RSS

Atrapados

Atrapados.

 
Deja un comentario

Publicado por en 6 de septiembre de 2014 en crisis

 

Paro registrado y afiliaciones: ¿Resultados positivos?

Originalmente publicado en Economistas Frente a la Crisis:

José Ignacio Pérez Infante es miembro de Economistas Frente a la Crisis.

Las afiliaciones en situación de alta laboral o asimilada a la Seguridad Social descendieron en agosto en relación con el mes precedente en casi cien mil (97.582), mientras que el paro registrado en las oficinas públicas de empleo aumentó en algo más de ocho mil personas (8.070). Estos datos reflejan en parte la situación estacional negativa que tradicionalmente tiene el mercado de trabajo en ese mes, como consecuencia de que la mayoría de las contrataciones veraniegas se realizan en los meses anteriores, así como por la inactividad propia de los periodos vacacionales.

 En agosto muchas ramas

Ver original 950 palabras más

 
Deja un comentario

Publicado por en 6 de septiembre de 2014 en Literatura

 

Pasión

Pasión

Originalmente publicado en El Tragamiento:

Primero decidimos ir al cine y luego escogimos la película. Nos ocurre con cierta frecuencia. La rutina hace que nos “olvidemos” de salir, pasan las semanas, los meses… y de pronto un día se abre una ventana de oportunidad y decidimos no perderla. Pues vamonos al cine. Todos esos meses de rutina dejamos pasar películas que parecen muy interesantes, pero es curioso que cuando de pronto se pone a tiro la posibilidad, ya no proyectan ninguna de aquellas que planeamos ver.

Bueno, pues parece que “Chef” tiene buen aspecto. Y allá que fuimos.

Quizá la expectativa creada por la crítica consultada fué excesiva. Había leído las reseñas de una revista y una web  especializadas y me convencieron de que merecía la pena verla.

Me gustó, la verdad. Aunque no era lo esperado en intensidad, me gustó. Fui a ver una historia de alta cocina, chefs sofisticados, relaciones tormentosas y se…

Ver original 383 palabras más

 
Deja un comentario

Publicado por en 29 de agosto de 2014 en Literatura

 

“Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”

Tony JudtTony Judt: Algo va mal, tratado sobre el malestar del presente

Muchos sentimos perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral, que ha convertido en virtud la búsqueda del interés material individual. Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos —empezando por el poder económico— frente a los cuales el Estado es impotente, sin que apenas encontremos el cauce para el menor revuelo o indignación que verdaderamente llegue, no ya a los oídos, sino a las mentes de nuestros dirigentes políticos que, como hemos podido ver, sufren la misma perplejidad y, seguramente, el mismo miedo ante el vacío. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado “en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito”. Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal [1], escrito en la fase final de la esclerosis lateral amiotriófica que le llevaría a la muerte hace tres años. Fueron dos años de decaimiento que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político.

Algo_va_malEn su libro, Judt afirma: “La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano”. Y más adelante: “¿Por qué nos hemos apresurado tanto en derribar los diques que laboriosamente levantaron nuestros predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones?” Otras ideologías morales, sociales, económicas han fracasado. Desde el comunismo llevado a aquello que se llamó el comunismo real, hasta la deserción del liberalismo, disfrazado ahora de otro liberalismo real: el neoliberalismo que hoy triunfa y que, según muchos, está en la base de la crisis económica y ética que sufrimos actualmente. Si atendemos a los que defienden este neoliberalismo podemos recordarles lo que escribían los padres de ese liberalismo que dicen defender.

Tony Judt cita al mismísimo Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza como “la causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”. Pero la frase completa de Smith a la que apunta se acompañaba de afirmaciones tan contradictorias como esta: “Esta disposición a admirar y casi venerar al rico y al poderoso y a menospreciar o, al menos, desdeñar a las personas de condición pobre y humilde, si bien necesaria para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden de la sociedad, es, al mismo tiempo, la causa mayor y más universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales”. Naturalmente, hay que comprender también el otro contexto, me refiero al histórico y moral del padre de la economía clásica que observaba en el mismo libro [2] que “sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos; reprimir nuestro egoísmo y practicar nuestras inclinaciones benevolentes; esto constituye la perfección de la naturaleza humana”, porque casi siempre a lo largo de la historia del pensamiento económico se ha reclamado un vínculo indeleble entre intereses particulares y globales y los medios que deben y pueden utilizarse para satisfacerlos.

Y John Stuart Mill, el padre del utilitarismo económico, contemporáneo de los albores de la Revolución industrial, llegó a decir que “la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”, porque ni siquiera en la cabeza de un liberal clásico cabía la posibilidad de reducir los cometidos de la economía a una versión desentendida de los valores de la solidaridad y el bien común: “La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma [3].”

Ahora que está tan de moda tomar la gran tradición liberal en vano para hacerla cómplice de un neoliberalismo que nada tiene que ver con ella, estos dos clásicos del liberalismo, aun en sus contradicciones, ilustran la necesidad de la reflexión moral ante el descalabro que la crisis y las medidas anticrisis están provocando en las sociedades europeas. Por mucho que se niegue, la crisis europea ya no es sólo económica, es profundamente moral, cultural y política. Esos pilares, esos autores, son los que, irónicamente, hoy reclaman como padres gentes vulgares, incultas, que han renunciado a cualquier objetivo medianamente racional o sensato en aras de la consecución desordenada de riqueza rápida y fácil. Gentes banales, míseras, que desde anónimas corporaciones, puestos de poder conseguidos con patéticas argucias, envían sin contemplaciones a la miseria a tantos millones de personas.

Algo va mal es una de las más sólidas y razonadas defensas de la socialdemocracia que uno puede leer en nuestros días. Su reconstrucción histórica del papel del Estado del Bienestar en la formación de las sociedades ricas de Occidente es breve y bella, como lo es su reiterado homenaje a la vieja y buena tradición liberal. Sin embargo, Algo va mal no es solo una historia de la filosofía y la práctica políticas de los últimos 65 años. Es también un análisis del devenir de la izquierda democrática desde sus años de mayor esplendor y un ensayo sombrío sobre el estado del mundo hoy.

Judt describe la ceguera del mundo en que vivimos, en el que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.

El gran problema para Tony Judt es el vacío moral: no podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados.

De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial (“los Treinta Años de Oro”) los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio “entre innovación social y conservadurismo cultural”. Estados Unidos y Europa llegaron a un consenso: el Estado podía y debía intervenir “para compensar las insuficiencias del mercado”, cuenta Judt. Los actores de tal consenso no eran gente que hoy consideraríamos progresista, sino hombres de instinto conservador y elitista —Keynes, Attlee, Roosevelt, De Gaulle— que habían sentido un genuino horror ante la inestabilidad social provocada por las guerras, y que comprendieron que el mejor modo de cancelar la posibilidad de un retorno a ese infierno era reducir la desigualdad, el desempleo y la inflación al mismo tiempo que se mantenía un gran espacio para el mercado y las libertades públicas, todo ello bajo estricta regulación estatal.

Durante esos treinta años el consenso se mantuvo: fueran demócratas o republicanos quienes gobernaran en Estados Unidos, o socialdemócratas, democratacristianos y conservadores quienes lo hicieran en los países de Europa, no hubo grandes disensiones: los Estados —cada uno en mayor o menor medida, naturalmente, dependiendo de su cultura política y sus posibilidades— debían proveer infraestructuras, medios de transporte públicos, subsidios al desempleo, viviendas protegidas, sanidad subvencionada, acceso a la cultura, límites de precios y mecanismos de ascenso social a todos los ciudadanos. La fórmula funcionó, afirma Judt: en Estados Unidos y Gran Bretaña se redujo la brecha entre ricos y pobres, Alemania se levantó de dos derrotas en una sola generación, Francia vio cómo el empleo se volvía seguro y en el norte de Europa se forjaron sociedades muy estables.

Pero ese consenso, prosigue, se rompió en el transcurso de una sola década, entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta. Por un lado, los jóvenes de la Nueva Izquierda, con su confusa amalgama ideológica de maoísmo, libertad sexual, ecología y psicoanálisis, se hartaron del paternalismo del Estado, del bienestar adocenado, de los maestros autoritarios, y rompieron con la socialdemocracia. Era el 68 y sus aledaños: los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que, a su vez, daría paso a la revolución conservadora de los ochenta, alimentada por la fatua reacción occidental ante la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo. El extremo de una parte de la derecha —heredera de los teóricos de la escuela de Viena, como Böhm-Bawerk o Von Mises, que tras su experiencia con el nazismo y el comunismo consideraban toda injerencia del Estado una pendiente hacia el totalitarismo— vio en los subsidios una recompensa a la inactividad, en las empresas públicas un monumento a la ineficiencia, y en la burocracia una tortura. Era la grieta que dividiría la derecha entre conservadores y neoliberales. Separadas y unidas, la nueva izquierda y la nueva derecha acabaron con el orden de las cosas que se había mantenido desde la posguerra y alumbraron nuestro mundo. Por un lado, la economía de Reagan y Thatcher. Por el otro, una izquierda hedonista y más preocupada por las identidades minoritarias y las clases medias emergentes que por el proletariado. El resultado de esta simbiosis, en la que desde entonces nos manejamos políticamente, dice Judt en la primera frase de Algo va mal, es que “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”. Y más adelante afirma que derecha e izquierda han intercambiado sus roles en la sociedad, con una izquierda instalada en la esperanza de conservar las instituciones sociales, mientras que la derecha se ha convertido en radical, abandonando “la moderación social a la que tan bien sirvió”.

La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? “La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios”, dice Judt. Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: “¿bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general?” [4].

Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.

Es muy difícil acusar de catastrofista a un libro cuando grandes partes del mundo —incluidas grandes partes del mundo rico— se hallan en un estado tan calamitoso como el de nuestros días. Los índices de desempleo son brutales, las desigualdades vuelven a crecer, los ricos parecen más una casta que una clase permeable y los jóvenes ven interrumpido el horizonte asumido de que, con trabajo duro, vivirían un poco mejor que sus padres, y de que ese ciclo se repetiría eternamente. Para Judt, está claro que eso se debe al retroceso del papel del Estado en la economía de las naciones —a la desregulación de las finanzas, a la asunción dogmática de que toda privatización de empresas públicas es una mejora en la eficiencia, a la dejación de la responsabilidad pública para con los más desesperados—, pero también, y hasta sobre todo, a la inexistencia de un lenguaje político que permita a la izquierda oponerse a todos esos procesos: la inercia política desde los años setenta ha convertido “la búsqueda del beneficio material” en la virtud suprema, al punto de que esa búsqueda “es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo”. El Estado ha renunciado. Hemos olvidado que “el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana” y es responsabilidad nuestra haber dejado que todos creyéramos que sí lo es. La lección de treinta años de estabilidad ha sido arrojada al basurero de la historia y ahora nuestra vida es presa del azar: “Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad del mundo?” Eso a nadie parece importar, porque salvo quienes simplemente han arrojado la toalla, el resto al menos están intentando evitar ser pobres y unos pocos a hacerse aun más ricos a costa del hundimiento del Estado.

Y esta realidad sí es una situación catastrófica. La vida de un ciudadano medio puede verosímilmente empezar en un hospital público, seguir en una escuela pública y continuar en una universidad pública con la ayuda de los libros y periódicos que lee en la biblioteca pública a la que se desplaza en transporte público; este ciudadano puede curar sus achaques en un ambulatorio público, jubilarse con una pensión pública, asistir a clases de yoga en un centro de día público y morir, como nació, en un hospital público. Esto no es ninguna caricatura, y con la salvedad de la educación y quizá de la sanidad—hablo de España— es probable que todos esos servicios sean razonablemente aceptables, sea quien sea el que gobierne. Se nos dirá, sin duda, que este ciudadano deberá optar entre varios bancos para guardar su dinero —el Estado garantiza que no lo perderá aunque el banco quiebre—, entre varias compañías para comunicarse por teléfono y tener acceso a internet —el Estado regula (mal) en qué condiciones y garantiza su derecho a una línea aunque sea en un lugar tan remoto que no resulta rentable para la empresa— y, finalmente, dónde hacer la compra en un sinfín de establecimientos que para operar deben estar en posesión de una serie de licencias y certificados que otorga la autoridad pública. Ahora es demasiado tarde, pero si hace unos meses decidió adquirir un coche, el Estado le echó una mano.

Con todo esto, naturalmente, no pretendo tomarme a la ligera el análisis de Judt, que es extremadamente serio y, sin duda, el mejor que la izquierda puede proponernos. Hasta el más liberal sabe que “lo único peor que demasiado gobierno es demasiado poco”, y nada tiene de malo que el Estado sea una presencia constante en el arco vital de los ciudadanos si hace bien su trabajo, con ambición pero también con prudencia. Y nadie que conozca mínimamente cómo funcionan las sociedades puede creer que la retórica del Tea Party norteamericano o la reaparición de la ultraderecha y los nacionalismos europeos, los nuevos enemigos del gobierno liberal tengan la menor posibilidad de articular un pensamiento político funcional. Ahora bien, si algo va mal, y son muchas las cosas que van estrepitosamente mal, no es solo debido a que el Estado haya dimitido de sus responsabilidades, sino más bien a que somos la mayor parte de los ciudadanos quienes hemos dimitido de las nuestras. “Como ciudadanos de una sociedad libre —dice Judt— tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento”. Tengo para mí que eso significa que en ocasiones deberemos pedir más intervención del Estado y en otras menos. Pero que en la mayoría de casos deberemos exigir que el Estado intervenga de otra manera. La extraordinaria lección de imaginación política que fueron los Treinta Años de Oro, como nos la explica maravillosamente Judt, nos será muy útil. Aunque no sé muy bien si imitarla, como él propone, nos sacará del hoyo esta vez.


[1] Tony Judt: Algo va mal, un tratado sobre el malestar del presente, traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010.

[2] Adam Smith: Teoría de los sentimientos morales, 1759.

[3] John Stuart Mill, Sobre la libertad, Alianza Editorial, Madrid, 1970.

[4] Report to the Parliament on Social Insurance and Allied Services (“Informe al Parlamento acerca de la Seguridad Social y de sus prestaciones derivadas”), 1942. También conocido como Informe Beveridge.

 

Tristan Tzara y Antonio Machado

Antonio Machado, por José Machado

Antonio Machado, por José Machado

 

Suelen afirmar los biógrafos del poeta que Antonio Machado murió de pena. El miedo, la pobreza, las interminables esperas en la frontera, el frío, el fracaso, la nostalgia, la soledad… —nos dicen—, van a precipitar su prematura muerte. El cariz sombrío de los acontecimientos en la guerra que terminará con el agobiante periplo final por España y Francia. La separación durante la guerra y luego el tremendo sinsabor de ver a su hermano Manuel, tan inseparable camarada de empresas literarias y teatrales, convertido ahora en valedor de esa España que empuja a él y su otra familia al exilio. Las solicitudes por su madre anciana —que morirá tres días después del poeta— y por sus sobrinas —hijas de su hermano José—, a las que quería como un padre y de las que no se tenía noticia. La irremediable pérdida de Guiomar, su gran amor otoñal, cuyo recuerdo le acompañará durante todo el exilio interior y exterior, hasta las mismas puertas de la muerte. Todos estos sucesos —nos repiten—, agotarán moralmente al poeta y acortarán una vida que no alcanzará los 65 años.

 

Tal es la interpretación tradicionalmente aceptada de las causas de su muerte. Y, naturalmente, en gran parte acertada. Aunque probablemente incompleta porque olvida, a nuestro juicio, un componente fundamental. Se hace muy poca referencia en su biografía a las dolencias de Antonio Machado. El poeta padeció y murió de una enfermedad pulmonar crónica, derivada en gran parte de su inveterado hábito de fumar. Tal enfermedad menoscabó de forma definitiva su resistencia ante las adversidades y añadió un suplemento de dolor a sus últimos años.

 

Tristan Tzara

Tristan Tzara

Es fácil comprobar este aserto si comparamos la peripecia vital del poeta con la de otros asistentes que lo acompañaron en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937. Muchos de ellos, con más vigorosa salud que Machado —Malraux, Tristan Tzara —al que citaremos abajo—, John Dos Passos, Hemingway, Hesse, Bertold Brecht, Neruda…—, seguirán en la brecha de la lucha por las libertades, también en el exilio y en las dramáticas circunstancias que van a sobrevenir en la ya próxima Segunda Guerra Mundial. Y quizá esta importancia de una salud más robusta la podamos intuir mejor al comparar a Machado con alguien que, en cierto modo, compartió circunstancias vitales similares. Se trata de un coetáneo suyo que no asistió al Congreso pero remitió su adhesión. Alguien al que la intolerancia de sus semejantes también empujó al exilio. Una persona, en fin, que, como el poeta, sucumbirá a las complicaciones derivadas del tabaco. Nos estamos refiriendo a Albert Einstein. En efecto, Einstein era sólo cuatro años más joven que Machado y, tras perder todas sus propiedades e incluso algunos familiares en los campos nazis de concentración, partirá para el exilio estadounidense seis años antes de la muerte de Machado. Seguirá luchando incansablemente durante 16 años más tras la muerte del poeta, por la libertad de los pueblos, y prestará su voz a innumerables iniciativas pacifistas y compromisos en favor de la dignidad humana. Como el escritor, en sus últimos tiempos apurará hasta las colillas de sus cigarrillos o hasta la última partícula de su pipa. Morirá finalmente por la ruptura de un aneurisma abdominal, claramente en relación con el arraigado hábito tabáquico. En estas líneas se intentan evocar algunas circunstancias sobre aquel proceso morboso que finalmente llevó a la tumba a Antonio Machado.

 

Tristan Tzara, uno de los padres de las vanguardias europeas, autor nada más y nada menos del Manifiesto Dadá en 1918, sentía auténtica veneración por Antonio Machado. Y el testimonio de ese respeto lo suscribió en un poema titulado Para Antonio Machado, que reza así:

Velada de los mares en el frente de las fuentes
En la palma de tu presencia Collioure
Yo he acariciado la eternidad yo he creído en ella
Y en el vivo silencio de tu viña
Yo he enterrado el recuerdo y la amargura

Humo de otoño negro pedregal
Minuto tras minuto ha colocado su ladrillo
Alrededor de la casa del solitario
El viento afila el cuchillo en la montaña
El invierno le ofrece ya su pecho

Qué importa en el corazón de la melancolía
Se inscribe una vida ligera de lagarto
Qué importa bajo la sal de la luz
Que una sonrisa como un látigo venga a iluminar los dientes
En las mismas comisuras de la vida serena

Toda la tierra entre las tierras de Castilla
Reposa en tu tierra con lentos secretos de amistades
Y desde el olivo tardío hasta el mar siempre joven
La voz de la tierra se mezcla con la bravura jamás vencida de Castilla
Incluso por la muerte por la sangre poderosa de la brizna de hierba en primavera.

(Traducción de Manuel Álvarez Ortega, Poesía francesa contemporánea, Akal, 1983)

Y tras su lectura no pude por menos que sentir perplejidad y satisfacción. Perplejidad al comprender que, para un lector hispano, hermanar en una misma frase los nombres de Machado y Tzara implica desasirse, primero, de una pesada carga, aquella que durante demasiado tiempo quiso imponer (desde ciertos medios de comunicación y ciertas capillas literarias) la visión de una literatura figurativo-experiencial (heredera, supuestamente, de la estirpe machadiana) que nada tenía que ver con la vanguardia y la aventura del lenguaje. Y que esta tradición era la única, la genuina, la propia de nuestro ethos literario. E inmediatamente sentí una honda satisfacción por reconocer cómo las conexiones estéticas superan, con mucho, esos estrechos vampirismos a los que algunas maras literarias nos tienen acostumbrados. Antonio Machado lleva demasiado tiempo secuestrado. Deformado tras quienes sienten injusto desprecio por las vanguardias, sean éstas históricas, modernas o postmodernas. Guardado bajo siete llaves. Y al leer una y otra vez el poema de Tzara me voy dando cuenta de cuan espuria es esta mistificación, otra más de las muchas con las que tenemos que lidiar a diario, pues quizá oculta una operación de más largo alcance: negar la multiplicidad de la lectura. Reducir a escombros la heterogeneidad de la propia tradición poética española, travestida en una suerte de campo de concentración homogéneo, unívoco en sus perspectivas. Van a hacer falta muchos Tzaras capaces de desbordar nuestros prejuicios. Capaces de proyectar miradas laterales, insumisas a los dogmas que se han venido levantando, lentamente, sobre nuestras conciencias. Para quienes se empeñan en reducir a Machado y travestirlo en mero autor confesional, me gustaría recordarles estas palabras de Roland Barthes: «Si tomamos en cuenta que ha pasado por nosotros el psicoanálisis, la crítica sartreana de la mala conciencia, la crítica marxista de las ideologías, la idea de confesión es inútil. La sinceridad no es más que un imaginario de segundo grado».

 

Sigamos buscando a Tzara. Sigamos repensando nuestra tradición.

José Antonio Serrano Segura

La Obra Poética de Antonio Machado

 

 
 

Siguen los problemas para Google

Logotipo de Google

Logotipo de Google

Como anunciábamos en artículo del pasado jueves, la apuesta de Google por integrar entre los resultados de búsqueda los de su red social Google+, ha añadido, no sólo problemas con la privacidad y la neutralidad en sus resultados de búsqueda ha provocado problemas para la compañía. Las autoridades antimonopolio norteamericanas ha decidido ampliar su investigación sobre Google.

Pese a que esta novedad, de momento solo disponible en la versión en inglés de Google, podía ser desactivada, lo cierto es que el buscador la ha venido implementando por defecto logrando un importante impacto entre sus usuarios. Tras la “mejora” de los resultados ofrecidos en Google primando en sus resultados las publicaciones llevadas a cabo en su red social, Google+, y la consiguiente recomendación de apertura de una cuenta en ella, Twitter mostró su malestar, como no podía ser de otra manera, por el perjuicio que sufría como plataforma de comunicación que de forma natural había ganado relevancia en los últimos años.

Twitter y Facebook han sentido la consiguiente merma en la posibilidad de acceder a las publicaciones de la que hoy en día es la plataforma de comunicación online más relevante, ha provocado un profundo malestar en Twitter; es decir, tweets o mensajes de personas destacadas. ¿Recuerdan aquello de “fulalo de tal está en Facebook” o la aparición de tweets de personas relevantes de la red o del mundillo del famoseo?

La primera en reaccionar ha sido Twitter, ante la aparente sorpresa de Google, que tendió la mano a un posible acuerdo que retomara total o parcialmente la colaboración que en su día mantuvo con la plataforma de microblogging. Pese a que la primera reacción de Google fue de sorpresa, Twitter decidió durante el pasado 2011 no renovar su acuerdo de colaboración con el buscador para ofrecer entre sus resultados aquellos tweets que dieran respuesta a las consultas planteadas en una búsqueda.

TwitterEl presidente de Google, Eric Schmidt, ha mostrado su lado más templado al señalar que el contenido de Google + no se ve favorecido frente al resto de redes sociales. En una reciente entrevista concedida a Marketingland, Schmidt ha indicado que la compañía líder de Internet está abierta a mantener contactos con Facebook (que hasta el momento no ha dicho ni una palabra sobre el tema) y Twitter, con la intención de lograr mejorar la indexación de sus contenidos en el buscador líder de Internet. Google necesita el acuerdo o al menos dejar claro que Twitter y Facebook no salen perjudicadas con sus últimas novedades.

Google conoce perfectamente que sus movimientos podían llegar a ser interpretados como un acto de abuso de su posición dominante. La compañía del buscador sabe que las autoridades antimonopolio europeas y norteamericanas están pendientes de sus movimientos ya que esta ha acaparado en los últimos años una posición dominante en varios mercados (búsqueda, publicidad…) que hace que cada una de sus acciones pueda afectar negativamente a la competencia llegando a suponer una importante merma de la libre competencia. Pese a que la figura del monopolio “natural” o liderazgo de un mercado es una posibilidad ajustada a Derecho, lo cierto es que las empresas como Google que están en esta situación deben llevar ciertas cautelas para no incurrir con sus actos en prácticas contra la libre competencia. Ya le ha ocurrido en ocasiones anteriores, sobre todo en los EE UU como en Europa.

Facebook frente a Google

Facebook frente a Google

Actualmente las autoridades antimonopolio están pendientes de resolver una importante causa contra Google que podrían suponer la imposición de multas multimillonarias y una pérdida considerable de imagen. Ante la presión de la competencia, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos ha decidido ampliar la investigación que actualmente lleva en marcha sobre la posible manipulación de sus resultados de búsqueda a productos como Google+. Con esta ampliación de la investigación, los resultados de la misma y la imposición o no de multas multimillonarias se retrasan a una fecha sin determinar.

El presidente ejecutivo de Google, Eric Schmidt, acudió en noviembre a responder las cuestiones planteadas por algunos senadores de Estados Unidos en la considerada como investigación más importante contra la compañía norteamericana. La comparecencia de Schmith, centrada en el posible abuso de posición dominante de Google, ha obligado a responder a preguntas como si prioriza Google sus propios productos en su buscador, o si se someten los servicios de Google a los mismos criterios de clasificación algorítmica que otros resultados orgánicos de búsquedas.

Logo Google+

Logo Google+

Empresas como la web de recomendaciones Yelp, el comparador de compras NexTag o el sitio de viajes Expedia han denunciado públicamente que Google muestra en los primeros resultados del buscador de su propiedad y control, sus propios productos con preferencia sobre los de su competencia. También se espera que se sumen a ellas empresas de publicación y difusión de vídeos en Internet que ven cómo los resultados de las búsquedas de vídeos de YouTube se ven en las primeras posiciones de los resultados.

Como era de esperar Google, a través de su presidente ejecutivo, defendió la actuación de la compañía señalando con un lenguaje farragoso y técnico que no ha alterado sus resultados de las búsquedas en su propio beneficio. El proceso de investigación seguirá abierto en busca de una respuesta definitiva.

 
Deja un comentario

Publicado por en 21 de enero de 2012 en Internet

 

Google ofrecerá “resultados personalizados” para convertirse en un “buscador social”

A Google sign from their campus in Mountain Vi...

Google ha anunciado el inicio de una nueva experiencia más social a la hora de realizar búsquedas en su servicio. La compañía ha introducido cambios en la versión ‘.com’ de su servicio que permitirán a los usuarios acceder a resultados personalizados, con información social, cuando introduzcan nuevas búsquedas en el servicio. En concreto, Google ha introducido tres nuevas funciones pensadas para permitir estas posibilidades.

De buscador a secas a buscador social y personalizado. Es el movimiento que Google quiere dar con el lanzamiento de “Búsqueda más tu mundo” (Search plus your world), una actualización del algoritmo que integrará los contenidos de la red social Google+ en páginas de resultados privadas y personalizadas. Desde el lanzamiento de Google+ la compañía ha estado buscando una forma de integrar a información social del servicio con los resultados de búsqueda, actividad principal de la compañía. Con el botón +1 Google dio un primer paso, pero no el definitivo. Ahora, la compañía está decidida a terminar lo que había empezado y a dar más utilidad a sus resultados de búsqueda ofreciendo a los usuarios una experiencia más social del servicio.

La búsqueda de un tema concreto añadirá a los resultados a personas que hablan frecuentemente del mismo en Google+

Logo de Google+

Logo de Google+

Para sacarle partido a la novedad hay truco: Google recomienda abrirse cuenta en Google+ y permanecer conectado mientras se busca. Al teclear, por ejemplo, “viaje a Canarias”, el motor devuelve, además de los resultados de siempre, los relevantes entre nuestra red de contactos en Google+: enlaces sobre Canarias que un amigo compartió con nosotros en privado, posts y comentarios de restaurantes, fotos de la ciudad subidas a Google+ y Picasa por un compañero de trabajo… y veremos en los resultados una barra lateral con perfiles de “personas relevantes (¿?) y empresas (¡!)” listos para añadir con un solo clic. Google afirma que esta función permite ofrecer información social de temas relevantes. Con este sistema los usuarios encontrarán información social de las búsquedas, de forma que podrán añadir a nuevos contactos y seguir nuevas páginas gracias a la información social relacionada a los temas que han buscado. Google ha destacado que es una forma de descubrir “comunidades enteras de un modo totalmente innovador”. A esto lo llaman son resultados personalizados. Según la compañía, se trata de dar un carácter más social a su servicio, lo que implica incluir los perfiles en las búsquedas Se trata de que los usuarios puedan encontrar informaciones relacionadas con sus búsquedas creadas, publicadas, destacadas o compartidas por sus contactos, de forma que el interés, además de por responder a su petición de búsqueda, sea que es información que a sus contactos ha interesado. Para ofrecer estos resultados “más personales”, los usuarios que se identifiquen como miembros de Google+ verán en los resultados contenidos de sus contactos.

El contenido aparecerá arriba en los resultados, convirtiendo una búsqueda antes general en algo social, diferente y privado para cada uno. “En las próximas semanas lanzaremos Search plus your world país por país”, explica desde Mountain View (California) Amit Singhal, ingeniero responsable del lanzamiento. No es obligatorio unirse a Google+ o conectarse para buscar, pero si uno no lo hace, además de los resultados de siempre, solo verá contenidos generales y públicos de Google+, no los de su propia red de contactos. Search+ your world, como lo llaman internamente en un guiño a la red social. Singhal asegura que la mejora será tan revolucionaria como la de Instant. “Hay un mundo en Internet, el de las redes sociales, que gira alrededor de uno y que no aparece en las búsquedas. Eso cambia a partir de hoy: llevamos tu mundo personal a la página de resultados”.

Facebook

Facebook

Search+ supone un intento directo de Google por empujar su red social utilizando un arma muy poderosa: su buscador. No indexará contenidos de Facebook, Twitter, LinkedIn u otras redes sociales, solo los de Google+. Google+ está a años luz de Facebook o Twitter. Y lo que es peor, la gente entra, prueba y apenas vuelve. A más registros, menos tiempo de permanencia, cinco minutos al mes de media en España el pasado septiembre, según Nielsen, donde Google+ cuenta con 2,2 millones de registros. En Facebook o Tuenti la gente se tira horas cada mes. Singhal ni confirma ni desmiente cifras, pero sí apuesta por el éxito de las novedades. “Cada dos o tres años transformamos el buscador. Lo hemos vuelto a hacer”.

“La búsqueda de Google siempre ha permitido encontrar los mejores resultados. Lo que buscas a veces es contenido público pero también contenido personalizado o compartido por las personas que conoces. Hasta ahora, la búsqueda ha estado limitada a un mundo de páginas web públicas creadas por personas a las que no conoces pero a partir de hoy añadiremos, para las búsquedas en google.com (aún no ha llegado a google.es), contenido de las personas a las que conoces en los resultados”, han explicado en el blog oficial de la compañía.

LupaVista la apuesta social de Google, muchos usuarios podrían temer sobre la privacidad de sus contenidos, pero la compañía ha querido dejar clara su postura en este sentido. “En lo referente a seguridad y privacidad, hemos puesto un listón muy alto. Gran parte de la información que encuentras en los resultados de búsqueda está protegida mediante cifrado SSL y hemos decidido que los resultados de búsqueda tengan el mismo nivel de protección de la privacidad”. El uso de cifrado SSL supone que una vez que los usuarios inician sesión en Google los contenidos que busca y a los que acceden están protegidos con el mismo sistema con que se protege la información almacenada en Gmail.

En cuanto a la privacidad Google ha asegurado que los usuarios solo tendrán acceso a los contenidos sociales marcados como públicos o cuya limitación de privacidad den acceso a cada usuario (por ejemplo porque haya sido publicado por un contacto que sí le permite el acceso).

Para aquellos usuarios que no quieran aprovechar todas estas posibilidades, Google ha diseñado un sencillo botón que permitirá limitar los resultados de búsqueda obtenidos para retirar las funciones sociales. Los usuarios que activen esta opción verán que el resultado de sus búsquedas no incluye información personal de sus contactos. Este botón estará en la parte superior del buscador y se podrá activar de forma fija a través del menú de configuración.

 
1 comentario

Publicado por en 19 de enero de 2012 en Internet, Social, Sociedad