Tony Judt: Algo va mal, tratado sobre el malestar del presente
Muchos sentimos perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral, que ha convertido en virtud la búsqueda del interés material individual. Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos —empezando por el poder económico— frente a los cuales el Estado es impotente, sin que apenas encontremos el cauce para el menor revuelo o indignación que verdaderamente llegue, no ya a los oídos, sino a las mentes de nuestros dirigentes políticos que, como hemos podido ver, sufren la misma perplejidad y, seguramente, el mismo miedo ante el vacío. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado “en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito”. Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal [1], escrito en la fase final de la esclerosis lateral amiotriófica que le llevaría a la muerte hace tres años. Fueron dos años de decaimiento que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político.
En su libro, Judt afirma: “La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano”. Y más adelante: “¿Por qué nos hemos apresurado tanto en derribar los diques que laboriosamente levantaron nuestros predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones?” Otras ideologías morales, sociales, económicas han fracasado. Desde el comunismo llevado a aquello que se llamó el comunismo real, hasta la deserción del liberalismo, disfrazado ahora de otro liberalismo real: el neoliberalismo que hoy triunfa y que, según muchos, está en la base de la crisis económica y ética que sufrimos actualmente. Si atendemos a los que defienden este neoliberalismo podemos recordarles lo que escribían los padres de ese liberalismo que dicen defender.
Tony Judt cita al mismísimo Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza como “la causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”. Pero la frase completa de Smith a la que apunta se acompañaba de afirmaciones tan contradictorias como esta: “Esta disposición a admirar y casi venerar al rico y al poderoso y a menospreciar o, al menos, desdeñar a las personas de condición pobre y humilde, si bien necesaria para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden de la sociedad, es, al mismo tiempo, la causa mayor y más universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales”. Naturalmente, hay que comprender también el otro contexto, me refiero al histórico y moral del padre de la economía clásica que observaba en el mismo libro [2] que “sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos; reprimir nuestro egoísmo y practicar nuestras inclinaciones benevolentes; esto constituye la perfección de la naturaleza humana”, porque casi siempre a lo largo de la historia del pensamiento económico se ha reclamado un vínculo indeleble entre intereses particulares y globales y los medios que deben y pueden utilizarse para satisfacerlos.
Y John Stuart Mill, el padre del utilitarismo económico, contemporáneo de los albores de la Revolución industrial, llegó a decir que “la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”, porque ni siquiera en la cabeza de un liberal clásico cabía la posibilidad de reducir los cometidos de la economía a una versión desentendida de los valores de la solidaridad y el bien común: “La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma [3].”
Ahora que está tan de moda tomar la gran tradición liberal en vano para hacerla cómplice de un neoliberalismo que nada tiene que ver con ella, estos dos clásicos del liberalismo, aun en sus contradicciones, ilustran la necesidad de la reflexión moral ante el descalabro que la crisis y las medidas anticrisis están provocando en las sociedades europeas. Por mucho que se niegue, la crisis europea ya no es sólo económica, es profundamente moral, cultural y política. Esos pilares, esos autores, son los que, irónicamente, hoy reclaman como padres gentes vulgares, incultas, que han renunciado a cualquier objetivo medianamente racional o sensato en aras de la consecución desordenada de riqueza rápida y fácil. Gentes banales, míseras, que desde anónimas corporaciones, puestos de poder conseguidos con patéticas argucias, envían sin contemplaciones a la miseria a tantos millones de personas.
Algo va mal es una de las más sólidas y razonadas defensas de la socialdemocracia que uno puede leer en nuestros días. Su reconstrucción histórica del papel del Estado del Bienestar en la formación de las sociedades ricas de Occidente es breve y bella, como lo es su reiterado homenaje a la vieja y buena tradición liberal. Sin embargo, Algo va mal no es solo una historia de la filosofía y la práctica políticas de los últimos 65 años. Es también un análisis del devenir de la izquierda democrática desde sus años de mayor esplendor y un ensayo sombrío sobre el estado del mundo hoy.
Judt describe la ceguera del mundo en que vivimos, en el que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.
El gran problema para Tony Judt es el vacío moral: no podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados.
De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial (“los Treinta Años de Oro”) los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio “entre innovación social y conservadurismo cultural”. Estados Unidos y Europa llegaron a un consenso: el Estado podía y debía intervenir “para compensar las insuficiencias del mercado”, cuenta Judt. Los actores de tal consenso no eran gente que hoy consideraríamos progresista, sino hombres de instinto conservador y elitista —Keynes, Attlee, Roosevelt, De Gaulle— que habían sentido un genuino horror ante la inestabilidad social provocada por las guerras, y que comprendieron que el mejor modo de cancelar la posibilidad de un retorno a ese infierno era reducir la desigualdad, el desempleo y la inflación al mismo tiempo que se mantenía un gran espacio para el mercado y las libertades públicas, todo ello bajo estricta regulación estatal.
Durante esos treinta años el consenso se mantuvo: fueran demócratas o republicanos quienes gobernaran en Estados Unidos, o socialdemócratas, democratacristianos y conservadores quienes lo hicieran en los países de Europa, no hubo grandes disensiones: los Estados —cada uno en mayor o menor medida, naturalmente, dependiendo de su cultura política y sus posibilidades— debían proveer infraestructuras, medios de transporte públicos, subsidios al desempleo, viviendas protegidas, sanidad subvencionada, acceso a la cultura, límites de precios y mecanismos de ascenso social a todos los ciudadanos. La fórmula funcionó, afirma Judt: en Estados Unidos y Gran Bretaña se redujo la brecha entre ricos y pobres, Alemania se levantó de dos derrotas en una sola generación, Francia vio cómo el empleo se volvía seguro y en el norte de Europa se forjaron sociedades muy estables.
Pero ese consenso, prosigue, se rompió en el transcurso de una sola década, entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta. Por un lado, los jóvenes de la Nueva Izquierda, con su confusa amalgama ideológica de maoísmo, libertad sexual, ecología y psicoanálisis, se hartaron del paternalismo del Estado, del bienestar adocenado, de los maestros autoritarios, y rompieron con la socialdemocracia. Era el 68 y sus aledaños: los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que, a su vez, daría paso a la revolución conservadora de los ochenta, alimentada por la fatua reacción occidental ante la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo. El extremo de una parte de la derecha —heredera de los teóricos de la escuela de Viena, como Böhm-Bawerk o Von Mises, que tras su experiencia con el nazismo y el comunismo consideraban toda injerencia del Estado una pendiente hacia el totalitarismo— vio en los subsidios una recompensa a la inactividad, en las empresas públicas un monumento a la ineficiencia, y en la burocracia una tortura. Era la grieta que dividiría la derecha entre conservadores y neoliberales. Separadas y unidas, la nueva izquierda y la nueva derecha acabaron con el orden de las cosas que se había mantenido desde la posguerra y alumbraron nuestro mundo. Por un lado, la economía de Reagan y Thatcher. Por el otro, una izquierda hedonista y más preocupada por las identidades minoritarias y las clases medias emergentes que por el proletariado. El resultado de esta simbiosis, en la que desde entonces nos manejamos políticamente, dice Judt en la primera frase de Algo va mal, es que “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”. Y más adelante afirma que derecha e izquierda han intercambiado sus roles en la sociedad, con una izquierda instalada en la esperanza de conservar las instituciones sociales, mientras que la derecha se ha convertido en radical, abandonando “la moderación social a la que tan bien sirvió”.
La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? “La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios”, dice Judt. Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: “¿bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general?” [4].
Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.
Es muy difícil acusar de catastrofista a un libro cuando grandes partes del mundo —incluidas grandes partes del mundo rico— se hallan en un estado tan calamitoso como el de nuestros días. Los índices de desempleo son brutales, las desigualdades vuelven a crecer, los ricos parecen más una casta que una clase permeable y los jóvenes ven interrumpido el horizonte asumido de que, con trabajo duro, vivirían un poco mejor que sus padres, y de que ese ciclo se repetiría eternamente. Para Judt, está claro que eso se debe al retroceso del papel del Estado en la economía de las naciones —a la desregulación de las finanzas, a la asunción dogmática de que toda privatización de empresas públicas es una mejora en la eficiencia, a la dejación de la responsabilidad pública para con los más desesperados—, pero también, y hasta sobre todo, a la inexistencia de un lenguaje político que permita a la izquierda oponerse a todos esos procesos: la inercia política desde los años setenta ha convertido “la búsqueda del beneficio material” en la virtud suprema, al punto de que esa búsqueda “es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo”. El Estado ha renunciado. Hemos olvidado que “el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana” y es responsabilidad nuestra haber dejado que todos creyéramos que sí lo es. La lección de treinta años de estabilidad ha sido arrojada al basurero de la historia y ahora nuestra vida es presa del azar: “Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad del mundo?” Eso a nadie parece importar, porque salvo quienes simplemente han arrojado la toalla, el resto al menos están intentando evitar ser pobres y unos pocos a hacerse aun más ricos a costa del hundimiento del Estado.
Y esta realidad sí es una situación catastrófica. La vida de un ciudadano medio puede verosímilmente empezar en un hospital público, seguir en una escuela pública y continuar en una universidad pública con la ayuda de los libros y periódicos que lee en la biblioteca pública a la que se desplaza en transporte público; este ciudadano puede curar sus achaques en un ambulatorio público, jubilarse con una pensión pública, asistir a clases de yoga en un centro de día público y morir, como nació, en un hospital público. Esto no es ninguna caricatura, y con la salvedad de la educación y quizá de la sanidad—hablo de España— es probable que todos esos servicios sean razonablemente aceptables, sea quien sea el que gobierne. Se nos dirá, sin duda, que este ciudadano deberá optar entre varios bancos para guardar su dinero —el Estado garantiza que no lo perderá aunque el banco quiebre—, entre varias compañías para comunicarse por teléfono y tener acceso a internet —el Estado regula (mal) en qué condiciones y garantiza su derecho a una línea aunque sea en un lugar tan remoto que no resulta rentable para la empresa— y, finalmente, dónde hacer la compra en un sinfín de establecimientos que para operar deben estar en posesión de una serie de licencias y certificados que otorga la autoridad pública. Ahora es demasiado tarde, pero si hace unos meses decidió adquirir un coche, el Estado le echó una mano.
Con todo esto, naturalmente, no pretendo tomarme a la ligera el análisis de Judt, que es extremadamente serio y, sin duda, el mejor que la izquierda puede proponernos. Hasta el más liberal sabe que “lo único peor que demasiado gobierno es demasiado poco”, y nada tiene de malo que el Estado sea una presencia constante en el arco vital de los ciudadanos si hace bien su trabajo, con ambición pero también con prudencia. Y nadie que conozca mínimamente cómo funcionan las sociedades puede creer que la retórica del Tea Party norteamericano o la reaparición de la ultraderecha y los nacionalismos europeos, los nuevos enemigos del gobierno liberal tengan la menor posibilidad de articular un pensamiento político funcional. Ahora bien, si algo va mal, y son muchas las cosas que van estrepitosamente mal, no es solo debido a que el Estado haya dimitido de sus responsabilidades, sino más bien a que somos la mayor parte de los ciudadanos quienes hemos dimitido de las nuestras. “Como ciudadanos de una sociedad libre —dice Judt— tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento”. Tengo para mí que eso significa que en ocasiones deberemos pedir más intervención del Estado y en otras menos. Pero que en la mayoría de casos deberemos exigir que el Estado intervenga de otra manera. La extraordinaria lección de imaginación política que fueron los Treinta Años de Oro, como nos la explica maravillosamente Judt, nos será muy útil. Aunque no sé muy bien si imitarla, como él propone, nos sacará del hoyo esta vez.
[1] Tony Judt: Algo va mal, un tratado sobre el malestar del presente, traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010.






























