso que la heroicidad aparece forzosamente en ciertos individuos, verbi gratia, en quienes trabajan y no ganan para el desayuno. Entre tales, me siento como entre los míos, y también entre quienes muerden su hogaza de salazón y contemplan sencillamente el espectáculo del sábado. Por las buenas familias, los poderosos, los exquisitos, los calologistas y los adoctrinados no siento simpatía.

Defino el Arte como la objetivización del sentir estético a través de la materia; la libertad, como posibilidad de realizar lo indeterminado; y la justicia, como un punto de vista sobre el Mundo. Amo el Arte, la libertad, la justicia y el ser-bueno. Sin embargo, nada espero de los dioses ni de los hombres. Por eso soy hombre.

Considero el Estado como organización metódica de Poder, y el Derecho, como método del Estado. Los principios del llamado Derecho Romano me parecen una antigualla, construida para asegurar a ciertos palurdos la explotación del mundo entonces conocido. Valoro lamentable que tal Derecho haya servido de ciencia asnal a centenares de generaciones aficionadas a la sopa estatal y boba.

Gusto de sacar la lengua a los fariseos, filisteos y demás etcéteras, haciéndoles comprender que nada saben, y esto juicio a juicio, sistemáticamente, sin claudicaciones. Al enfrentarme con ellos, confieso: “Nada concederé si no lo prueban signo a signo”. Y jamás me he hallado en la necesidad de admitirles una verdad evidenciada según la razón por la que somos hombres.

Me llamo Asklepios, y desde Megara, cuando niño, mis padres a esta Ciudad me trajeron de la mano.

 
Leave a comment

Publicado por en 2 de diciembre de 2011 in Literatura, Reflexiones

 

Sobre: Florencio Domínguez, ‘Dentro de ETA’, Punto de Lectura, 2006

“Estaba harto, me estaban vacilando. Imitaban silbidos de pájaros y cosas así (…) También tenían perros de cuatro patas. Aluciné. A las 2.30 o 3.00 vi gente camuflada con túnicas verdes claras y capuchas entre los árboles. Al frente, un viejo de pelo blanco y calva, vestido de azul marino con un perro de caza marrón. Estarían a doscientos metros en una cuesta monte arriba. Alguno tenía capucha y estaba con lo que parecía un vídeo. Resumiendo, en cinco minutos estaba completamente rodeado. Unos con túnicas, detrás los beltzas. Un armatoste en primera línea que no sé lo que era. Un aparato asemejando una nave espacial, carro de combate o según. Cambiaba la apariencia. Por ejemplo, a veces se veía a cuatro en uniforme verde, luego solo al que apuntaba con una especie de minimisil y ponía cara de sádico. Tenían también una especie de carruaje. Solo se veía en los dos extremos dos tíos con casco amarillo-verde. Según la posición en que lo colocaran era transparente o tendría un juego de espejos. Los avances de la técnica represiva… Dentro de sentaban (más tarde los vi) cinco o seis personas de paisano con capucha. Eran los que analizaban todas mis reacciones”.

Carta de Xabier Kalparsoro a la dirección de ETA

Txato Kalparsoro estaba captando a futuros etarras mediante el método convenido de dar a conocer anécdotas que hubiese compartido con los contactados. Probablemente no quería que le ocurriese lo que al etarra Santiago Díez Uriarte, que acabó denunciado en los juzgados por tres abertzales, uno detrás de otro y en sucesivos días, a los que invitó a sumarse a ETA. Lo habían creído parte de la “txakurrada”. “Un desconocido”, contaba el primero en la denuncia, “dijo que era miembro de ETA y ante mi sorpresa y preocupación ha procedido a acercarse a mí obligándome a tocar un bulto que portaba en la cintura afirmando que se trataba de una pistola”. Egin se sumó a la fiesta: “Presenta denuncias por amenaza y coacciones: un desconocido pidió a un vecino, involucrando a HB; entrar en ETA”. La sorpresa de Díez Uriarte fue absoluta en tanto que los detenidos, para su pasmo, añadían “un montón de invenciones para llenar bulto”. La serpiente se envenenaba la cola. Por ejemplo, que le costaba hablar euskera cuando él había sido profesor de lengua vasca. Sin embargo siguió su misión de captación con una exconcejal de HB, que en principio se mostró favorable. “Pero al día siguiente compró el periódico y cuando vio la denuncia del otro idiota se asustó y tampoco lo creyó. Entonces ella también me puso la denuncia”. Habría una más por parte de un hombre al que Díez Uriarte prefirió entregar una carta personal. “Me dijo que tenía que pensarlo, que viniera en quince días. Es lo más cojonudo, que me había denunciado y el mismo día Egin lo publicaría (…) El primero es un miedoso, el segundo un tipo obligado y el tercero un hijo de la gran puta”.

Kalparsoro había redactado cartas de captación a algunos conocidos. Así es una correspondencia tipo: “Soy Txato, sí, sí, el más feo y cabrón. Estuve por entrarte el día que nos vimos en la txozna, pero no me pareció oportuno. Los que estaban contigo no son tontos y me conocen de sobra. En cualquier caso sigo pensando que mis greñas eran más largas y bonitas. Tengo que convencerte de quien soy para evitar mosqueos (…) Al grano, la persona que te entrega esta nota es de la Organización. Nos gustaría que te animaras a echar una mano. Pensamos que puedes —si quieres— aportar mucho y te aninamos a dar el paso”. Lo narra todo estupendamente Florencio Domínguez en Dentro de ETA (Aguilar). Domínguez es fundador de Vascopress y uno de los periodistas españoles a los que se le sigue el paso desde hace décadas para saber qué se está cociendo en la banda terrorista y sus aledaños. El libro es un artefacto prodigioso que se mete en las entrañas de vida regular de los asesinos, retrata el funcionamiento pesaroso de la maraña criminal y revela la jerarquía leninista de la banda, las obsesiones de sus líderes, la impiadosa actitud con los militantes, los enfrentamientos abiertos entre ellos, los enamoramientos (“Sé que vivimos de una manera que nos será imposible acabar nada, pero sé también que el intentarlo está en nosotros”), la decisión que les marcará la vida (entrar en ETA, huir a Francia), la vida cotidiana (el Comando Madrid, entre asesinatos, desesperado por comprar un test de embarazo para dárselo a Idoia López Riaño), los años en casas de familias bretonas a la espera de su primera acción armada y la paranoia que a veces desemboca, como un torrente, en locura.

Dentro de ETA es un documento profundamente descorazonador. Antxón escribe que no le aterroriza la muerte ni la cárcel “ni el destierro”, sino la “pérdida de fe en los principios”. Al fin y al cabo ETA es un engendro de principios que se han solidificado en los cuerpos destripados de cientos de víctimas. Ha crecido en el dolor de sus familiares como una hiedra imparable. La degradación de la banda es siniestra, según se observa en la correspondencia que se traen sus jefes. Estas vidas observadas desde la doblez de la muerte ajena no tienen siquiera el rasgo aquel de la escaramuza en el monte con la que organizarse para derrumbar una dictadura. “Hemos ignorado con demasiada frecuencia que ETA está formada por individuos corrientes y vulgares (…) Pensamos que la actividad terrorista requiere complejas cualificaciones o grandes redes de apoyo y no nos damos cuenta de que si se tiene la voluntad de matar es tan sencillo que hasta los miembros de ETA pueden hacerlo”, escribe Florencio Domínguez en su epílogo. “A menudo construimos mitos trenzados con nombres resonantes o con apodos cargados de misterio, pero no vemos al etarra de a pie, aquel que tiene que pedir prestado a su familia el dinero para comprar unos zapatos, el que no consigue tener una relación sentimental estable o el que se pudre oscuramente en una cárcel porque no tiene el valor suficiente para romper con ETA”.

Es en ese epílogo donde Domínguez recuerda la tesis doctoral de Teo Uriarte, uno de los condenados a muerte en el Consejo de Burgos. Uriarte estudió el efecto que tuvo la prensa del franquismo en la organización terrorista, sobredimensionándola. Esos medios pintaban a los etarras como “osados y desprendidos activistas, entregados en cuerpo y alma a una causa épica y misteriosa, guiados por una rígida planificación y preparados para llevar a cabo las operaciones más arriesgadas. Le dio a ETA el espacio y la propaganda que negaba a las organizaciones políticas democráticas que estaban perseguidas en la ilegalidad (…) Para colmo, aventurando hechos falsos y engrandeciéndolos desembarcos de armas y secuestros de aviones, se alentaba a las generaciones venideras a su realización. Puesto que si en el pasado ETA los había intentado hacer, ¿por qué no hacerlos ahora?”, se pregunta Uriarte. “A un piso de alquiler le llamamos base”, recuerda Domínguez. “Hablamos del núcleo central de no sé qué comando, a prestar un coche lo denominamos infraestructura de transporte. Convertimos los actos sencillos en categorías trascendentes con nombres de resonancia militar y terminamos confundiendo un paseo por el campo con la Larga Marcha”.

Nada más llegar al País Vasco desde Francia en 1993, Xabier Kalparsoro se encuentra en un bar de Vitoria a un antiguo militante de Jarrai, que se acerca a él para saludarlo. Kalparsoro le dice que acaba de salir de una detención. La impresión de este amigo suyo es de profundo terror. “Tenía el rostro desencajado y las manos absolutamente despellejadas. Dijo que le había detenido la Ertzaintza durante tres días. Que le habían hecho de todo, le habían drogado y, al final, le habían puesto en libertad”. Al día siguiente comería con él y unos amigos en el piso de éstos. Cuando le preguntaron por los arañazos que presentaba en brazos y piernas, el terrorista se puso nervioso. “Cogió una servilleta de papel y escribió: ‘Me han tenido varias horas entre zarzas. No quiero hablar de esto’. Acto seguido cogió un mechero y quemó la servilleta”. Horas después una llamada anónima informó de que un “refugiado” llamado Anuk —así es como se le conocía— había sido detenido por la Ertzaintza en Lloido. Aunque el diario lo publicó en un breve, ningún cuerpo policial tuvo constancia de ningún arresto. Un día después un guardia civil de la Comandancia de Sansomendi, en Vitoria, coge el teléfono y escucha a alguien que se identifica como Javier Kalparoso: “Soy liberado de ETA y estoy aquí”. No le creen.

Su aventura en el País Vasco empezaría a desbarrar a mediados de septiembre. Una nueva llamada anónima informa al Egin de que Anuk fue visto hace una semana “rodeado de txakurras” en un monte de Lloido. El periódico no publica nada. Ese día, Kalparsoro escribe una larguísima carta en la que explica sus últimas semanas. Es el documento testimonial de un delirio absoluto. Comienza cuando cree estar siendo perseguido por ocho coches y una moto de Telepizza. Dice haber sido secuestrado por la Ertzaintza, por la Guardia Civil o por las dos al mismo tiempo. Y empieza a contar que fue desplazado a un monte en el que cree descubrir una base secreta de la policía vasca. “Eran zipayos y al salir del monte me tendieron una emboscada. Tenían todo el monte tomado. Lo que nadie me dijo y parece que nadie sabe es que ellos tienen una base camuflada allí: chabolas y escondites hechos con ramas de árboles y zarzas (…) Tienen todo supermontado. Parecía que estaban de adiestramiento o algo parecido. Todos vestían anoraks amarillos. Nadie hablaba. Había gente de todas las edades, pero sobre todo gente superjoven. Había también mogollón de guardias y maniobras. Vestían túnicas verde claro y capucha del mismo color”. La carta sigue con los “perros de cuatro patas” y aparatos similares a naves espaciales. Fue detenido en barrena semanas más tarde. “Soy liberado de ETA y si no me ponéis en libertad vendrá un comando. Este es un tema fuerte”, dice antes de proponerle a un policía fingir una fuga dejándose dar —el agente— un golpe en la cara. Ya detenido saltó por la ventana de un segundo piso de la Jefatura Superior de Policía estrellándose en el suelo. Moriría tres días después en el hospital. La carta que Kalparsoro envió a la dirección de ETA antes de morir ha merecido credibilidad del mundo abertzale. Además de diversos testimonios en foros contra la tortura, Joxean Agirre escribe en su libro ¿Cipayos?: “Xabier Kalparsoro fue secuestrado por miembros de algún cuerpo policial, que él identificaba como ertzaintzas, interrogado, drogado y torturado. Después, fue nuevamente liberado con la esperanza de que les condujese hasta otros miembros de la organización.

José Luis Geresta Múgika, acusado de agarrar a Miguel Ángel Blanco para que García Gaztelu le descerrajase dos tiros en la cabeza, se suicidó presuntamente en marzo de 1999. Las investigaciones de la Ertzaintza sobre sus últimas semanas dieron con el perfil de “una persona desequilibrada con un comportamiento obsesivo, que se creía controlada en todo momento por la policía”. Florencio Domínguez relata cómo a un conocido le pidió que le llevara en coche y al tomar una curva saltó en marcha tras decir que les seguían. A un conductor en Andoain lo paró apuntándolo con una pistola para llevarle el coche. Era de madrugada, y Geresta se quedó de piedra cuando el hombre, ebrio, le dijo: “Anda, vete a tomar por el culo”, y arrancó el vehículo. Finalmente el terrorista se convenció de que tenía un chip en las muelas que permitía su localización. Llevó unos alicates a casa de un amigo para que se las quitara todas, pero éste no se lo tomó en serio. Geresta apareció muerto en un terruño de un disparo en la sien y con su pistola al lado. La pistola se encontró a la izquierda del cuerpo, mientras que Geresta era diestro y la bala entró por la sien derecha. El caso alimentó sospechas de todo tipo. Dos muelas habían desaparecido y un diente fue serrado. Esto no se apreció en el primer examen forense (“bien porque no habían sido extraídas todavía”, dice Florencio Domínguez) pero sí en la autopsia pedida por la familia. En el asunto metieron baza el exministro de Interior, José Barrionuevo (que trazó una comparación de actuaciones del GAL con las que se producían a finales de los noventa) y el general José Antonio Sáenz de Santamaría, que encuadró la muerte en la guerra sucia. Un microchip en la muela es el argumento del primer capítulo de la serie Expediente X. ¿Sufría delirio tecnológico Geresta como llegaron a decir los psiquiatras?

El que no sufre delirios es Antxón, el viejo etarra que estaba obsesionado con la muerte: “Cada uno evita la muerte de un modo diferente. Algunos en silencio, caminando de puntillas; otros reculando, otros pidiendo perdón o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones y hay quien se abre paso en ella a codazos y puteando. Hay quien la abraza. Hay quien se tapa los ojos; hay quien llora. Yo siempre pensé que me metería en la muerte a carcajadas”. Aunque la hora final no le asusta, hay algo que le saca verdaderamente de quicio: que le toquen las mariposas. Cuando el director del servicio secreto de la República Dominicana le niega trabajar clasificando lepidópteros en el Museo de Historia Nacional monta en cólera y comienza una larga perorata en la que acaba concluyendo que se está trasladando al continente americano “y en mi persona” la guerra que “hace 150 años viene llevando el pueblo vasco con el Estado español”. Y por tanto, exige a un alucinado funcionario dominicano que se le facilite un fusil, lo dejen suelto en una loma y le echen detrás las tropas “para así al menos morir con honor”.

 

 

Palabras para Julia

El 19 de marzo de 1999, el poeta José Agustín Goytisolo moría al precipitarse desde una ventana. Estaba solo en casa. Algunos de sus allegados afirman que en el momento de su fallecimiento se encontraba muy deprimido, manejándose la hipótesis del suicidio. La familia, sin embargo negó esta posibilidad y atribuyó su muerte a un desgraciado accidente mientras reparaba una persiana. Al fin y al cabo, es sabido que muchos de los suicidas que se precipitan por un balcón aprovechan el penúltimo momento para intentar arreglar el toldo o la persiana.

Paco Ibáñez, había musicado los poemas Me lo decía mi abuelito y El lobito bueno. José Agustín, cuando poco después conoció al que pronto sería su amigo, tras una entrada distante que se hizo pronto cálida, ofreció al cantautor el poema Palabras para Julia.Tardó Ibáñez en encontrar la inspiración musical de su segunda estrofa: “Tenía que cantarla en Colliure, ante la tumba de Antonio Machado, y encontré la melodía en Montpellier en medio de una juerga”.

“¡Qué barbaridad, qué le vas a hacer a tu hija!”, cuentan que dijo su gran amigo Juan Ramon Masoliver (1910-1997), que prácticamente le hacía de padre al poeta, al leer el poema dedicado, entonces, a la niña Julia, de 7 años.

Hace algo más de un año se conmemoró la muerte de José Agustín. Se inauguraba también un Congreso Internacional sobre “el poeta de todos”. En el Palau de la Virreina de Barcelona pude charlar con su viuda,  Asunción Carandell, que estaba con su hija Julia y tantos amigos. Las particularidades como padre salieron a relucir. Hablaba Asunción de cuando su marido despertaba a su adorada Julia por las noches para hablar con ella, o de cómo jugaba a hacerle de lobo mimoso –de ahí el lobito bueno–, de los viajes que hicieron juntos, de sus peleas. Con cierto temblor, le dije que   cuando escuché por primera vez, hace más de treinta años, el poema dedicado a su hija, <i>Palabras para Julia</i>, cantado por Paco Ibáñez, “sabía”, con la <i>certeza</i> del adolescente, que hablaba consigo mismo y que quizá se reconocía en Julia . También creo, aunque no se lo dije, que habla también conmigo. Ambas asintieron en medio del silencio. “Vosotros érais iguales, yo era la cerebral”, acotó Carandell tras unas palabras de su hija.

Al poco tiempo, y ya entre las risas, también evocó la viuda el dolor del siempre triste poeta. “Se habla mucho del fallecimiento de su madre pero apenas se menciona que, mucho antes, tras la muerte de su hermano mayor, Antonio, su padre le ignoró”.

José Agustín Goytisolo nos deja un extenso conjunto poético donde tras un disfraz a veces irónico, otras veces sarcástico, se esconde un personaje tierno y cargado de tristeza. Poseedor de uno de los lenguajes más depurados de la literatura castellana de los últimos años, Goytisolo consigue que sus poemas tengan un aire de inmediatez y de frescura, a la par que una clara aspiración de construir un nuevo humanismo sobre los escombros de la cultura oficial que el grupo de los 50 quiso demoler con su piqueta.

Para su adiós quizás sean adecuadas las mismas palabras que pronunció en Coulliure ante la tumba de Machado: “Yo no he venido a llorar tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida”.

El poema en cuestión, y que muchos conoceréis, recogido de su libro Palabras para Julia y otras canciones, es amargo y con tintes “machadianos”, reflejo de la tristeza del poeta barcelonés:

PALABRAS PARA JULIA

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

 
Leave a comment

Publicado por en 13 de mayo de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

Etiquetas: ,

Klaus Mann: La danza piadosa

   La danza piadosa, novela que Klaus Mann publicó en 1925, es reconocida por ser la primera novela en lengua alemana que trata abiertamente el tema de la homosexualidad. Quedarse en ese dato es sin embargo juzgar superficialmente una obra rica, intensa, moderna, no sólo por sus conceptos, sino también por su forma.

   Klaus Mann: La danza piadosaAndreas Magnus es un joven burgués que abandona la seguridad del hogar familiar en busca de emociones intensas en Berlín. Ese tema, que puede considerarse manido, del muchacho que corre a la gran ciudad en busca de aventuras, siempre es sin embargo una excusa válida para ofrecer una mirada fresca y juvenil del devenir de la vida, así como una ocasión para reflexionar, desde la perspectiva de alguien cuyo velo de inocencia empieza a rasgarse, sobre el ser humano, sus miserias y su grandeza.

   Realmente, Andreas no escapa a Berlín meramente en busca de emociones fuertes. Siendo pintor, un extraño sueño le indica que necesita vivir una experiencia trascendente como único camino para poder crear una obra de valía. Sólo un sufrimiento intenso actuará como catarsis, abriéndole las puertas de esa comprensión profunda del mundo que Andreas sabe que necesita para que sus cuadros estén dotados de fuerza vital.

   Como ejemplo, Andreas tiene a un afamado pintor amigo de su padre. Éste supo comprender y retratar el espíritu de su generación, lo que le valió el reconocimiento mundial; pero la generación de Andreas es la de aquellos que eran niños en el momento del estallido de la I Guerra Mundial y comprender la esencia de un mundo que ha cambiado por completo es una tarea compleja.

   La incertidumbre y la incomprensión de un mundo que ha dado un terrible vuelco, son piezas fundamentales de esta novela. Sus personajes son jóvenes desorientados, que a la necesaria búsqueda de la propia identidad característica de la juventud, unen la búsqueda de la identidad de toda una sociedad. Sobre sus hombros cae la responsabilidad de devolver a su centro un mundo desquiciado, y esa responsabilidad es más de lo que alguno de ellos está dispuesto a asumir.

   La ciudad no muestra su mejor cara a Andreas, que la recorre expectante, a la búsqueda de esa experiencia que actúe para él como un golpe de viento que abra una ventana sobre la verdadera esencia del mundo. Reclutado por una extraña joven para el mundo del cabaret, Andreas trata de descubrir una clave en cuantos le rodean: bailarinas, cantantes, chaperos, muchachas huidas de sus casas. Y de pronto la descubre en Niels:

   La experiencia vital del enamoramiento tiene la fuerza suficiente como para abrir los ojos de Andreas a la realidad maravillosa del mundo. Gracias al sufrimiento causado por el amor, merece esa comprensión de la vida que anhelaba. Y esa comprensión implica reconocer que no es necesario interrogarse constantemente acerca del futuro: todo puede ser y sólo es necesario vivir el presente.

   Le parecía como si la tristeza y la inocente y suprema dicha de todas las criaturas se hubiera transformado en ese cuerpo. Y no sabía que «amar» es el reconocimiento del conjunto de la creación en un cuerpo. No sabía que amar una voz significa oír de nuevo todas las melodías y comprenderlas integradas en esa voz. ¡Sí, cuando le fue permitido ver a aquel hombre por primera vez había visto y sentido la hierba y los árboles como si nunca los hubiera visto antes!

   La vida es tan apremiante, lo absorbe a uno de tal forma… Pero, en compensación, es a menudo muy hermosa.

A la sombra del padre

   Klaus Heinrich Thomas Mann, primer hijo varón del gran escritor alemán Thomas Mann y de su esposa Katia Pringsheim, nació el 18 de noviembre de 1906 en Munich. Apenas con 43 años, el 21 de mayo de 1949 se suicidó en Cannes con somníferos. También él, como su progenitor, pasó la vida escribiendo; dejaba teatro, novelas, escritos autobiográficos y cientos de artículos.

   Su famoso padre y algunos críticos relevantes de entonces afirmaron en sus necrológicas que Klaus pereció “víctima de la insoportable presión existencial reinante en la época de la guerra fría”. La Unión Soviética, estalinista, encarcelaba y fusilaba a sus defensores de antaño; los intelectuales afectos al régimen delataban a quien no secundaba sus consignas; mientras, en Estados Unidos había comenzado la caza de brujas y se marginaba a los sospechosos de comunismo. El desaliento acometía a cuantos creyeron que una vez liberada Europa de las bestias nazis vendrían la paz y la justicia definitivas. Aunque Klaus nunca militó en ningún partido se contaba entre cuantos dedicaron sus mejores años a la lucha por la libertad; así lo hizo desde el París del exilio, la Barcelona republicana —donde estuvo como reportero— o desde Ámsterdam, y más adelante desde Nueva York y California. Por su amor a Europa terminó obteniendo la nacionalidad estadounidense y alistándose en el ejército americano en cuyas filas sirvió como propagandista bélico; y en 1945 regresó a Munich como liberador, luciendo el uniforme aliado.

   Concluida la guerra, Klaus se vio a solas en un mundo que continuaba siendo gris y que no necesitaba de héroes idealistas como él. “Los años de lucha contra Hitler fueron buenos años”, escribió Thomas Mann, “pues entonces estaba claro cuál era el enemigo, y no cabían vacilaciones”. Sin aquel monstruo contra quien luchar, Klaus regresaba otra vez al maremagno de dudas, depresiones, amores efímeros y drogas en el que naufragaba desde su adolescencia e incluso durante los años de lucha antifascista. “Uno no se hunde mientras tenga una misión”, escribió. La suya terminó con la derrota del nazismo: la libertad lo arrojaba otra vez a sí mismo, a su infierno particular.

   El gran crítico literario Reich Ranicki fue contundente refiriéndose a la muerte de Klaus; alejándose de la opinión oficial, alegó: “Era homosexual, morfinómano e hijo de Thomas Mann”. Estas tres condiciones acabaron con él. El padre —egocéntrico, de inclinación sexual ambigua y reprimida—, obsesionado por su arte, impotente para relacionarse con sus hijos, más pendiente de la vida quimérica que de la realidad, despreció el talento de Klaus. Lo tenía por un clown, y le disgustaban su amaneramiento y su dandismo. Tampoco aprobó su vida artística y bohemia, típica de los hijos de las grandes familias cultas y liberales, niños crecidos durante la I Guerra Mundial; jóvenes sin miedo, ansiosos de disfrutar de la vida, desinhibidos, apolíticos, amantes de placeres inmediatos, de la embriaguez, el malditismo y de ese “arte moderno” que los nazis calificarían de “degenerado”

   En el Munich de la República de Weimar, Klaus creció junto a su hermana Erika, un año mayor que él. Los demás hermanos vinieron poco después: Golo, Mónica, Elizabeth y Michael. En su primera juventud, Erika y Klaus —uña y carne, tan encariñados el uno con el otro que se presentaban en todas partes como “gemelos”— se proclamaron reyes de un círculo de jóvenes artistas que ya nada tenían que ver con la hipócrita sociedad de sus mayores. Las andanzas de niñez de “los chicos Mann” en el Munich de la inflación las rememoró Klaus en Hijo de este tiempo (ed. Minúscula), escrito con cierto desorden y pasión típicamente juveniles, pero con encantadora ligereza y raudos trazos impresionistas. Ser hijo de quien era le abriría todas las puertas a Klaus, lo que emprendiera en el terreno literario o artístico despertaba expectación, pero lo embargaba el oscuro temor de que únicamente se contemplasen sus logros a la sombra de los de su padre. Escribió teatro y se representaron sus obras. Aunque sólo cosechó éxitos entre los jóvenes modernos.

   En 1929 Thomas Mann obtuvo el Nobel de literatura, lo cual supuso el reconocimiento universal del escritor y dinero para la familia. Klaus y Erika, ambos legendarios por sus vidas desordenadas, pudieron pagar deudas y emprender un fabuloso viaje alrededor del mundo presentándose hasta en China como los vástagos del flamante galardonado. Allá a donde iban transmitían alegría de vivir, encarnaban el cosmopolitismo, ávidos del “mundo de aquí”, apasionados de la libertad y de sus infinitas posibilidades encarnaban la nueva voluntad de Occidente. En realidad, los “gemelos Mann” sucumbían a todas las tentaciones, amaban y se decepcionaban en medio del vacío, anhelantes de infinitud, siempre en busca de lo inasible. Pero Klaus, al contrario que la masculina Erika, inseguro y depresivo en cuanto se alejaba de su hermana, obsesionado por la soledad y el anhelo de amor, morbosamente atraído por la muerte, terminó por depender de la morfina. Sólo en la embriaguez y la pérdida de conciencia hallaba el valor requerido para superar sus infortunios en cuanto le rondaba el menor contratiempo. La llegada de Hitler terminó de golpe con la joie de vivre de aquellos jóvenes artistas, tan europeos y cosmopolitas.

   A Klaus lo cogió el giro político en Alemania con veintisiete años; había publicado su breve Novela de niños, como irónico contrapunto al relato de su padre titulado Desorden y dolor precoz (ambos en ed. Alba); la novela histórica Alejandro (El Aleph), más consistente que la vacilante Der fromme Tanz, en la que confesaba abiertamente su homosexualidad; era ya un escritor conocido. Sin dudarlo abandonó una patria en la que se asfixiaba. Poco antes emigró Erika y, enseguida, sus padres y el resto de los hermanos. Los Mann se convirtieron en odiados enemigos del régimen en el extranjero, los nazis les privaron de la nacionalidad y los declararon “personas no gratas”. Desde entonces tanto Klaus como Erika concentraron sus esfuerzos en luchar contra la nueva barbarie; ésta mediante el escarnio y la mofa desde su propio cabaret literario “El Molinillo de Pimienta”, ridiculizando en canciones y chistes a los tiranos; Klaus empleó su talento literario en denunciar los crímenes que se perpetraban en Alemania. Fundó la revista «Die Sammlung», para dar voz a la literatura de la emigración, y escribió sus mejores novelas. Después de Huida al norte (ed. Cátedra), en la que se autorretrataba junto a su amiga Annemarie Schwarzenbach como símbolo de una juventud existencialmente aniquilada, aparecieron las extraordinarias Mefisto (ed. Debolsillo) y El volcán (ed. Edhasa). La primera, una despiadada sátira de la sociedad nazificada de los años treinta, denunciaba el arte vendido al poder y ridiculizaba a los pomposos y necios jerarcas hitlerianos. Cima del peculiar estilo del autor: ligero, cortante e irreverente. La segunda es una obra realista en la que dominan la seriedad y un dramatismo trágico-heroico. Durante los años de resistencia antinazi Klaus escribió además cientos de artículos políticos y literarios; una selección de éstos lo proporciona El condenado a vivir (ed. El Nadir). Publicó asimismo otras obras de menor fuste como su Sinfonía patética —vida novelada de Tchaikovski—o La ventana enrejada (ed. Laertes), una fantasía sobre el rey Luis II de Baviera; en ambas, a vueltas con el homoerotismo, la exclusión, el arte y la muerte.

   Ni la emigración ni la guerra liberaron a Klaus de sus obsesiones íntimas: terminó por convertirse en un emigrado de todas partes que sufría profundamente por la incomprensión y el desamor paterno, además de sentirse un marginado social debido a su condición sexual y su drogadicción, de la que en vano intentó curarse en varias ocasiones. La falta de un empleo fijo, de estabilidad emocional y sentimental, su constante vivir a salto de mata, de un país a otro, a menudo sin un céntimo, de un amor a otro, de un traficante de droga a otro, humillándose y despreciándose, convirtieron a este inquieto celebrador del erotismo y la muerte en un seguro candidato al suicidio; “no hay paz hasta el final”, escribió. Sin embargo, el último acto de su vida no fue premeditado—aún trabajaba en una nueva novela: The last day—, sino fruto de un momento de desesperación y profunda depresión.

   En español aún no contamos con la traducción de Der Wendepunkt —el punto crítico—, la autobiografía de Klaus Mann, imprescindible para conocer la vida de este autor tan representativo de los avatares y las luchas del siglo XX.

 
Leave a comment

Publicado por en 28 de febrero de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

Etiquetas: ,

Bahía de Algeciras

Mirador del Estrecho

   A Eduardo de la Hoz

   Roque de Gibraltar, Hacho de Ceuta,
que Hércules separó para unir mares,
el hombre dividió para trazar fronteras,
el hambre distanció para sembrar
de muerte sus arenas.

   Verdes campos sobre la tierra seca
que Guadiaro riega
y fecunda.
Bosques de pinos, alcornocales
que detienen el avance de la arena
del desierto del sur.
Claro día, el levante quieto
delimita el perfil africano:
allá Ceuta, Montes del Rif, Tánger;
al fondo, el alto Atlas,
la otra divisoria de miseria.

   —Mira, me dice Eduardo, es la distancia
más corta entre dos Mundos:
el Primero y el Tercero, despilfarro y pobreza,
en todo el planeta—.
Lo dice en voz baja, una cantinela
tantas veces repetida…
pero en sus labios aún resuena
un deje de melancólica tristeza.

   Bahía de Algeciras, Punta Paloma, Mirador del Estrecho…
tierras de aluvión a disputa
de los hombres: íberos tartesios;
pueblos de la mar: fenicios, griegos, cartagineses:
su comercio y los mitos;
Roma imperial: la amada lengua, la recta columna, el pensamiento;
visigodos del Norte; árabes, benimerines,
almohades finos, almorávides fieros;
mozárabes, muladíes, judíos,
nazaríes de Granada, que hasta aquí vinieron…
las luchas de los reinos.
Tierras al albur de las cartas de cien pueblos.
Aún rescoldos quedan…
¿Qué importan
una línea en el mapa,
el resto de un imperio, una enseña?

   Las olas traen ahora
otros restos.
Gentes que ansían
descubrir, otra vez, un mundo nuevo
en el viejo mundo
donde antes reinaron sus abuelos.
Sólo buscan el pan,
el pan bendito
que les niega la infamia de su suelo.
Algunos van sólo al mar:
en el mar quedan,
sin que quede memoria de su sueño.

   Desde el balcón de una terraza veo:
los niños juegan
en la playa.
Es la arena que el mar arroja,
desbasta, pule, iguala, entierra
como la muerte,
y el mar con sus olas
fecunda la alegría
de un temprano estío.

   Bajo estas tierras, la sangre
aún alimenta la leyenda
de unos pueblos que hicieron
sus fuertes y murallas piedra a piedra,
unos sobre otros,
capas superpuestas,
vidas sobre vidas,
afrenta contra afrenta.

   Hoy, Mirador del Estrecho,
España en paz, pero ¿despierta?

Verano de 2009

 
Leave a comment

Publicado por en 28 de febrero de 2010 in Literatura, Reflexiones

 

Etiquetas: , , , ,

El aburrido en la fiesta

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. El aburrido es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa el aburrido, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.

Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que el aburrido no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, el aburrido desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.

El aburrido está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir. Si algo constituye la fiesta para el aburrido, es un paisaje: pero un paisaje que él solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: el aburrido está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.

Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

En la novela El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. El aburrido es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. El aburrido habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
1 Comment

Publicado por en 12 de febrero de 2008 in Literatura, Reflexiones, Varia

 

Etiquetas: , , ,