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Archivo de la categoría: Literatura

Tristan Tzara y Antonio Machado

Antonio Machado, por José Machado

Antonio Machado, por José Machado

 

Suelen afirmar los biógrafos del poeta que Antonio Machado murió de pena. El miedo, la pobreza, las interminables esperas en la frontera, el frío, el fracaso, la nostalgia, la soledad… —nos dicen—, van a precipitar su prematura muerte. El cariz sombrío de los acontecimientos en la guerra que terminará con el agobiante periplo final por España y Francia. La separación durante la guerra y luego el tremendo sinsabor de ver a su hermano Manuel, tan inseparable camarada de empresas literarias y teatrales, convertido ahora en valedor de esa España que empuja a él y su otra familia al exilio. Las solicitudes por su madre anciana —que morirá tres días después del poeta— y por sus sobrinas —hijas de su hermano José—, a las que quería como un padre y de las que no se tenía noticia. La irremediable pérdida de Guiomar, su gran amor otoñal, cuyo recuerdo le acompañará durante todo el exilio interior y exterior, hasta las mismas puertas de la muerte. Todos estos sucesos —nos repiten—, agotarán moralmente al poeta y acortarán una vida que no alcanzará los 65 años.

 

Tal es la interpretación tradicionalmente aceptada de las causas de su muerte. Y, naturalmente, en gran parte acertada. Aunque probablemente incompleta porque olvida, a nuestro juicio, un componente fundamental. Se hace muy poca referencia en su biografía a las dolencias de Antonio Machado. El poeta padeció y murió de una enfermedad pulmonar crónica, derivada en gran parte de su inveterado hábito de fumar. Tal enfermedad menoscabó de forma definitiva su resistencia ante las adversidades y añadió un suplemento de dolor a sus últimos años.

 

Tristan Tzara

Tristan Tzara

Es fácil comprobar este aserto si comparamos la peripecia vital del poeta con la de otros asistentes que lo acompañaron en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937. Muchos de ellos, con más vigorosa salud que Machado —Malraux, Tristan Tzara —al que citaremos abajo—, John Dos Passos, Hemingway, Hesse, Bertold Brecht, Neruda…—, seguirán en la brecha de la lucha por las libertades, también en el exilio y en las dramáticas circunstancias que van a sobrevenir en la ya próxima Segunda Guerra Mundial. Y quizá esta importancia de una salud más robusta la podamos intuir mejor al comparar a Machado con alguien que, en cierto modo, compartió circunstancias vitales similares. Se trata de un coetáneo suyo que no asistió al Congreso pero remitió su adhesión. Alguien al que la intolerancia de sus semejantes también empujó al exilio. Una persona, en fin, que, como el poeta, sucumbirá a las complicaciones derivadas del tabaco. Nos estamos refiriendo a Albert Einstein. En efecto, Einstein era sólo cuatro años más joven que Machado y, tras perder todas sus propiedades e incluso algunos familiares en los campos nazis de concentración, partirá para el exilio estadounidense seis años antes de la muerte de Machado. Seguirá luchando incansablemente durante 16 años más tras la muerte del poeta, por la libertad de los pueblos, y prestará su voz a innumerables iniciativas pacifistas y compromisos en favor de la dignidad humana. Como el escritor, en sus últimos tiempos apurará hasta las colillas de sus cigarrillos o hasta la última partícula de su pipa. Morirá finalmente por la ruptura de un aneurisma abdominal, claramente en relación con el arraigado hábito tabáquico. En estas líneas se intentan evocar algunas circunstancias sobre aquel proceso morboso que finalmente llevó a la tumba a Antonio Machado.

 

Tristan Tzara, uno de los padres de las vanguardias europeas, autor nada más y nada menos del Manifiesto Dadá en 1918, sentía auténtica veneración por Antonio Machado. Y el testimonio de ese respeto lo suscribió en un poema titulado Para Antonio Machado, que reza así:

Velada de los mares en el frente de las fuentes
En la palma de tu presencia Collioure
Yo he acariciado la eternidad yo he creído en ella
Y en el vivo silencio de tu viña
Yo he enterrado el recuerdo y la amargura

Humo de otoño negro pedregal
Minuto tras minuto ha colocado su ladrillo
Alrededor de la casa del solitario
El viento afila el cuchillo en la montaña
El invierno le ofrece ya su pecho

Qué importa en el corazón de la melancolía
Se inscribe una vida ligera de lagarto
Qué importa bajo la sal de la luz
Que una sonrisa como un látigo venga a iluminar los dientes
En las mismas comisuras de la vida serena

Toda la tierra entre las tierras de Castilla
Reposa en tu tierra con lentos secretos de amistades
Y desde el olivo tardío hasta el mar siempre joven
La voz de la tierra se mezcla con la bravura jamás vencida de Castilla
Incluso por la muerte por la sangre poderosa de la brizna de hierba en primavera.

(Traducción de Manuel Álvarez Ortega, Poesía francesa contemporánea, Akal, 1983)

Y tras su lectura no pude por menos que sentir perplejidad y satisfacción. Perplejidad al comprender que, para un lector hispano, hermanar en una misma frase los nombres de Machado y Tzara implica desasirse, primero, de una pesada carga, aquella que durante demasiado tiempo quiso imponer (desde ciertos medios de comunicación y ciertas capillas literarias) la visión de una literatura figurativo-experiencial (heredera, supuestamente, de la estirpe machadiana) que nada tenía que ver con la vanguardia y la aventura del lenguaje. Y que esta tradición era la única, la genuina, la propia de nuestro ethos literario. E inmediatamente sentí una honda satisfacción por reconocer cómo las conexiones estéticas superan, con mucho, esos estrechos vampirismos a los que algunas maras literarias nos tienen acostumbrados. Antonio Machado lleva demasiado tiempo secuestrado. Deformado tras quienes sienten injusto desprecio por las vanguardias, sean éstas históricas, modernas o postmodernas. Guardado bajo siete llaves. Y al leer una y otra vez el poema de Tzara me voy dando cuenta de cuan espuria es esta mistificación, otra más de las muchas con las que tenemos que lidiar a diario, pues quizá oculta una operación de más largo alcance: negar la multiplicidad de la lectura. Reducir a escombros la heterogeneidad de la propia tradición poética española, travestida en una suerte de campo de concentración homogéneo, unívoco en sus perspectivas. Van a hacer falta muchos Tzaras capaces de desbordar nuestros prejuicios. Capaces de proyectar miradas laterales, insumisas a los dogmas que se han venido levantando, lentamente, sobre nuestras conciencias. Para quienes se empeñan en reducir a Machado y travestirlo en mero autor confesional, me gustaría recordarles estas palabras de Roland Barthes: «Si tomamos en cuenta que ha pasado por nosotros el psicoanálisis, la crítica sartreana de la mala conciencia, la crítica marxista de las ideologías, la idea de confesión es inútil. La sinceridad no es más que un imaginario de segundo grado».

 

Sigamos buscando a Tzara. Sigamos repensando nuestra tradición.

José Antonio Serrano Segura

La Obra Poética de Antonio Machado

 

 

José Caballero Bonald publica ‘Entreguerras o De la naturaleza de las cosas’, autobiografía poética

José Manuel Caballero Bonald condensa su vida en Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, una autobiografía en forma de verso donde el autor aúna recuerdos con el eco de su propia vida y el de los autores que han jalonado su existencia. El autor ofrece a ritmo de verso, y prescindiendo de los signos gramaticales, la síntesis de su trayectoria vital, “supeditado al flujo y reflujo de la memoria”. Entreguerras es la autobiografía poética de José Caballero Bonald en un sentido doble de vida contada y poesía revisitada; los hechos recordados y el eco de la propia obra son la geografía que habita el poeta. Un viaje en busca del impulso vital para enfrentar el vacío del mañana. Caballero Bonald precisa que el hecho de que se trate de “un solo y extenso poema de perseverante carácter autobiográfico, con sus predecibles injertos de ficción, concede alguna disculpa a esa obstinación retórica”.

Jerezano de 85 años cumplidos en noviembre, con estudios de Filosofía y Letras, Náutica y Astronomía posee casi todos los premios disponibles, entre ellos, tres de la Crítica en, caso raro, dos géneros distintos —poesía: Las horas muertas (1959) y Descrédito del héroe (1977), y novela: Ágata ojo de gato (1974)—. Como las de los toreros, las retiradas de los escritores son casi un género literario: nunca se sabe si un artista se retira del todo. Pero Caballero Bonald ha dado ya señales de que habla en serio. En 1992 publicó la novela Campo de Agramante y no ha vuelto a reincidir en la ficción. En 2001 cerró con La costumbre de vivir las memorias que había abierto seis años antes con Tiempo de guerras perdidas. El relato de sus recuerdos se detuvo en la muerte de Franco y ahí sigue. Demasiado desencanto en la transición política. Demasiada gente viva en el posible índice onomástico.

José Manuel Caballero Bonald

 “Después de esto ya no voy a escribir nada, no tengo necesidad… Algún artículo que me pidan”, concede porque conoce la costumbre necrológica de los periódicos y su condición de superviviente de una generación, la de los años cincuenta, diezmada antes de tiempo. Él formaba parte de ella con sus amigos Ángel González, Juan García Hortelano, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Claudio Rodríguez… Alguna vez ha mirado la foto histórica del homenaje a Machado en Collioure (1959) y ha comprobado que solo él queda vivo de aquel viaje a Francia. Para Caballero Bonald el esto de “después de esto” es Entreguerras o De la naturaleza de las cosas (Seix Barral), el libro-poema de casi 3.000 versículos que publica la semana que viene y que ha subtitulado con un homenaje, ambicioso y explícito, a Lucrecio: O de la naturaleza de las cosas.

 El volumen está rubricado en octubre de 2011 y Caballero lo empezó en abril del año anterior. Entre una fecha y otra hubo cuatro borradores: “Es el libro que he escrito en menos tiempo, cosa que va un poco en contra de mis hábitos. Lo escribí en un estado de ánimo muy especial, como estimulado por una apremiante voluntad introspectiva”. Con un “carácter autobiográfico clarísimo”, el conjunto prescinde de los signos de puntuación: “Lo pedía el carácter fluvial del poema, el propio flujo y reflujo de la memoria”. Más de una vez ha dicho Caballero Bonald que en un poema las palabras deben tener un significado más amplio que el que tienen en los diccionarios y esa tensión se ha traducido en Entreguerras en un viaje por los límites del lenguaje, violentando la gramática, ahondando en la complejidad de la memoria: “No he huido del hermetismo, llegado el caso”, explica el poeta. “La experiencia que estaba descifrando era a veces oscura y el texto también lo es. La poesía es hermética cuando lo es el mundo que pretende describir, esas palabras que lo identifican”.

 Entreguerras tiene, de hecho, algo de salto mortal por parte de un escritor al que las historias de la literatura le habían abierto hace años un capítulo amplio y cómodo, con vistas al Parnaso y calefacción central. “A mi edad hacer este libro… Al terminarlo pensaba que no me correspondía, que estaba excediéndome en la cuota de las osadías testamentarias y que podía conducirme a un callejón sin salida. Pero superé el trance y ahí está todo lo que he escrito y todo lo que he vivido, ahí está como el compendio de mi literatura y mi vida y eso le da un valor estético especial. Con toda seguridad es el final de mi obra. Después de esto ya no voy a escribir nada, no me va a hacer falta”. Más que de angustia, esa certeza, dice, le produce una sensación de “liberación”. “Antes, cuando terminaba un libro me sentía incómodo, sospechaba de mí mismo. En este he tenido menos dudas. Pensar que es mi último libro me da una sensación de plenitud, no me desconcierta. Ya he cumplido”.

 La última palabra del último verso es “vida”. No puede ser casual. No lo es. “Soterradamente hay una preocupación grave por la edad, por el paso del tiempo, esa sensación de acabamiento. Con este libro se ha acabado mi literatura y se ha acabado mi vida. Lo último sí es preocupante, pero se contrarresta con la sensación de plenitud”. ¿Y la eternidad? “Me gustaría creer en ella. Cuando se esparzan mis cenizas en el sitio que yo quiero terminaré convirtiéndome en árbol, en agua, en piedra… Viviré en la naturaleza para siempre. Incluso puedo compartir la idea de divinidad, sin roces ni traumas”.

 Cerrando todos los círculos posibles, Entreguerras ve la luz cuando se cumplen 60 años de la aparición de Las adivinaciones, el libro de poemas con el que se estrenó Caballero Bonald, y 50 de la de Dos días de septiembre, su primera novela. Aquel fue accésit del Premio Adonais. Esta ganó el Biblioteca Breve. Dos hitos más de un tiempo que parece otra era. Para su protagonista, que de continuo remite a su vejez —”tengo ya muchos años y lo mínimo que puedo tener son etapas”—, la edad ha hecho su propia criba: “Tengo mis propios litigios con mi obra novelística”, explica. “Renuncié a la narrativa hace ya años y hoy soy incluso mal lector de novelas. Entre mis novelas salvo Campo de Agramante y sobre todo Ágata ojo de gato, que en el fondo responde a una formulación poética. Lo demás han sido búsquedas más o menos bien articuladas. No me considero en puridad un narrador, soy un poeta que hizo algunas incursiones novelísticas”. Pese a todo, Dos días de septiembre colocó a Caballero Bonald en la primera división de la narrativa española del medio siglo sin colgarle el, peligroso por perdonavidas, sambenito de novela de poeta: “Fue mi tributo al realismo social. La escribí deliberadamente así, pensando que tenía que ser el testimonio crítico de una determinada sociedad… Fue un ejercicio novelístico del que estoy satisfecho, sobre todo por el cuidado lingüístico. Apruebo en este sentido todas mis novelas, pero ninguna me complace tanto como Ágata”. Además, aquella novela inaugural, denuncia de una sociedad andaluza anquilosada, le valió en su propia ciudad el calificativo de antijerezano. Agua pasada hoy, cuando el escritor tiene allí incluso una fundación con su nombre. “No me acuerdo muy bien, pero creo que se acabó entendiendo que también se critica lo que se ama. A Jerez le tengo el apego que se puede tener a la patria en la que naces, aunque ya se sabe que las patrias, chicas o no, son todas equívocas. Lo que se ve desde la ventana donde uno soporta la vida con placer, eso es la patria. Yo he tenido cuatro o cinco patrias predilectas”.

Caballero BonaldA Caballero Bonald no le importó que lo llamaran antijerezano, y el mismo efecto le produjo que lo llamaran barroco. “Supongo que soy barroco”, dice convencido, “por naturaleza, por contagio del paisaje físico que más me atrae. Para mí el barroquismo nunca ha sido una complicación sintáctica o léxica ni una acumulación de bellos términos para llenar un vacío, sino una aproximación a la realidad a través de palabras nunca usadas para definir esa realidad. Eso es el barroco. Algo, por cierto, que conecta con la idea de lo real maravilloso de Alejo Carpentier, o con el surrealismo. Me interesa esa búsqueda del enigma que hay detrás de la realidad. A veces pones juntas dos palabras que nunca lo han estado y se abre una puerta, se descubre un mundo. Y eso se produce incluso por puro atractivo fonético, por la música de las palabras. Siempre he dicho que la poesía es una mezcla de música y matemáticas”. Desde ese presupuesto, no es extraño que el fervor de Caballero Bonald por Góngora se sumara a su deslumbramiento adolescente por Espronceda, al que descubrió en una biografía que retrataba al poeta romántico con rasgos dignos de fascinar a un adolescente… Más rendido a su vida que a su obra, Caballero Bonald se lanzó a imitarlo escribiendo poemas y llevando una vida “licenciosa”. “Digamos que siempre he estado abriéndome camino entre el surrealismo y el romanticismo”.

 Las noches del poeta duraban días. Ya no, pero de entonces le queda un único proyecto que no pasó de ahí: escribir la biografía de un cantaor flamenco que fuera la cifra de los muchos que ha conocido. “Algo parecido a lo que hizo Cortázar con Charlie Parker en El perseguidor”, dice un autor que ha escrito ensayos como Luces y sombras del flamenco y publicado una antología discográfica como Archivo del cante flamenco. “Todo eso de declarar al flamenco patrimonio inmaterial de la humanidad y de que haya cátedras en la universidad e instituciones que lo tutelan no concuerda con la libertad intrínseca del flamenco, que siempre ha ido por libre, ha sido una protesta sin destinatario, el grito de un pueblo larga y tenazmente sojuzgado. A mí me atrajo porque era un arte marginal al que ni los propios andaluces apreciaban, salvo para esas juergas indecorosas… Era un arte propio de gente errática, menesterosa, vinculado a un clima tabernario, prostibulario. Me conmovía andar con esas gentes que habían heredado la cristalización de muchas antiguas raíces musicales”. Antes de dejarse llevar por el tobogán de los recuerdos, Caballero Bonald aclara: “No soy ni mucho menos un purista. Detesto el purismo en todos sus órdenes. El flamenco ha evolucionado de acuerdo tal vez con las necesidades de los destinatarios, que pedían algo más asequible. Yo defiendo las fusiones, con el jazz, por ejemplo, que no es mala alianza. Ya Demófilo, el padre de los Machado, contaba que el flamenco cambió cuando, en el siglo XIX, saltó del anonimato a los escenarios. Dejó de tener esa atracción de lo clandestino, de lo minoritario. Ahí empezó no a degradarse sino a tener otro sentido, a obedecer a otros estímulos, porque el sentido primordial del flamenco es una habitación y cuatro o cinco personas oyendo cosas imposibles. Pero todo eso ya es una estampa anacrónica”.

 Con el primer ejemplar de Entreguerras sobre la mesa —hay un reloj deformado en la cubierta—, su autor, devoto de Terremoto de Jerez, de Manuel Agujetas, del Sordera, fantasea con esa biografía que, asegura, nunca escribirá. “El cantaor es un hombre de estirpe lunática, de una personalidad más bien delirante, saben mucho y no saben nada. Han heredado su sabiduría expresiva por tradición oral y cantan como el que es artista porque su padre también era un buen artista. Sus modelos de vida pueden ser muy enigmáticos y muy simples al mismo tiempo. Y luego están esos relumbres de ingenio, la sabiduría de la sangre… y la locura. Terremoto era un hombre disparatado, Agujetas más todavía. Todos se van volviendo excéntricos, tocados por una extraña tentación del abismo. Tal vez su desequilibrio venga de la propia naturaleza de lo que cantan, de ese tortuoso sacar a flote la intimidad por medio del ritmo. Como en el jazz. El grito del cante es una experiencia que lleva al cantaor a una situación límite”.

 Caballero Bonald habla con tanta convicción que parece mentira que no vaya a lanzarse a escribir su perseguidor particular. Dice que no. Ahora habrá que buscarlo en los periódicos, donde la edad le ha obligado a redactar la necrológica de sus amigos más veces de las que hubiera querido. “Todos han muerto”, dice sin patetismo. “Queda Brines, al que quiero mucho, pero con el que no anduve tanto. Echo mucho de menos a Ángel González y a Juan García Hortelano, mis amigos del alma. Y a otros grandes amigos suramericanos ya muertos: a Jorge Gaitán, a Eduardo Cote, a Martínez Rivas, a Ernesto Mejías, a Julio Ramón Ribeyro… Eran compañeros muy afines, muy predispuestos a la desobediencia, bebían lo suyo y las noches eran de larga duración… Pero todo eso se fue al garete, como tantas otras cosas… La vejez es una cabronada”.

Hay algo más en Entreguerras que ya pudo conjeturar el lector de Soliloquio y del ‘Epílogo’ de la antología Tiempo de muchas aguas, que se anunciaba como “parte de un libro en preparación”, ambos en 2010. Y es que Caballero Bonald andaba sobre los pasos de un poema unitario, fusión de “secuencias acumulativas” que aquí ha llamado “capítulos”, como si lo fueran de un relato. Pero no es narración en verso sino poema de punta a cabo, con voluntad de serlo y entroncado en la tradición moderna que, en español, inspiró Espacio, de Juan Ramón Jiménez; Piedra de sol, de Octavio Paz, y Dador, de José Lezama Lima, entre otros. En todos hay imágenes seminales, biografía e historia alrededor, temporalidad vivida y simultaneidad creadora, preguntas de relevancia moral, quejas de la fugacidad de las cosas y convicciones bien ganadas. “La poesía y la historia se complementan, a condición de que el poeta sepa guardar las distancias”, escribió Octavio Paz en El signo y el garabato;en eso confían quienes escriben poemas de esa traza cuya referencia, sin embargo, es el milagro del lenguaje: allí se revelarán al cabo historia y vida. También lo ha hecho Pere Gi

mferrer en su reciente Rapsodia, que se ha complacido en incorporar versos ajenos a su propio recorrido; por su parte, Caballero Bonald previene también una larga lista de deudas gozosas, entre las que se encuentra, claro, Gimferrer mismo.Caballero Bonald en su casa de Madrid

 No es el único tributo a modelos o a admiraciones en los que el poeta se complace y quiere asociar a sus versos: en el capítulo III se cita —por sus nombres de pila, como ya es costumbre inveterada— a Ángel (González) y José Ángel (Valente) y Carlos (Barral) y José Agustín (Goytisolo) y Alfonso (Costafreda) y Jaime (Gil de Biedma), cofrades generacionales. Por sus apellidos, a Tàpies, Millares, Saura, Oteiza y Viola, que hicieron del arte abstracto un signo de afirmación e intervención en la vida de su tiempo. Poco más allá, a Juan Ramón, Cernuda, Vallejo, Lorca, Cunqueiro, Ory, Barral y Valente, otra vez, como referentes líricos. El lector de los dos volúmenes de memorias de Caballero Bonald (ahora recogidos y enmendados en uno, La novela de la memoria, 2010) conoce ya los acontecimientos, alguna fabulación divertida y otros significados de la vida del escritor y sabe que se trata de una de las cumbres del género en las letras españolas. Pero ya hemos dicho que Entreguerras no es un resumen, ni la busca de dimensión lírica de los hechos acaecidos, sino otra forma de revelación de sí mismo que el escritor ha recibido en forma de un lenguaje caudal y apasionado, urgente y demorado a la vez.

Por supuesto, cada capítulo tiene un centro irradiante: el primero habla de Madrid, cuando estaba “asediada de vítores y máscaras de adalides”; el tercero, como se ha indicado, de los orígenes literarios; el quinto regresa a la geografía colombiana que marcó un trienio de su biografía en el comienzo de los años sesenta; el séptimo habla de Doñana, “Argónida en el listado de mi alma”, y el décimo es un canto al Mediterráneo. “También yo soy aquel que nunca escribe nada / si no es en legítima defensa”, arguyó Caballero en ‘Bibliografía’, de Diario de Argónida. ‘Ubi bene ibi patria’ (donde se está bien, está la patria) fue el título de un poema de Manual de infractores, inspirado por unas noches romanas y por una cita de Marco Pacuvio que Cicerón ha legado a la posteridad. Se diría que tales son las dos pautas centrales de Entreguerras. Que acaba, al borde del tiempo que concluye, “mientras musito escribo una vez más la gran pregunta incontestable / ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”. Por supuesto, no es la vida eterna sino, en todo caso, la eternidad de la vida, lo único que puede desear un lúcido discípulo de Lucrecio y de Horacio. Ha escrito lo mismo que seguramente —y por repetir su nómina— habrían estampado Ángel y José Ángel y Carlos y José Agustín y Alfonso y Jaime, si la vida les hubiera otorgado esos ochenta y cinco años admirables que Caballero Bonald celebra, superando “los miedos que tanto se parecen al ejercicio de la valentía”, cuando está oyendo “la voz universal que alienta en lo más último”.

 
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Publicado por en 7 de enero de 2012 in Literatura

 

Scott Fitzgerald o cómo vivir de la literatura en tiempos de crisis

Los ensayos autobiográficos de Francis Scott Fitzgerald, titulados Mi ciudad perdida y en los que refleja sus esfuerzos por vivir de la literatura en los años posteriores a la mayor crisis del siglo XX, el crac del 29, han sido traducidos por primera vez al español.

 Esta traducción de sus ensayos, publicada por el sello malagueño Zut, cumple además “un deseo que Scott Fitzgerald nunca pudo realizar en vida”, el de verlos reunidos en un volumen, ha asegurado Yolanda Morató, profesora de la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla, y autora de otras traducciones premiadas de Wyndham Lewis.

Francis Scott Fitzgerald “En cartas a su editor Max Perkins, Fitzgerald intentó convencerlo, sin éxito, para que publicase este conjunto de ensayos; y siguiendo este deseo la edición ha respetado el orden de los artículos escogidos por el autor, la mayoría inéditos en español, tal como lo indicó el propio Fitzgerald en una carta en 1936”, ha explicado la traductora. Estos textos se publicaron originariamente en New Yorker, Saturday Evening Post, Cosmopolitan, Esquire y Bookman, y sus editores en español han querido incluir un anexo con la procedencia de cada uno de estos dieciocho ensayos, así como la cantidad que el autor cobró por cada uno de ellos.

Morató ha considerado que estos datos son importantes porque “los ensayos más extensos tratan sobre la escritura de relatos de ficción y no ficción como único medio de subsistencia económica en el periodo que transcurre entre dos de sus grandes novelas, A este lado del paraíso y El gran Gatsby, entre 1920 y 1925, cuando quería abrirse camino en los círculos literarios”. Estos escritos reflejan igualmente la relación de “amor-odio” de Fitzgerald con el dinero, y en ellos “el mundo de los ricos es como un zoológico que el escritor visita de vez en cuando; un lugar por el que siente tanta atracción como repugnancia”, según Morató, quien ha destacado también la semejanza de aquella crisis con la actual.

Mi ciudad perdida, según su traductora, “cuenta en detalle el proceso de decadencia de la ciudad de Nueva York, que ha vivido (en los años 20 del pasado siglo) por encima de sus posibilidades, y cómo afecta a todos aquellos que han vivido entre las fiestas y el derroche”. Fitzgerald era muy consciente de que “en la vida moderna la gran mayoría ya no depende de los valores que heredaron de los mayores sino del precio de los valores en el sistema bancario”, ha ironizado Morató.

 Estos artículos tienen además la cualidad de “ir tramando una red de hilos que tejen una suerte de autobiografía del escritor”, por lo que su traductora ha considerado que son “mucho más que una recopilación de ensayos circunstanciales”. Son, ha dicho, “una especie de festín de “una de las inteligencias más despiertas y sensatas de una época que tuvo mucho de insensata, como la nuestra”.

 Morató ha añadido que este conjunto de ensayos supera esa idea de Fitzgerald como el cronista de la “Era del Jazz” porque “muestran una dimensión mucho más personal del autor”, así como “su desconfianza en el sistema familiar estadounidense, sus problemas con el dinero y el impacto de las prohibiciones en la juventud” de su generación. También constatan “la conciencia de pertenecer a una nueva generación de escritores” y transmiten “la sensación de fracaso del escritor al haber asistido a un espectáculo cuyo final dejó muy pronto de estar al alcance de su mano”.

 La generación de Fitzgerald “se caracteriza por ser un puente entre unas décadas que supusieron un enorme cambio para el siglo XX” ya que “del Romanticismo del siglo XIX que habían heredado de sus padres pasaron a verse inmersos en una guerra que habían heredado de Europa, y más tarde a un caos económico con el que dejarían su particular herencia”.

 
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Publicado por en 3 de enero de 2012 in Literatura

 

Antonio Machado, el admirable desconfiado

«La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades… La inseguridad es nuestra madre; nuestra musa es la desconfianza. Si damos en poetas es porque, convencidos de esto, pensamos que hay algo que va con nosotros digno de cantarse. O si os place, mejor, porque sabemos qué males queremos espantar con nuestros cantos.» (Juan de Mairena, XLIV). Habla Machado, por boca de Juan de Mairena. (¿Hasta qué punto es Mairena intérprete de lo que piensa Machado? ¿No es posible que, después de creado el personaje, éste se haya independizado, insubordinado, y haya dicho o escrito cosas con las que Machado no estaba del todo de acuerdo? Mairena es más bien un aspecto, una faceta de Machado: el Machado audaz, escéptico, irónico, más andaluz y más alegre que el «otro» Machado.) Cuando Mairena se torna serio, melancólico, no podemos ya dudar de que coincide, totalmente, con Machado: de que escribe (o habla) desde el centro mismo de Machado.

A veces resulta muy difícil convencerse de que Mairena dice las verdades —todas las verdades— de Machado. El tono semidisparatado, semisentencioso del maestro apócrifo nos hace creer que no estamos en presencia del Machado serio. («El ademán garboso nos ha perdido. Yo os aconsejo que habléis siempre con las manos en los bolsillos,» dice Mairena.) (J. M. XXIX.) Machado respetaba mucho la filosofía, muy poco a los filósofos. «Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad» (J. M. II) ¿es elogio o burla? Quizá porque respetaba la filosofía, y aborrecía de la «pose» y del dogmatismo, protegía cada incursión suya por los campos filosóficos tras una doble máscara: la de su alter ego, Martín o Mairena, y además les obligaba, sobre todo al último, a contradecirse, a desdecirse, a contar anécdotas y bromas, a pedirnos que no les hiciéramos caso: «No toméis demasiado en serio —¡cuántas veces os lo he de repetir!— nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.» (J. M. XLVIII.) En su libro sobre Machado nos cuenta Serrano Plaja: «quiero recordar aquí que otro día en que fui a verle con Emilio Prados, hablando de temas literarios, fue la conversación hasta dar en la palabra «filosofía». A este respecto, Machado declaró “que de esas cosas no podía escribir en serio”.» (Pág. 29.) Creía, en efecto, que sin un minimum de precaución y de ironía todo filosofar se convertía en una actividad superflua. Se acercaba a sus temas en forma parcial, fragmentaria, dando grandes rodeos, interrumpiéndose para volver a empezar. Pero seguía acercándose.

Porque los temas filosóficos que le interesaban la radical soledad del hombre, el impulso hacia la comunión, o, como dice Abel Martín, «la incurable «otredad» que padece lo “uno”» (J. M. II), la nada, la muerte, la dignidad del hombre y el impulso ético, eran continuación en buena parte de su visión poética del mundo. Con menos consuelo afectivo, con menos salvación estética que en algunos poemas: la inteligencia escueta frente a lo inevitable («por que el hombre ama la verdad hasta tal punto, que acepta anticipadamente la más amarga de todas,» J. M. I) pero sin renunciar al diálogo, a la comunión con los demás: «El que no habla a un hombre, no habla al hombre; el que no habla al hombre, no habla a nadie.» (J. M. XLIX.) A diferencia de Unamuno, empeñado en hablar con Dios o consigo mismo, o de Juan Ramón Jiménez, que dialogaba a veces con los árboles (en sus Romances de Coral Gables), o sentía diluir su dolor por los espacios cósmicos, Machado siempre se entregó, o quiso entregarse, solamente a los hombres:

Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.

(Nuevas canciones, LXVI.)

Y también:

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.

(Nuevas canciones, XXXVI.)

A Machado le sobraban razones para creer en el diálogo. No en vano se había enamorado dos veces; no en vano había sido dos veces correspondido. Y le sobraban también razones para creer en la inestabilidad del diálogo, en su carácter precario. Por ello se nos aparece como un «entusiasta precavido», como un optimista escéptico, que avanza con pies de plomo y tropieza a pesar de ello:

Hora de mi corazón:
la hora de una esperanza
y una desesperación.

(Nuevas canciones, XXXVI.)

Machado no se contentaba con dudar; dudaba, además, sobre la conveniencia de seguir dudando. No se fiaba ni de la duda. Esta desconfianza —que no impedía, por otra —166— parte, al llegar el momento oportuno y necesario, los arranques más nobles, más viriles, de uno de los hombres más auténticos y generosos de su tiempo, de un hombre íntegro y valiente tras su máscara de timidez— era en él cosa ya vieja. Le venía de la infancia. Pone en boca de Juan de Mairena una anécdota de infancia que —por figurar también en Los complementarios referida al propio Machado— tiene todo el sabor de la experiencia auténtica, vivida, en apariencia insignificante pero que deja en el niño una huella imborrable. El niño va por la calle con su madre, que le ha comprado un pedazo de caña de azúcar. Ve pasar a otro niño, con otra caña de azúcar en la mano. Le parece que la suya, la que él lleva en su mano, es la mayor, y así se lo dice a su madre. Pero ésta —personificación de la objetividad— le corrige: la del otro niño es, en verdad, más larga. ¿Dónde tenía los ojos, que no lo vio? Y esto es lo que Juan de Mairena se sigue preguntando. Es la primera lección de filosofía; se encuentra en cualquier manual: la diferencia —necesaria pero difícil— entre apariencia y realidad. La necesidad de desconfiar de las apariencias. Y se trata en este caso de una realidad penosa, molesta, antipática: el otro niño lleva una caña de azúcar más grande que la suya. Machado no olvidará jamás esta lección.

Quizá la angustia que siente el poeta, de la que nos habla constantemente, está hecha de pequeñas decepciones como la que acabamos de citar. Quizá estas decepciones no son sino el punto de partida, para intuir la verdad que Camus habría de definir, en nuestro tiempo, con muy pocas palabras: «los hombres se mueren, y no son felices». El caso es que la soledad y la angustia revolotean como insectos, como presencias sombrías y viscosas, alrededor del niño, del poeta, del filósofo.

Muda en el techo, quieta ¿dormida?
la gruesa gota de angustia está,
y en la mañana verdiflorida
de un sueño niño, volando va…

(J. M., XXXI.)

Según Mairena, «el mundo del poeta es casi siempre materia de inquietud». Y Abel Martín dictamina: «A todo despertar se adelanta una mosquita negra cuyo zumbido no todos son capaces de oír distintamente, pero que todos de algún modo perciben.» ¿Todos? Quizá. Pero para algunos —para el Don Nadie, por ejemplo; para el hombre impersonal, inauténtico, de que nos habla Heidegger— las voces llegan envueltas en una baraúnda tal, en un rumor tan confuso de agitaciones, de slogans, de anuncios, de proyectos falsos, que de veras es como si no llegaran a parte alguna. Después de cierto tiempo, las drogas adormecedoras que todos o casi todos se toman —nos tomamos— para acallar la inquietud interna surten efecto; no hay necesidad de aumentar la dosis, salvo en casos excepcionales; el individuo queda destruido por dentro, deja de oír el zumbido de la angustia, deja de oír casi todo lo que no sean las voces inauténticas de lo que «se dice».

Ese desconfiado prodigioso que fue Machado desconfió, por lo pronto —e instintivamente, como hombre bien nacido que era, como aristócrata del espíritu— de las voces hueras de Don Nadie. Pero desconfió también —y esto es lo que queremos subrayar ahora— de las voces de la soledad y la angustia. Mejor dicho; no las rechazó, las aceptó, pero sin dejar de luchar contra ellas. O, quizá, mejor al lado de ellas, pero para trascenderlas. Para encontrar otra cosa: un diálogo, una comunión, un tú esencial. Su existencialismo está más cerca, en el fondo, de Berdiaev, Marcel o sobre todo Buber que de Heidegger. O quizá es como si Heidegger aspirara a negarse, a trascenderse, sin conseguirlo del todo. Recayendo, con frecuencia, en la misma serena amargura. Sin aspavientos, sin gestos trágicos a lo Unamuno. Y sin dejar de forcejear, de dialogar, ni un momento con el ángel de la soledad y de la angustia.

«El sentimiento —dice en Los Complementarios, 1917— no es una creación del sujeto individual, una elaboración cordial del yo con materiales del mundo externo. Hay siempre en él una colaboración del , es decir, de otros sujetos. No se puede llegar a esta simple fórmula: mi corazón, enfrente del paisaje, produce el sentimiento, y, una vez producido, por medio del lenguaje lo comunico a mi prójimo. Mi corazón, enfrente del paisaje, apenas sería capaz de sentir el terror cósmico, porque aun este sentimiento elemental necesita, para producirse, la congoja de otros corazones enteleridos en medio de la naturaleza no comprendida. Mi sentimiento ante el mundo exterior, que aquí llamo paisaje, no surge sin una atmósfera cordial. Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien nuestro. Sin salir de mí mismo, noto que en mi sentir vibran otros sentires y que mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la mejor timbrada. Que lo sea también para los demás, éste es el problema de la expresión lírica.» En esta larga cita se encuentra admirablemente expresada la actitud de Machado frente a la poesía, frente a la inspiración, frente a las raíces de esta inspiración: el , el nosotros, el diálogo, la comunidad, incluso cuando está hablándonos de su soledad, de su abandono, de su angustia.

Mas busca era tu espejo al otro,
al otro que va contigo.

y también:

Todo narcisismo
 es un vicio feo,
y ya viejo vicio.

(Proverbios y cantares, IV, III.)

Sí: soledad, angustia, preocupación, zumban constantemente; y constantemente también, sin espantarlas jamás definitivamente, sigue el poeta su camino, buscando al otro. Esto es fundamental. Y explica, además, el renovado interés de los poetas de hoy por Machado y su obra. Más que nunca los poetas de las últimas generaciones han abandonado —como señala Castellet— la ruta de Juan Ramón Jiménez, incluso la de Unamuno —que sí influyó inmediatamente después de la guerra civil— para seguir a Machado, todos ellos fieles partidarios y escuderos del poeta que «buen caballero era», como dijera Alberti de Garcilaso. «Del yo —señala Emilio Alarcos Llorach— van cayendo en el nosotros. Como «social», tal poesía que no canta un yo sino pretende cantar un nosotros, que no busca resonancia en otro yo sino en otro nosotros, ha de tocar los temas que nos interesan en cuanto humanidad y no que me interesan en cuanto persona única.» «Una vez más es el hombre lo que interesa —escribe Blas de Otero en 1959—, pero no ya el hombre considerado como individuo aislado, sino como miembro de una colectividad inserta en una situación histórica determinada.» Machado es precursor de la poesía de hoy por partida doble. Por haberse interesado —apasionado será más exacto— por los temas «comprometidos»— ya desde el principio, en sus conocidos poemas «regeneracionistas» tan típicos del 98; y después, naturalmente, y con mayor vehemencia, durante la guerra civil. Y por haberse acercado al «tú» esencial —y haberlo hecho existencialmente— en forma que más allá de la desconfianza, de la soledad, de la incertidumbre, se estableciera un contacto —no por implícito menos profundo— entre el poeta y el pueblo. Pueblo no entendido como «grupo», como «masa». No hay nada menos «masa» que el pueblo tal como lo concibió Machado. «Por muchas vueltas que le doy —decía Mairena— «no hallo manera de sumar individuos» (J. M. I.) Y ello en respuesta al que afirmaba que la sociedad era una mera suma de individuos. El pueblo, para Machado, no era masa, sino comunidad depositaria de una sabiduría muy antigua. De él podía y debía aprender el poeta.

No sería justo afirmar que la raíz de la poesía de Machado se encuentra en la desconfianza del poeta ante la vida, la felicidad, el progreso, etc. Es cierto que Machado se nos aparece, en sus poemas primeros, como un hombre que no tuvo infancia, que se sintió solo, melancólico, profundamente serio y triste, casi desde el primer momento. Pero también es cierto que Machado tenía fe en el hombre, en el futuro del hombre. Por lo menos a ratos. Que creía en el diálogo, en la posibilidad de amar y ser amado. (También a ratos.) Y que en su franciscanismo laico no estuvo lejos de creer, en algún momento, si bien con «fe dudosa», con fe escéptica, resignada, senequista, en alguna deidad más o menos vagamente panteísta. Lo que queremos decir con nuestra insistencia en el tema de la desconfianza es simplemente que Machado seguía buscando, no se resignaba. Ni a una «solución» o falta de solución en el terreno de la religión o de la metafísica, ni a una sola postura, una sola tendencia, en el terreno de la poesía. Exploración de la soledad —por las largas galerías del alma— y de la angustia; exploración del paisaje que se hace eco de la soledad o permite distraernos de ella por un instante; exploración de los temas históricos, nacionales, colectivos; exploración del amor y de la identificación con una comunidad, son aspectos de una misma inquietud, de un mismo afán de no ceder a la desesperación.

Es tentador aceptar, aunque solo sea en forma preliminar, a beneficio de inventario, la tesis de Segundo Serrano Poncela relativa a la evolución de Machado y de sus «dobles»: «Abel Martín, profesor de Juan de Mairena, y éste profesor de Antonio Machado, se corresponden con la órbita cíclica del pensamiento machadiano del siguiente modo: Martín o el pensamiento metafísico, Mairena o el pensamiento crítico, y Machado el poeta. Cronológicamente, resultaría a su vez lo siguiente: Machado poeta crea como justificante teórico a Abel Martín metafísico, y éste, a su vez, segrega a Juan de Mairena, retórico y moralista. Conforme transcurren los años, el poeta se oscurece y reduce el agua del hontanar lírico, el filósofo se trasplanta al moralista y éste concluye, tras de haberse incorporado la sustancia de los dos anteriores, por ocupar todo el territorio real-ideal del primitivo Machado, al extremo de que durante los últimos tiempos de su vida el poeta sólo escribe, opina y hasta publica con el seudónimo que le presta su homónimo espiritual Juan de Mairena.» (Antonio Machado. Su mundo y su obra. Pág. 209). Juan de Mairena vendría a ser una «ficción de segundo grado», un personaje de «nivola» que acaba por influir poderosamente en su creador. Y la evolución se explicaría —en parte, y sólo en parte— por un afán de trascender la angustia que la poesía revelaba, sublimaba, pero no acababa de destruir del todo. En lugar de soledad y belleza nos encontramos con la ironía, el humor y el escepticismo de Juan de Mairena —que son también, en alto grado, formas de dominar la angustia, de canalizarla hacia terrenos menos peligrosos, de dudar de ella, ya transformada en objeto de especulación intelectual, con lo cual cae bajo el filo del escepticismo, de los sofismas, de todas las aceradas armas de disquisición con que cuenta Juan de Mairena. Y la lucha continúa. La idea de la «otredad», la «esencial heterogeneidad del ser», es, quizá, el gran puente que nos permite pasar de la poesía a la metafísica, de la soledad sentida, vivida, frente a las galerías internas o frente a un paisaje que también, con frecuencia, es fuente de tristeza:

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

(Campos de Castilla, XXV.)

A la luminosidad, la frescura airosa de las anécdotas mairenianas. ¿Pueden llegar a entenderse el corazón y la cabeza? La angustia y la muerte rondan al poeta desde el principio. Machado se defiende, pero no tratando de olvidarlas, pues eso sería como tratar de salirse de su autenticidad, de su vida, de su tiempo, convertirse en Don Nadie, en un Don Guido cualquiera, en «ese hombre del casino provinciano», «fruta vana / de aquella España que pasó y no ha sido», en un hombre falso y vacío por haberse vuelto de espaldas al tiempo y a la angustia, por haber negado la presencia de la temporalidad y de la muerte: «Ese hombre no es de ayer ni es de mañana, / sino de nunca…» («Del pasado efímero», Campos de Castilla.)

Pero Machado sabe que los españoles (los auténticos, no los hombres del casino provinciano, los Don Guido, los Don Nadie) se parecen un poco a Heidegger, sin darse cuenta de ello, naturalmente; y sabe también que con el sentimiento de la muerte, con la presencia de la angustia, no hay más remedio que contar si se quiere llegar a ser hombre de veras. Pero que cada uno tiene derecho a hacerlo a su manera, con tal que sea auténtica y sincera. Las sombras que lo rodean exigen el diálogo. Pero el hombre tiene derecho a buscarse aliados. Así surgen los dos fantasmas amigos, los dos cordiales compañeros en su viaje por el tiempo, las dos sombras transparentes, serias o risueñas, sesudas o disparatadas: el filósofo Abel Martín y el moralista Juan de Mairena. Lo acompañan por las largas galerías en sombra, atraviesan con él los destartalados salones «de sal-si-puedes». ¿Que sus opiniones suenan a veces en forma algo disparatada? Mejor: así habrá diálogo entre Machado y los dos amigos imaginarios que él ha engendrado. Y el diálogo es para Machado fuente de esperanza, consuelo inagotable:

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—

(«Retrato», C. de C.)

De ahí la paradoja: Machado, el gran solitario, el hombre «desconfiado», el enemigo de las tertulias, resulta a la postre uno de los españoles de su tiempo que más y mejor lograron la comunicación humana. Que menos solo estuvo. Que conoció el amor, la amistad, el auténtico diálogo. Que desde el fondo de su soledad supo suscitar un movimiento de simpatía, de admiración y de amor que ha seguido dilatándose hacia adelante: los jóvenes poetas españoles, los poetas de hoy —y de mañana— le han vuelto la espalda a Juan Ramón Jiménez, desconfían algo de Unamuno, pero sienten por Machado una admiración y un amor sin límites. Seamos sinceros: si pudiéramos convocar una «junta de sombras», si pudiéramos hallarnos en presencia de los hombres del 98, iríamos a contemplar, a admirar, el rostro exaltado de Juan Ramón Jiménez; escucharíamos un buen rato a Unamuno; pero para dialogar —para tener una conversación profunda, auténtica, cordial— nos acercaríamos todos a Machado.

 

‘Asklepios, el último griego’, de Miguel Espinosa

Primera edición, 1985. Reeditado en Siruela, 2005.

PRÓLOGO

Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme, lo cual hago por cumplir la necesidad de experimentarme verdadero, como ordenó Demócrito.

Amo la comparecencia de todas las cosas, grandes y pequeñas, en la Tierra, entre la Tierra y el Sol, y más allá del Sol, existentes. Busco lo originario, y detesto indagar el fin de cuanto está ahí y permanece, bastando a mi razón el postulado que muestra el hecho.

Me enternecen los niños y las mujeres, cuya dócil presencia se revela compañía. El Poder no tienta mi voluntad, pero siento inclinación a teorizar sobre este suceso. Denomino teorizar a enjuiciar desde principios y concluir implacablemente.

Repudio las ficciones y sus consecuencias, siéndome ajena, por consiguiente, la conciencia de casta o superioridad. No puedo admitir que se disfrace cuanto el juicio correcto ofrece como verdadero. Odio los reverenciosos, me repugnan los mágicos y aborrezco toda doctrina irracional. Me avergüenzan las retahílas de vocablos carentes de significado; no puedo soportar, por ejemplo, que alguien diga: “mi hermano espiritual”, “nuestro destino manifiesto”.

Me burlo de toda grandeza, porque pienso que cualquier grandeza es falsa. Entre vanidosos, soy el demiurgo que los hincha; entre hipócritas, el demiurgo que los escandaliza; y entre neutrales, el demiurgo que los implica. Como todo proscrito, padezco nostalgias, y éstas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.

Rehúso la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto. También la acedia es pasión digna de un griego, aunque combatida por Epicuro.

No sigo camino ni ando por senda de maestro conocido; me río de todos los maestros, como adicto que soy a la capacidad de enjuiciar desde postulados y concluir implacablemente, también llamada libertad de reflexión o de ciencia, que hace posible la vida racional entre los griegos y no griegos.

De los escritores, admiro la voluntad del concepto, la voluntad de estilo y la voluntad de síntesis o facultad de acuñar expresiones. Por eso releo a Platón.

Amo a los débiles; pienso que la heroicidad aparece forzosamente en ciertos individuos, verbi gratia, en quienes trabajan y no ganan para el desayuno. Entre tales, me siento como entre los míos, y también entre quienes muerden su hogaza de salazón y contemplan sencillamente el espectáculo del sábado. Por las buenas familias, los poderosos, los exquisitos, los calologistas y los adoctrinados no siento simpatía.

Defino el Arte como la objetivización del sentir estético a través de la materia; la libertad, como posibilidad de realizar lo indeterminado; y la justicia, como un punto de vista sobre el Mundo. Amo el Arte, la libertad, la justicia y el ser-bueno. Sin embargo, nada espero de los dioses ni de los hombres. Por eso soy hombre.

Considero el Estado como organización metódica de Poder, y el Derecho, como método del Estado. Los principios del llamado Derecho Romano me parecen una antigualla, construida para asegurar a ciertos palurdos la explotación del mundo entonces conocido. Valoro lamentable que tal Derecho haya servido de ciencia asnal a centenares de generaciones aficionadas a la sopa estatal y boba.

Gusto de sacar la lengua a los fariseos, filisteos y demás etcéteras, haciéndoles comprender que nada saben, y esto juicio a juicio, sistemáticamente, sin claudicaciones. Al enfrentarme con ellos, confieso: “Nada concederé si no lo prueban signo a signo”. Y jamás me he hallado en la necesidad de admitirles una verdad evidenciada según la razón por la que somos hombres.

Me llamo Asklepios, y desde Megara, cuando niño, mis padres a esta Ciudad me trajeron de la mano.

 
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Publicado por en 2 de diciembre de 2011 in Literatura, Reflexiones

 

Sobre: Florencio Domínguez, ‘Dentro de ETA’, Punto de Lectura, 2006

“Estaba harto, me estaban vacilando. Imitaban silbidos de pájaros y cosas así (…) También tenían perros de cuatro patas. Aluciné. A las 2.30 o 3.00 vi gente camuflada con túnicas verdes claras y capuchas entre los árboles. Al frente, un viejo de pelo blanco y calva, vestido de azul marino con un perro de caza marrón. Estarían a doscientos metros en una cuesta monte arriba. Alguno tenía capucha y estaba con lo que parecía un vídeo. Resumiendo, en cinco minutos estaba completamente rodeado. Unos con túnicas, detrás los beltzas. Un armatoste en primera línea que no sé lo que era. Un aparato asemejando una nave espacial, carro de combate o según. Cambiaba la apariencia. Por ejemplo, a veces se veía a cuatro en uniforme verde, luego solo al que apuntaba con una especie de minimisil y ponía cara de sádico. Tenían también una especie de carruaje. Solo se veía en los dos extremos dos tíos con casco amarillo-verde. Según la posición en que lo colocaran era transparente o tendría un juego de espejos. Los avances de la técnica represiva… Dentro de sentaban (más tarde los vi) cinco o seis personas de paisano con capucha. Eran los que analizaban todas mis reacciones”.

Carta de Xabier Kalparsoro a la dirección de ETA

Txato Kalparsoro estaba captando a futuros etarras mediante el método convenido de dar a conocer anécdotas que hubiese compartido con los contactados. Probablemente no quería que le ocurriese lo que al etarra Santiago Díez Uriarte, que acabó denunciado en los juzgados por tres abertzales, uno detrás de otro y en sucesivos días, a los que invitó a sumarse a ETA. Lo habían creído parte de la “txakurrada”. “Un desconocido”, contaba el primero en la denuncia, “dijo que era miembro de ETA y ante mi sorpresa y preocupación ha procedido a acercarse a mí obligándome a tocar un bulto que portaba en la cintura afirmando que se trataba de una pistola”. Egin se sumó a la fiesta: “Presenta denuncias por amenaza y coacciones: un desconocido pidió a un vecino, involucrando a HB; entrar en ETA”. La sorpresa de Díez Uriarte fue absoluta en tanto que los detenidos, para su pasmo, añadían “un montón de invenciones para llenar bulto”. La serpiente se envenenaba la cola. Por ejemplo, que le costaba hablar euskera cuando él había sido profesor de lengua vasca. Sin embargo siguió su misión de captación con una exconcejal de HB, que en principio se mostró favorable. “Pero al día siguiente compró el periódico y cuando vio la denuncia del otro idiota se asustó y tampoco lo creyó. Entonces ella también me puso la denuncia”. Habría una más por parte de un hombre al que Díez Uriarte prefirió entregar una carta personal. “Me dijo que tenía que pensarlo, que viniera en quince días. Es lo más cojonudo, que me había denunciado y el mismo día Egin lo publicaría (…) El primero es un miedoso, el segundo un tipo obligado y el tercero un hijo de la gran puta”.

Kalparsoro había redactado cartas de captación a algunos conocidos. Así es una correspondencia tipo: “Soy Txato, sí, sí, el más feo y cabrón. Estuve por entrarte el día que nos vimos en la txozna, pero no me pareció oportuno. Los que estaban contigo no son tontos y me conocen de sobra. En cualquier caso sigo pensando que mis greñas eran más largas y bonitas. Tengo que convencerte de quien soy para evitar mosqueos (…) Al grano, la persona que te entrega esta nota es de la Organización. Nos gustaría que te animaras a echar una mano. Pensamos que puedes —si quieres— aportar mucho y te aninamos a dar el paso”. Lo narra todo estupendamente Florencio Domínguez en Dentro de ETA (Aguilar). Domínguez es fundador de Vascopress y uno de los periodistas españoles a los que se le sigue el paso desde hace décadas para saber qué se está cociendo en la banda terrorista y sus aledaños. El libro es un artefacto prodigioso que se mete en las entrañas de vida regular de los asesinos, retrata el funcionamiento pesaroso de la maraña criminal y revela la jerarquía leninista de la banda, las obsesiones de sus líderes, la impiadosa actitud con los militantes, los enfrentamientos abiertos entre ellos, los enamoramientos (“Sé que vivimos de una manera que nos será imposible acabar nada, pero sé también que el intentarlo está en nosotros”), la decisión que les marcará la vida (entrar en ETA, huir a Francia), la vida cotidiana (el Comando Madrid, entre asesinatos, desesperado por comprar un test de embarazo para dárselo a Idoia López Riaño), los años en casas de familias bretonas a la espera de su primera acción armada y la paranoia que a veces desemboca, como un torrente, en locura.

Dentro de ETA es un documento profundamente descorazonador. Antxón escribe que no le aterroriza la muerte ni la cárcel “ni el destierro”, sino la “pérdida de fe en los principios”. Al fin y al cabo ETA es un engendro de principios que se han solidificado en los cuerpos destripados de cientos de víctimas. Ha crecido en el dolor de sus familiares como una hiedra imparable. La degradación de la banda es siniestra, según se observa en la correspondencia que se traen sus jefes. Estas vidas observadas desde la doblez de la muerte ajena no tienen siquiera el rasgo aquel de la escaramuza en el monte con la que organizarse para derrumbar una dictadura. “Hemos ignorado con demasiada frecuencia que ETA está formada por individuos corrientes y vulgares (…) Pensamos que la actividad terrorista requiere complejas cualificaciones o grandes redes de apoyo y no nos damos cuenta de que si se tiene la voluntad de matar es tan sencillo que hasta los miembros de ETA pueden hacerlo”, escribe Florencio Domínguez en su epílogo. “A menudo construimos mitos trenzados con nombres resonantes o con apodos cargados de misterio, pero no vemos al etarra de a pie, aquel que tiene que pedir prestado a su familia el dinero para comprar unos zapatos, el que no consigue tener una relación sentimental estable o el que se pudre oscuramente en una cárcel porque no tiene el valor suficiente para romper con ETA”.

Es en ese epílogo donde Domínguez recuerda la tesis doctoral de Teo Uriarte, uno de los condenados a muerte en el Consejo de Burgos. Uriarte estudió el efecto que tuvo la prensa del franquismo en la organización terrorista, sobredimensionándola. Esos medios pintaban a los etarras como “osados y desprendidos activistas, entregados en cuerpo y alma a una causa épica y misteriosa, guiados por una rígida planificación y preparados para llevar a cabo las operaciones más arriesgadas. Le dio a ETA el espacio y la propaganda que negaba a las organizaciones políticas democráticas que estaban perseguidas en la ilegalidad (…) Para colmo, aventurando hechos falsos y engrandeciéndolos desembarcos de armas y secuestros de aviones, se alentaba a las generaciones venideras a su realización. Puesto que si en el pasado ETA los había intentado hacer, ¿por qué no hacerlos ahora?”, se pregunta Uriarte. “A un piso de alquiler le llamamos base”, recuerda Domínguez. “Hablamos del núcleo central de no sé qué comando, a prestar un coche lo denominamos infraestructura de transporte. Convertimos los actos sencillos en categorías trascendentes con nombres de resonancia militar y terminamos confundiendo un paseo por el campo con la Larga Marcha”.

Nada más llegar al País Vasco desde Francia en 1993, Xabier Kalparsoro se encuentra en un bar de Vitoria a un antiguo militante de Jarrai, que se acerca a él para saludarlo. Kalparsoro le dice que acaba de salir de una detención. La impresión de este amigo suyo es de profundo terror. “Tenía el rostro desencajado y las manos absolutamente despellejadas. Dijo que le había detenido la Ertzaintza durante tres días. Que le habían hecho de todo, le habían drogado y, al final, le habían puesto en libertad”. Al día siguiente comería con él y unos amigos en el piso de éstos. Cuando le preguntaron por los arañazos que presentaba en brazos y piernas, el terrorista se puso nervioso. “Cogió una servilleta de papel y escribió: ‘Me han tenido varias horas entre zarzas. No quiero hablar de esto’. Acto seguido cogió un mechero y quemó la servilleta”. Horas después una llamada anónima informó de que un “refugiado” llamado Anuk —así es como se le conocía— había sido detenido por la Ertzaintza en Lloido. Aunque el diario lo publicó en un breve, ningún cuerpo policial tuvo constancia de ningún arresto. Un día después un guardia civil de la Comandancia de Sansomendi, en Vitoria, coge el teléfono y escucha a alguien que se identifica como Javier Kalparoso: “Soy liberado de ETA y estoy aquí”. No le creen.

Su aventura en el País Vasco empezaría a desbarrar a mediados de septiembre. Una nueva llamada anónima informa al Egin de que Anuk fue visto hace una semana “rodeado de txakurras” en un monte de Lloido. El periódico no publica nada. Ese día, Kalparsoro escribe una larguísima carta en la que explica sus últimas semanas. Es el documento testimonial de un delirio absoluto. Comienza cuando cree estar siendo perseguido por ocho coches y una moto de Telepizza. Dice haber sido secuestrado por la Ertzaintza, por la Guardia Civil o por las dos al mismo tiempo. Y empieza a contar que fue desplazado a un monte en el que cree descubrir una base secreta de la policía vasca. “Eran zipayos y al salir del monte me tendieron una emboscada. Tenían todo el monte tomado. Lo que nadie me dijo y parece que nadie sabe es que ellos tienen una base camuflada allí: chabolas y escondites hechos con ramas de árboles y zarzas (…) Tienen todo supermontado. Parecía que estaban de adiestramiento o algo parecido. Todos vestían anoraks amarillos. Nadie hablaba. Había gente de todas las edades, pero sobre todo gente superjoven. Había también mogollón de guardias y maniobras. Vestían túnicas verde claro y capucha del mismo color”. La carta sigue con los “perros de cuatro patas” y aparatos similares a naves espaciales. Fue detenido en barrena semanas más tarde. “Soy liberado de ETA y si no me ponéis en libertad vendrá un comando. Este es un tema fuerte”, dice antes de proponerle a un policía fingir una fuga dejándose dar —el agente— un golpe en la cara. Ya detenido saltó por la ventana de un segundo piso de la Jefatura Superior de Policía estrellándose en el suelo. Moriría tres días después en el hospital. La carta que Kalparsoro envió a la dirección de ETA antes de morir ha merecido credibilidad del mundo abertzale. Además de diversos testimonios en foros contra la tortura, Joxean Agirre escribe en su libro ¿Cipayos?: “Xabier Kalparsoro fue secuestrado por miembros de algún cuerpo policial, que él identificaba como ertzaintzas, interrogado, drogado y torturado. Después, fue nuevamente liberado con la esperanza de que les condujese hasta otros miembros de la organización.

José Luis Geresta Múgika, acusado de agarrar a Miguel Ángel Blanco para que García Gaztelu le descerrajase dos tiros en la cabeza, se suicidó presuntamente en marzo de 1999. Las investigaciones de la Ertzaintza sobre sus últimas semanas dieron con el perfil de “una persona desequilibrada con un comportamiento obsesivo, que se creía controlada en todo momento por la policía”. Florencio Domínguez relata cómo a un conocido le pidió que le llevara en coche y al tomar una curva saltó en marcha tras decir que les seguían. A un conductor en Andoain lo paró apuntándolo con una pistola para llevarle el coche. Era de madrugada, y Geresta se quedó de piedra cuando el hombre, ebrio, le dijo: “Anda, vete a tomar por el culo”, y arrancó el vehículo. Finalmente el terrorista se convenció de que tenía un chip en las muelas que permitía su localización. Llevó unos alicates a casa de un amigo para que se las quitara todas, pero éste no se lo tomó en serio. Geresta apareció muerto en un terruño de un disparo en la sien y con su pistola al lado. La pistola se encontró a la izquierda del cuerpo, mientras que Geresta era diestro y la bala entró por la sien derecha. El caso alimentó sospechas de todo tipo. Dos muelas habían desaparecido y un diente fue serrado. Esto no se apreció en el primer examen forense (“bien porque no habían sido extraídas todavía”, dice Florencio Domínguez) pero sí en la autopsia pedida por la familia. En el asunto metieron baza el exministro de Interior, José Barrionuevo (que trazó una comparación de actuaciones del GAL con las que se producían a finales de los noventa) y el general José Antonio Sáenz de Santamaría, que encuadró la muerte en la guerra sucia. Un microchip en la muela es el argumento del primer capítulo de la serie Expediente X. ¿Sufría delirio tecnológico Geresta como llegaron a decir los psiquiatras?

El que no sufre delirios es Antxón, el viejo etarra que estaba obsesionado con la muerte: “Cada uno evita la muerte de un modo diferente. Algunos en silencio, caminando de puntillas; otros reculando, otros pidiendo perdón o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones y hay quien se abre paso en ella a codazos y puteando. Hay quien la abraza. Hay quien se tapa los ojos; hay quien llora. Yo siempre pensé que me metería en la muerte a carcajadas”. Aunque la hora final no le asusta, hay algo que le saca verdaderamente de quicio: que le toquen las mariposas. Cuando el director del servicio secreto de la República Dominicana le niega trabajar clasificando lepidópteros en el Museo de Historia Nacional monta en cólera y comienza una larga perorata en la que acaba concluyendo que se está trasladando al continente americano “y en mi persona” la guerra que “hace 150 años viene llevando el pueblo vasco con el Estado español”. Y por tanto, exige a un alucinado funcionario dominicano que se le facilite un fusil, lo dejen suelto en una loma y le echen detrás las tropas “para así al menos morir con honor”.

 

 

¿Cuál es la verdad?…

¿Cuál es la verdad?…

«¿Cuál es la verdad? ¿El río
que fluye y pasa
donde el barco y el barquero
son también ondas de agua?
¿O este .soñar del marino
siempre con ribera y ancla?»

Texto: Antonio Machado, Poema XCIlI de ‘Proverbios y Cantares’ (CLXI), en Nuevas canciones.

Fotografía: Miguel de Unamuno en Deusto.

 

 

 
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Publicado por en 26 de noviembre de 2011 in Literatura

 

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Antonio Fernández de los Santos ‘El Chaqueta’


Antonio Fernández de los Santos ‘El Chaqueta’
junto a Carmen Amaya
Si ha existido un artista flamenco nunca valorado en toda su dimensión, ese es Antonio Fernández de los Santos ‘El Chaqueta’ (La Línea de la Concepción (Cádiz), 1918 – Madrid, 1980). Cantaor al que se puede considerar fuente de inspiración de muchos intérpretes que han sido sus coetáneos y de otros que han ido llegando a la profesionalidad y a la fama posteriormente.
Entre los que convivieron con él, tenemos a Chano Lobato, que de vez en vez y a lo largo de sus recitales saca a relucir los giros chaqueteros por fiestas. Y entre los que siguieron su estela siendo más jóvenes, ningún ejemplo admirativo mejor que el de ‘Camarón‘. El lamentablemente desaparecido genio de la Isla, lo proclamaba abiertamente, para él Antonio ‘El Chaqueta’ era uno de sus más ciertos maestros: De él declaró en una ocasión: “Es y ha sido el más largo de todos los cantaores de flamenco, ha conocido más palos que todos y se ha muerto sin pena ni gloria”. Estuvo siempre en las grandes antologías del flamenco, como las Hispavox, Columbia, R.C.A…

Tangos por soleá de “El Chaqueta”
“Sentadito en el poyete,
esperando el porvenir,
y el porvenir que no viene”.
Y la variante:
“Sentaíto en la escalera
esperando el porvenir
y el porvenir nunca llega”.
 
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Publicado por en 11 de noviembre de 2011 in Literatura

 

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La amenaza de un ataque militar israelí contra Irán


ANTECEDENTES CERCANOS


Israel ha sufrido muchos reveses en los últimos tiempos: el fracaso de la guerra contra Gaza en 2008-2009, la “primavera árabe” y la caída de aliados históricos, y ahora el reconocimiento en la UNESCO de Palestina. Sin mencionar los problemas internos que hemos visto en los últimos meses con el movimiento de los “indignados” israelíes. Demasiados cambios en poco tiempo. Lo que los dirigentes israelíes intentan con esta nueva maniobra es distraer la atención de sus ciudadanos con respecto a los problemas internos, que son muchos, y la de la comunidad internacional con respecto al conflicto con Palestina. Aunque Israel tenga la capacidad de atacar a Irán, no parece posible que vaya hacerlo ni a corto ni a medio plazo. El problema es si cuenta con el apoyo político necesario, dentro y fuera, para aguantar las consecuencias. Tengo serias dudas. No creo que Estados Unidos esté dispuesto en este momento a apoyarle en un tal ataque. La situación es ya bastante tensa en la zona como para abrir un nuevo foco de inestabilidad que podría desembocar en una guerra regional.
El Presidente de Israel
Benjamin Netanyahu

El presidente de Israel, Shimon Peres, afirmó hace tres días de que es partidario de un ataque contra instalaciones nucleares de Irán, insuflando más tensión por la posibilidad de que una acción militar se ejecute sin consultar previamente a Estados Unidos. El régimen israelí, en una demostración de fuerza militar, probó el miércoles, un potente misil nuclear, el cual se considera como una amenaza. Además Netanyahu dijo el lunes pasado en un discurso parlamentario que “un Irán nuclear representa una amenaza grave para el Medio Oriente y el mundo entero y, por supuesto, representa una amenaza directa y fuerte para nosotros”. El jefe del Ejército iraní, Hassan Firuzabadí, corroboró, en declaraciones hechas a la agencia oficial Isna, que cualquier ataque contra su país comportaría represalias. “Las autoridades de Estados Unidos deben saber que un ataque del régimen sionista contra Irán implicaría graves daños para los propios Estados Unidos, además de para el régimen sionista”.

La primera gran señal de que el primer ministro israelí había madurado su decisión apareció el pasado viernes en la portada de Yediot Ahronot, el periódico más leído del país. Bajo el titular “Presión atómica”, el periodista Nahum Barnea, de notable prestigio, revelaba que Netanyahu y su ministro de Defensa, Ehud Barak, hacían lo posible para convencer al resto del Gobierno y a la cúpula militar de que la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes era para Israel “una cuestión de supervivencia”. La señal no era tanto el despliegue en portada y el tono de suma gravedad adoptado por Yediot Ahronot, sino el hecho de que alguien en una posición muy alta hubiera filtrado, con la aparente intención de neutralizarlo, un debate que se mantenía en absoluto secreto. En el mismo artículo, se indicaba que otra señal han sido las maniobras que su ejército acaba de concluir en Cerdeña (Italia) en las que Israel ha simulado un bombardeo de largo alcance, muy parecido al que sería necesario para atacar las instalaciones nucleares iraníes en el noreste del país. En dichas maniobras, Israel ha probado un nuevo misil balístico con un alcance de 6.000 kilómetros y gran capacidad atómica.

 

El diario Haaretz anunció también el día 3 que el ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, se había sumado a los partidarios del ataque. Una fuente vinculada a la diplomacia israelí confirmó por su parte a este periódico que “el debate existe y es serio”. Otra fuente, vinculada al Ejército, comentó que Netanyahu esgrimía como argumento el riesgo de “un nuevo Holocausto” y usaba “tonos apocalípticos” para vencer resistencias.

PressTV, televisión internacional iraní y diario digital, se hizo eco inmediatamente en un artículo titulado Israelattack on Iran military suicide, firmado por Ismail Salami, que comienza: «Existe una fuerte especulación sobre el hecho de que Israel podría estar preparándose para atacar las instalaciones nucleares iraníes, una amenaza que el régimen sionista ha repetido con frecuencia y una idea que, si se traduce en medidas, traerá consecuencias apocalípticas por parte del Estado sionista. Según se informa, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha buscado recientemente el apoyo de su gabinete para realizar un ataque militar contra las instalaciones nucleares de la República Islámica de Irán. En un trabajo conjunto con el Ministro de defensa Ehud Barak, Netanyahu ha logrado, para tan imprudente acto, forzar el apoyo de los escépticos que ya se oponían a lanzar un ataque contra Irán. Entre los (miembros del Gobierno) que consiguió convencer se encuentra Ministro de Relaciones Exteriores israelí, Avigdor Lieberman…»

Los detalles han ido conociéndose gracias a quienes, en el Ejército y en el Gobierno, piensan que un ataque contra Irán resultaría cuando menos temerario. Al margen de consideraciones políticas o estratégicas, los militares indican que un bombardeo podría tener resultados insatisfactorios, dado que las instalaciones nucleares iraníes son subterráneas y están muy protegidas. Según Haaretz, tanto el jefe del Ejército, general Benny Gantz, como los jefes de los tres servicios de inteligencia figuran entre quienes rechazan el bombardeo preventivo y unilateral, y reclaman el apoyo de los aliados estadounidenses y británicos. El ministro del Interior, Eli Yishai, del partido religioso ultraortodoxo Shas, también se opone al ataque. En una reunión de su partido celebrada el lunes, Yishai comentó que la posibilidad del bombardeo le mantenía “despierto por las noches” debido a la gravedad de las posibles represalias por parte de Irán, de sus aliados sirios, de la milicia chií libanesa Hezbolá y del grupo armado palestino Hamas desde Gaza. Otro de los ocho ministros que conforman el núcleo gubernamental que adopta las decisiones importantes, el centrista Dan Meridor, considera que Irán representa “un riesgo para todo el mundo” y que corresponde a Estados Unidos, no a Israel, asumir el liderazgo en cualquier acción política o militar.

El exjefe del Mossad Ephraim Halevy
Este viernes, 4 de noviembre, en unas declaraciones realizadas al diario israelí YnetNews durante una reunión en la Escuela de Infantería de Marina, el exdirector de la agencia de espionaje israelí Mossad, Ephraim Halevy advirtió del peligro que supondría ataque militar contra Irán. Según Halevy, los resultados de una confrontación podrían ser devastadores para Oriente Próximo: “The State of “El Estado de Israel no debe ser destruido. Un ataque a Irán podría afectar no sólo Israel, sino toda la región durante 100 años”. Halevy agregó que, “aunque debe impedirse que Irán pueda convertirse en una potencia nuclear, está lejos todavía de representar una amenaza real para la existencia de Israel”. “La creciente radicalización de los ultraortodoxos (haredíes) representan un riesgo mayor que Ahmadinejad,” y añadió que “su radicalismo ha ensombrecido nuestras vidas”. Estos comentarios los realizó después de que se informara de que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el Ministro de defensa Ehud Barak habían intentado convencer al gabinete para atacar militarmente Irán por su programa nuclear.

Israel ya destruyó un reactor nuclear en Irak en 1981, y unas supuestas instalaciones nucleares sirias en 2007. Pero Irán es un enemigo de mayor entidad. El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, suele lanzar tremendas amenazas contra Israel; por otra parte, Irán ha demostrado históricamente no ser un país propenso a iniciar guerras. Israel, por su parte, mantiene su posición como fuerza militar hegemónica en Oriente Próximo. Y sabe que en cualquier acción contra Irán dispondría del respaldo encubierto de la mayoría de los gobiernos árabes sunníes, muy recelosos ante las ambiciones nucleares de Irán, persa y chií. Las filtraciones de Wikileaks revelaron que la monarquía saudí lleva tiempo reclamando la destrucción de los reactores iraníes.

Pero la opción militar contra Irán es prácticamente inverosímil, puesto que el régimen de Israel es consciente de la capacidad militar y la autosuficiencia de Irán, la mayor en la región junto a Israel (cuyo arsenal nuclear, no declarado, se estima en unas 200 cabezas) y una de los mejores del mundo en términos de la industria de misiles. El éxito, en la producción de más de 50 tipos de misiles de corto, mediano y largo alcance es el testimonio de esta afirmación, misiles como Qader (“poderoso”), de alto poder destructivo con un rango de más de 200 kilómetros, que evade cualquier sistema avanzado de radar, y el impecable misil balístico de Shahab III (meteoro), diseñado para atacar objetivos dentro de un rango de hasta 2.000 kilómetros. El Líder Supremo de la República Islámica, el Ayatolá Seyed Ali Jamenei, ha afirmado que el objetivo principal de la producción de armas en Irán es la defensa del país contra los enemigos, mientras que la razón principal para la producción de armas en Occidente es el aumento de la riqueza de los carteles de las armas.

El Líder Supremo de la República Islámica
de Irán, Ayatolá Seyed Ali Jamenei
Un factor a tener en cuenta es que dicho ataque fortalecería la posición de Ahmadinejad en su país. El régimen iraní es sin duda inaceptable (represivo, opaco y con una legitimidad decreciente), pero hasta el momento no ha cometido un casus belli que justifique una respuesta militar. También, aunque la industria bélica iraní no pueda compararse con la que representan la israelí y la estadounidense unidas, Afganistán e Irak han dejado claro que la superioridad de las armas no garantiza el éxito. No es necesario repetir el apoyo que prestarían el Hezbolá libanés, el Hamás palestino o las milicias chiíes de Irak. Si el objetivo es el programa nuclear secreto, a la dificultad para alcanzar sus sedes subterráneas y dispersas, se suma que no puede bombardearse el conocimiento. Nadie sabe cómo reaccionarían los iraníes. Por más que estén hartos de la falta de libertades, encontrarse bajo las bombas o con un país destruido cambia la percepción. “No queremos vernos como Irak”, se oía decir en Teherán en una época en que se pensaba que EE UU no se iba a parar en Bagdad.

Por su parte, Teherán advirtió a Estados Unidos y a Israel de las “consecuencias apocalípticas” que para ellos tendría un eventual ataque y aseguró que las fuerzas iraníes están preparadas para causarles grandes daños. En declaraciones que hace dos días publicaron diversos medios locales, el jefe de la Junta de Estado Mayor, general Hasan Firuzabadi, descartó, de todos modos, un posible ataque estadounidense o israelí contra Irán, y recalcó que “Estados Unidos y el régimen sionista saben que, si lo hacen, sufrirán unas pérdidas enormes”. Las Fuerzas Armadas iraníes están “listas para castigar a cualquiera que haga un movimiento en falso”, subrayó Firuzabadi, en respuesta a las informaciones difundidas por medios internacionales sobre que tanto Israel como Estados Unidos estarían estudiando un posible ataque conjunto. En la misma línea, el subjefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán para la Logística y Investigación Industrial, general Mohammad Hejazi, dijo a la agencia local Fars que “las fuerzas iraníes son más potentes que en el pasado y los extranjeros son conscientes de que cualquier aventura o acción ilegal recibiría una respuesta aplastante”. “La República Islámica puede defenderse bien a sí misma y sus intereses nacionales, por lo que las amenazas de la arrogancia mundial (Estados Unidos) no son creíbles ni tienen valor para nosotros”, agregó Jejazi, en referencia a los supuestos planes bélicos.

EL ORIGEN DE LA TENSIÓN ACTUAL

Jay Carney, portavoz de la Casa Blanca
El inicio de todo este maremágnum de amenazas y réplicas está en la denuncia El pasado 12 de octubre de un complot respaldado por Irán para asesinar al embajador de Arabia Saudí en Washington y cometer otros actos terroristas.
El portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, aseguró entonces que su país continúa en su empeño por aislar a Irán y que lo hará “concentrado en los instrumentos de carácter económico”. Sin embargo, Estados Unidos no ha sido capaz hasta el momento de construir una sólida coalición internacional para tomar represalias contra el régimen islámico. El mismo Carney aseguró el miércoles que su país continúa en su empeño por aislar a Irán y que lo hará “concentrado en los instrumentos de carácter económico”.

La inminente retirada militar de Irak hace más urgente para la Administración norteamericana actuar contra Irán para impedir que ese país intente llenar el vacío que Estados Unidos deja y gane peso como potencia regional. Debilitado económicamente y dividido políticamente, Irán es hoy, a juicio de Estados Unidos, un peligro algo inferior a lo que era un par de años atrás. Eso no significa que la Administración norteamericana baje la guardia con Teherán o no sea solidaria con la preocupación de Israel respecto a un eventual Irán nuclearizado. Irán sigue siendo un problema central de la política exterior de EE UU y, probablemente, lo será aún más en la medida en que Washington se vaya liberando de sus responsabilidades en Irak, Afganistán y en la lucha contra Al Qaeda. Irán permanece como el enemigo exterior más visible que le queda a Estados Unidos, al margen de los grupos terroristas islámicos, y será pues objetivo prioritario de cualquier estrategia de seguridad en el futuro. No obstante, una confrontación militar directa con Irán no parece algo que esté, de momento, en los planes de un presidente, como Barack Obama, que trata de construir una política exterior más multilateral y con menor ingrediente militar que la que se siguió en años anteriores. Además, Obama acudirá pronto a las urnas precisamente para tratar de refrendar ese giro.

LA VÍA DIPLOMÁTICA

La diplomcia podría hacerse paso frente a la militar. Argumentos de todo tipo no faltan. Por ejemplo, El Comité de DDHH de la ONU presentó el martes las observaciones de su informe sobre Irán, que denuncia el aumento de las ejecuciones, incluidas las de menores, el uso generalizado de la tortura, la discriminación de mujeres y minorías sexuales y la represión de otras creencias religiosas. En este terreno también se encuentran problemas. Los argumentos esgrimidos hasta ahora por Washington no han sido suficientes como para ganar aliados de cara a la aprobación de nuevas sanciones comerciales en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El Reino Unido se ha sumado a las sanciones unilaterales que en su día tomó EE UU contra ciudadanos iraníes presuntamente implicados en el complot contra el embajador saudí, pero otros países europeos han reaccionado con más frialdad, y Rusia y China, con fuertes intereses económicos en Irán, se han resistido a castigar al Gobierno de Teherán.
Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas

El Gobierno estadounidense nunca ha descartado oficialmente la adopción de represalias militares contra Irán, aunque esta es una posibilidad que actualmente se ve muy remota por razones estratégicas, económicas y políticas. Así pues, Washington se ve por el momento incapaz de responder enérgicamente a la eventual amenaza que puede representar Irán, a menos que esa amenaza se hiciera más visible en las próximas semanas si la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) presentara un informe en el que dé verosimilitud a las sospechas de que el régimen islámico podría estar orientando su programa nuclear hacia propósitos militares. El riesgo de que Irán llegue a poseer armas atómicas representa, obviamente, una preocupación de primer orden para Estados Unidos, y también para Europa y Rusia. Una llamada de atención en ese sentido de parte de la AIEA podría significar un cambio considerable de la actitud actual de la comunidad internacional con Irán.

En este tema hay otros factores que EE UU tiene en cuenta y que ayudan a mitigar el sentimiento de alarma. Uno de ellos es la lentitud del desarrollo científico en Irán. Incluso aunque el Gobierno haya optado por la creación de un arsenal nuclear, varios expertos han considerado que no estaría en condiciones creíbles de cumplir ese objetivo antes de dos o tres años. Según ese cálculo, Irán ha perdido acceso al material y los técnicos de otros países que podrían ayudarle a progresar en su programa nacional y, al mismo tiempo, las sanciones que se le han impuesto en los últimos años le han limitado enormemente la capacidad para compensar esa pérdida con productos domésticos. Por otra parte, el régimen iraní ha dado muestras en los últimos meses de una división interna que reduce su capacidad para actuar de forma decisiva en todos los terrenos. Aunque el programa nuclear es responsabilidad de la autoridad religiosa, que tiene la última palabra en los asuntos más trascendentes, las fricciones recientes con el presidente Mahmud Ahmadineyad han debilitado su respaldo popular para actuar con la agresividad que se requiere para construir una bomba atómica.

POSIBLES CONSECUENCIAS DE UN ATAQUE IMPROBABLE

En la hipótesis de que, a pesar de todas las premisas anteriores, Israel (con el apoyo de Estados Unidos o sin él) iniciara el ataque anunciado por su Gobierno, las consecuencias regionales de ese hipotético ataque militar serian terribles. Se entraría en una dinámica infernal en Oriente Próximo, frente a la que difícilmente existirían cortafuegos para evitar su contagio al resto del mundo. Por eso es preciso seguir apoyando los esfuerzos de las Naciones Unidas a fin de que Irán admita el control de su programa nuclear sin ningún tipo de cortapisas y hacer un llamamiento a Israel para que no ponga en marcha ninguna acción unilateral. En ambos terrenos es imprescindible la implicación de los Estados Unidos y de la Unión Europea, que, por cierto, ha jugado un papel activo, de hormiguita si se quiere, pero efectivo en todo caso, en lo referido al capítulo nuclear iraní. Estamos ante una buena oportunidad, asimismo, para que la Administración Obama se diferencie de lo que fueron las catastróficas decisiones de George W. Bush en la zona, empezando por la Guerra de Irak, que, además de inmotivada, fue ilegal e inmoral.

Las consecuencias de un posible ataque son difíciles de prever, pero sí se pueden señalar algunos actores de la región que tomarían, sin duda, un papel activo. La milicia chií de Hezbolá, en primer lugar, contra la que Israel ya se empleó a fondo en el verano de 2006 y que hoy, no obstante, podría adoptar una postura más modesta por su peso específico en el actual Ejecutivo libanés. Los islamistas de Hamás, al mando todavía de la franja de Gaza y que retienen en la actualidad, mal que bien, el lanzamiento de cohetes hacia su vecino del este. Y Siria, peso pesado en la región, más preocupado del levantamiento interno, pero aliado de Teherán. En otro orden de cosas, como en crisis pasadas en la zona, el precio del combustible —Irán es país miembro de la OPEP— se vería afectado y, por lo tanto, el rebote en los mercados, más sensibles que nunca, tendría un efecto devastador. Además, la ofensiva militar israelí entraría en la carrera electoral del aliado estadounidense y, así, salpicaría seguro a la campaña de Barack Obama.

En el plano global, los precios de gas y petróleo se dispararían. Pero en la región pueden torcerse las cosas otra vez. Aparte de los precedentes mencionados, la guerra de Israel contra Hezbollah en el verano de 2006, podría reproducirse. Ahora bien, el problema es el cumplimiento del Derecho Internacional. En sus últimos informes la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) se muestra muy preocupada no tanto por lo que inspecciona, como por las instalaciones y actividades que los iraníes no le dejan visitar. Tampoco es éste el mejor momento para Obama para pensar en abrir otro frente bélico cuando está tentando liquidar los de Irak y Afganistán. Sólo un informe de la OIEA muy explícito sobre el poder atómico real de Irán podría hacer pensar en un ataque a un país con tantos intereses económicos en el mundo, cosa que no parece tan evidente. Si es cierto que Irán está siguiendo la misma vía del engaño que ya utilizaron anteriores mensajes propagandísticos, el reto será encontrar medidas internacionales más fuertes que le hagan desistir. Las sanciones del Consejo de Seguridad funcionan, pero necesitamos algo más. Lo ideal sería continuar persuadiendo a China y Rusia para elevar otro escalón más la presión internacional. La fuerza debería ser el último recurso y en todo caso debería ser ejercida de forma colectiva.

 
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Publicado por en 7 de noviembre de 2011 in Literatura

 

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Antonio Muñoz Molina reúne sus cuentos en ‘Nada del otro mundo’

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) presentó el pasado 27 de octubre Nada del otro mundo (Seix Barral). Galardonado con el premio de la Crítica, con el Planeta y con el Nacional de Narrativa en dos ocasiones, entre otros premios, el autor de El jinete polaco (1991) cree que está por ver que “la experiencia sirva de algo en literatura”, ya que “se han dado casos obvios de escritores que han empeorado”. Él, “personalmente”, se siente “aprendiendo en el arte de los relatos”, que son “una especie de ‘aquí te pillo, aquí te mato’; tienen algo como de fotografía instantánea de la experiencia”. Y eso de “vivir en el cuento durante unos días, mientras lo escribes, esa especie de arrebato, también es fantástico”.

En esta antología reúne catorce cuentos escritos entre 1988 y 2011, de los cuales uno (Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad) se publicó en EL PAÍS en 1999 y otro, El miedo de los niños, último del volumen, es inédito. Cuando lo escribió, vivía “en un estado de excitación muy interesante (…) Ese cuento me tuvo una noche en vela, imaginando detalles”, comenta el escritor al referirse a este relato “sobre la tradición oral y el modo en que las historias están en la imaginación de los niños”. Y una historia breve que pertenece a “la tradición folclórica del desconocido que llega, el hombre del saco, el tío mantecón. Esos cuentos son una advertencia del peligro que corren los niños”, señala.

   El libro es una recolección de historias de terror, amor y muerte, que descubren a un Muñoz Molina “más humorístico y propenso a lo fantástico (…) sostener la fantasía durante el espacio de una novela es insoportable. No lo creo como lector. Pero en el cuento lo fantástico es como un chispazo, y en los de este libro surge a veces como una posibilidad, como un quiebro”, comenta. Ese quiebro se da en el primer relato (que da título al libro), que con sus 85 páginas es casi una novela corta, excepcional como la mayoría de las narraciones de Muñoz Molina. “Este cuento es una especie de crónica un poco burlesca de una época, una parodia de la vida literaria y, de pronto, poco a poco, va convirtiéndose en otra cosa. Tiene algo de película de zombi”, comenta. Un libro, en definitiva, con todos sus cuentos, que muestra su larga e intensa relación con un género que le hace sentirse “más tranquilo y desahogado”.

Muñoz Molina comenzó a publicar cuentos en 1983 y diez años después reunió los escritos hasta entonces, casi siempre por encargo, en un libro con el mismo título que el que sale ahora. Ha reunido casi todos los suyos, una prueba de cuánto le gusta al escritor este género que, según el autor, es cada vez menos demandado. Convencido de que el relato es más propicio que la novela “para la tentativa o la aventura, la ironía o lo fantástico”. El autor explicó su gusto por lo fantástico en la distancia corta: “Ni como lector, ni como espectador, me interesa lo fantástico, desconecto; sin embargo me interesa mucho lo fantástico como atisbo o como golpe en el relato. En un contexto naturalista, me gusta introducir un quiebro de misterio”. Desde el cuento, añadió, le resulta más cómodo acercarse al presente. “Siempre me apetece escribir más sobre mi época. Tengo sed de contemporaneidad”.

“El cuento es una máquina que tú ves. Es como la maqueta de un edificio racionalista. Se ve todo el proceso de la construcción narrativa, pero de una manera sintética”. Para Muñoz Molina, el cuento (tocado de más misterios y fantasías que la novela) se rige por el mismo pulso que la poesía y eso lo convierte en impredecible. “Siempre recuerdo el momento, o el proceso, en el que surgió cada uno de ellos, como el último, que llegó repentinamente, por equivocación, en una noche de insomnio. Yo había empezado a escribir otro pero se hacía cada vez más y más largo. Tuve que dejarlo. Hasta que una noche surgió El miedo de los niños, lleno de ciertas sensaciones de la infancia, de pequeños detalles”.

   Una fuerza emocional que, según el escritor, empuja a los grandes relatos que él admira, como El nadador, de Cheever, o Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger: “En los grandes cuentos parece que no pasa nada pero siempre pasa algo decisivo”. El autor confesó que al reencontrarse con sus textos de hace 30 años ha vencido la tentación de corregirse. “¿Pero hasta qué punto puede corregirse el pasado. La energía hay que concentrarla en lo nuevo. Yo no volvería a escribir un cuento de entonces, entre otras cosas porque ya no soy el mismo. Pero he aprendido a convivir con esa mirada angustiada al escritor que fui”.

Para el autor de Sefarad (2001), “el cuento necesita un espacio que acaba siendo el del libro pero que no empieza en el libro. En un ecosistema literario saludable, las revistas y los periódicos eran ese lugar de nacimiento”. En ese sentido, apunta hacia el clásico ejemplo para cualquier amante de la lectura: The New Yorker, la revista semanal que desde 1925 se mantiene fiel a si misma y a sus principios publicando un relato de ficción y en cuyas páginas han crecido algunos de los mejores escritores del siglo XX. “Pero tristemente los medios españoles no son hospitalarios con el cuento”. Crítico con una información que mira con “abatimiento y desdén” la cultura (“y yo tengo mucho respeto por la inteligencia de los lectores”), añadió. “Hoy hay más literatura en un vagón de metro que en un suplemento cultural”.

Este académico de la Lengua creía que seguiría concibiendo muchas más historias breves, pero no fue así. Para el escritor, el cuento no pasa por su mejor momento, al menos en España, algo que para él tiene relación directa con los periódicos. Los medios de comunicación “han perdido ese hábito maravilloso de pedirle cuentos a los autores” y han ido relegando el espacio del cuento al del microrrelato, sobre todo en verano. “Los periódicos españoles han decidido dejar de serlo, para convertirse en puestos de chucherías”, escribe en el epílogo de Nada del otro mundo, en el que reconoce que para ser un genio de lo breve hay que ser Monterroso: “Lo más que quieren son microrrelatos y me niego porque, para hacerlos bien, tienes que ser Augusto Monterroso. (…) Los directivos de los periódicos españoles viven con la extraña convicción de que el mejor público posible son las personas a las que no les gusta leer, lo cual es casi como que los bodegueros enfocaran sus vinos a seducir a los abstemios. Los medios de comunicación “han dejado también de publicar crítica de música clásica”, aunque las salas de conciertos “están llenas”, añade Muñoz Molina. “Nunca ha habido más público que ahora en las grandes exposiciones, y uno va en el metro y la gente va leyendo literatura. Entonces, ¿por qué este desprecio, este recelo hacia la literatura, la música o las artes en el sentido más noble?”, se pregunta. “¿Para quiénes están trabajando los periódicos? Creo que para los fantasmas que tienen en la cabeza”, subraya el escritor.

   Antonio Muñoz Molina viajó hace unos días a Holanda para presentar la traducción de La noche de los tiempos (2009), que transcurre en parte en los comienzos de la Guerra Civil y que ha salido también en alemán y se publicará en francés, inglés, italiano y polaco. De momento, dice que no tiene ninguna novela entre manos: “Jacques Brel tuvo el talento de saber cuándo tenía que dejar de escribir canciones”. ¿Será un aviso?

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Enlace: En los reinos del cuento: una cronología personal. ‘Antonio Muñoz Molina repasa su vida como lector de relatos’. (El País, 26 de octubre de 2011)

 
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Publicado por en 1 de noviembre de 2011 in Literatura

 

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